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El vuelo del Ícaro

Vera historia del auge y caida de los tenochcas en tierras brasileñas

Por: Víctor López Jaramillo

La historia ya la conocen. Dédalo y su hijo Ícaro están encerrados en el Laberinto de Minos. Para escapar, Dédalo crea unas alas que se pegan con cera al cuerpo para poder volar y así escapar. Le recomienda a Ícaro que no vuele muy bajo pero que tampoco se acerque tanto al sol porque las alas se derretirán. Ícaro, emocionado por volar, quiere rozar el cielo. Sus alas se derriten y cae al mar.

La historia ya la conocen. La Selección Mexicana de Futbol -cada cuatro años- queda encerrada en el laberinto del cuarto partido. Cuando quiere volar, la altura le da vértigo, el sol derrite sus alas y cae eliminado irremediablemente.

Como cada cuatro años, México acudió al Mundial, tras una pésima eliminatoria en donde por minutos estuvo a punto de no calificar a la fase final de la Copa del Mundo. Acompañados de un ambiente pesimista que transformaron en optimismo en Brasil 2014, el equipo comandado por Miguel “Piojo” Herrera se dedicó a escribir la misma vieja historia de México, desde hace 20 años, en mundiales: ser eliminados en octavos de final de manera dramática.

Llueve sobre mojado. México 1 Camerún 0

La primer escala del Mundial fue en Natal, Brasil. Bajo una lluvia digna de las páginas de 100 años de soledad, de García Márquez, México iniciaba su participación en el Mundial. Enclavado en un grupo a modo para que el anfitrión Brasil calificara cómodamente, el Tri sabe que el boleto para la segunda ronda depende de que le gane a Camerún. Ya después pensaríamos en Brasil y Croacia.

Llueve sobre mojado. Primero, a adaptarse a la cancha; y después, al árbitro. Lo primero se logra, lo segundo no. En un juego que controla, México se acerca con peligro, pero no logra perforar las líneas enemigas. Y cuando lo logra, el juez de línea ahoga las esperanzas mexicanas al anular el gol una y otra vez. Giovanni Dos Santos anot,a pero no cuentan sus goles. Seguimos cero cero.

La Selección empieza a aspirar el perfume de la desesperación, pero no se deja seducir. Nuevamente tienen control de la pelota y se acercan con peligro al área. Incluso, Oribe Peralta deja escapar una oportunidad clara de gol. Pero después. Al minuto 61, el mismo Peralta aprovecha un rechace del portero ante una gran jugada de Gio. No, no lo anula el árbitro. Se vale festejar.

El “Piojo” Herrera apuesta por mantener la ofensiva y saca a Oribe para meter al “Chicharito” Hernández. Mismo parado táctico, sólo refresco de hombres. México sigue a la carga, pero Camerún parece despertar y los últimos minutos se tiene que aguantar el ataque camerunés; Memo Ochoa tiene su primer lance para la foto.

Se termina el juego. Las tribunas abarrotadas de aficionados mexicanos celebran. Del pesimismo pasamos al optimismo desbordado. Se puede calificar.

Del espejo negro al escudo de bronce. Brasil 0 México 0

No hubo una reedición del Maracanazo de 1950, pero el empate que se le arrebata a Brasil siembra dudas en la verdeamarelha y revive sus viejos fantasmas. Simplemente la pelota no quiso entrar en el arco mexicano y Memo Ochoa besó el cielo. Un amargo empate para Brasil, un dulce punto para México. Brasil se acuerda del guión del Maracaná, México sueña con un futuro improbable.

Miguel Herrera ha vivido las dos caras de la fortuna. En 1994 quedó fuera del Mundial de Estados Unidos porque su temperamento lo hacía poco confiable en la defensa. 20 años después, ese mismo temperamento le ha transmitido a la Selección Mexicana una autoconfianza pocas veces conocida. Sólo queda esperar que no se convierta en exceso de confianza, como ha sido historia frecuente en el Tri: como el Ícaro del futbol, que entre más se acerca al cielo, el sol derrite sus alas.

Este martes, México llegó con una confianza inédita que desafiaba la historia. Los resultados en mundiales eran poco alentadores. Incluso, el antecedente entre los de rojo y la verdeamarelha marcaba que la selección azteca había sido vapuleada 4 a 0 en tierras cariocas el 24 de junio de 1950.

