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El silencioso estruendo de la muerte

Familiares, amigos y vecinos dan el último adiós a Jesús Almaraz Esquivel

Por: Alfredo Rodríguez

Cadereyta de Montes.- En cuanto dieron las tres de la tarde, las campanas del Templo Parroquial de San Pedro y San Pablo comenzaron a resonar.

Desde el recinto religioso se extendía por toda la plaza principal, pausada y melancólica, la tonada de “Pescador de Almas”. Al ritmo de la melodía y bajo un ambiente de nostalgia, las personas caminaban lentamente, con la cabeza baja, hacia la entrada.

La cotidiana tranquilidad del centro de la cabecera municipal lentamente se fue trastocando con la llegada silenciosa de cientos de habitantes. La gran mayoría vestía ropas blancas y cargaba entre sus brazos ramos de flores.

Sin emitir palabras, entre las voces de algunos niños, fueron tomando ordenadamente un lugar en las bancas de madera, hasta llenar, rápidamente, el interior del templo.

En pocos minutos, se escucharon los tronidos de los cohetones, la señal de que la procesión estaba muy cerca. Una carroza blanca marchaba al frente, transportando el cuerpo del difunto. Atrás caminaba un grupo de mariachis, tocando canciones como “Que nos entierren juntos” y “Te vas ángel mío”. Una fila de amigos, vecinos y conocidos, muchos escondidos del sol bajo una sombrilla, acompañaban al cuerpo.

A los familiares se les reconocía de inmediato: los delataba su rostro enrojecido, arrastraban sus pies y avanzaban sin querer llegar a su destino. Algunos escondían sus ojos hinchados detrás de los lentes oscuros. Otros dejaban ver plenamente su dolor. Se mostraban desaliñados, con el rostro desencajado y los ojos perdidos.

Para las personas más cercanas al difunto, fueron casi dos meses de incertidumbre y de negación, aunque también de esperanza. Finalmente, tuvieron que aceptar el hecho.

Las pruebas de ADN, hechas por el laboratorio de genética de la Procuraduría General de Justicia de Guanajuato, les confirmaron, una noche atrás, que el cuerpo era de su ser querido. A partir de ese momento, todo fue dolor y confusión.

Ninguno de ellos quería separarse del féretro, sólo pensaban en aprovechar el escaso tiempo que se les otorgó para despedirse. A las once y media de la mañana les fue entregado el cuerpo, pero tendría que ser enterrado por la tarde. El velorio apenas duró un par de horas y los familiares tuvieron que partir rumbo a la iglesia.

El atrio del templo se tapizó de personas vestidas de blanco, quienes solamente dejaron espacio para que la carroza fúnebre llegara a la entrada de la iglesia. Los familiares rodearon el féretro mientras era bajado del automóvil. Entre ellos estaba la novia del fallecido, quien cargaba un cuadro con la fotografía del joven y lloraba copiosamente.

Un sacerdote recibió el cuerpo de Jesús Almaraz Esquivel antes de ingresar al recinto. El religioso aventó algunos chorros de agua bendita, mientras un monaguillo pedía discreción a la prensa, cuyos representantes intentaban tomar la mejor posición para tomar una fotografía.

Finalmente, el féretro fue depositado a un paso del altar, frente a la imagen de la Virgen María. Dentro del templo destacaban los jóvenes, compañeros universitarios del difunto, muchos de ellos vestían playeras similares, con el logotipo de la Universidad Autónoma de Querétaro.

En su homilía, el sacerdote lamentó la muerte del joven y dijo que la violencia nunca debe ser vista como algo normal.

Aproximadamente a las cuatro y media de la tarde, el féretro salió del templo entre un río de personas y fue subido nuevamente a la carroza. Inició una procesión rumbo al panteón y volvieron a sonar los mariachis y los cohetones. Cientos de personas caminaban por las calles de la cabecera municipal. Muchos otros salían de sus casas y veían sorprendidos el tamaño del contingente, mientras comentaban entre ellos lo que sucedía.

Al llegar al panteón, muchos prefirieron esperar afuera; aun así, el lugar se abarrotó. Los niños se subieron a las tumbas más altas para ver el entierro. Los adultos intentaban acercarse sin pisar las lápidas, pero era imposible. Los mariachis pronto fueron sustituidos por una banda, la cual tocó mientras se preparaba el lugar del entierro.

A las cinco con quince minutos, el féretro fue dejado en el fondo de la fosa. Las mujeres más cercanas a Jesús lloraron con desesperación. El padre se mantuvo hipnotizado observando la tumba. Trató de mantenerse sereno, pero continuamente apretaba sus ojos con las manos, tratando de contener el llanto.

A partir de ese momento, todo fue silencio. Sólo se escucharon las palas que raspaban el piso al mezclar el cemento, el cual fue echado lentamente sobre la fosa. En el lugar, el tiempo se detuvo. Nadie se movía, todos mantenían la mirada fija en la nada, pensando en la muerte, presenciando su propio destino.

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