Pero lejos de mirarse en el espejo negro del pasado, esta generación ha decidido usar un escudo de bronce como espejo para aniquilar a su medusa particular. En el siglo XXI, en categorías con límite de edad, México se ha convertido en el Coco, en la bestia negra de Brasil. El oro olímpico que los aztecas arrebataron a los cariocas en Londres en 2012, se repite en las pesadillas brasileñas mientras nosotros lustramos nuestro más grande triunfo futbolero.

Pero ganar en categorías menores sólo es mera anécdota si no se refrenda en la categoría mayor. Muchas promesas del balompié nacional se han perdido cuando obtienen su credencial para votar. El azar los colocó nuevamente de frente y este martes 17 de junio era la hora -para Brasil- de saldar cuentas; y para México, el momento de marcar un nuevo inicio.

Ni se saldaron cuentas ni se planteó un recomienzo. El empate a cero pospuso todo para mejor ocasión. En 1950, Baltazar cabeceó y superó a la Tota Carbajal para abrir el camino de la goleada. 64 años después, Neymar superó a Rafa Márquez y conectó para que Memo Ochoa atajara y pusiera candado en su portería y así evitar que cayeran cuatro tantos brasileños. Mientras Brasil ve con temor el fantasma del maracanazo, México ha llamado a los cazafantasmas.

El último hombre fue la figura. Catafixió su número 13 de la mala suerte por un trébol de cuatro hojas. Curtido en su waterloo en el Ajaccio, Ochoa sabe que en sus reflejos felinos está la gloria o la derrota. Fusilado a bocajarro, el balón se estrelló en su cuerpo una y otra vez. La Virgen de Guadalupe ataja con él, resumió Alves, el defensa del equipo de un Cristo Redentor que no supo anotar.

Ochoa fue el que más lució al apagar la pólvora brasileña. Pero el trabajo de frenar a los brasileños comenzó en la media cancha. Un “Gallito” Vázquez peleando cada balón, Herrera distribuyendo, Márquez anticipando en la defensa y Maza, superando su lentitud, jugando al límite. La defensa incomodando a los delanteros para que no pudieran rematar a placer y Ochoa completando el trabajo.

Adelante, en la soledad del ataque mexicano, Gio y Peralta como espantapájaros de la medalla de oro intentando perforar a la mejor línea de este Brasil de futbol neoliberal: su defensa.

El reloj fue el peor enemigo de Brasil. Al no conseguir un gol tempranero ni un regalo del árbitro, México se asentó en el terreno de juego y aunque no inquietó al portero brasileño, dio visos de que algo podía pasar con los tiros de media distancia.

Al minuto 90 más tres de compensación, el árbitro silbó el final de la batalla en Fortaleza. Matemáticamente, un punto para cada uno, anímicamente, Brasil dejó de ganar dos y México sumó uno de más que no estaba en el presupuesto.

De cuadritos. Croacia 1 México 3

Al ver el uniforme a cuadros de Croacia, el técnico mexicano, Miguel Herrera, planteó un duelo de ajedrez, pero al entrar Javier “Chicharito” Hernández, aquello se convirtió en una partida de damas chinas.

El partido empezó a disputarse desde antes que empezará a rodar el brazuca. Primero, los aficionados mexicanos pasamos de la euforia de frenar a Brasil en su propia casa al sufrimiento cuando Croacia mostró todo su arsenal frente a la débil Camerún. Del éxtasis pasamos a la duda. ¿Y si Croacia nos da un baile como a los africanos? Pero México le metió tres goles a ese equipo, sólo que nos anularon dos, nos respondíamos para calmar las angustias. ¿Nuestra media cancha podrá contener a Modric que anda jugando muy bien?, nos volvíamos a atormentar.

Pregunta tras pregunta. Mayéutica futbolística. Sócrates hubiera sido aficionado del Tri. El balón ya rodaba en nuestras mentes y planteábamos tácticas y estrategias para derrotar a los de cuadros rojos y blancos.

El primer golpe vino en la conferencia previa al juego. En un intento por amedrentar al rival antes de salir a jugar, el técnico croata Niko Kovac, con su pose de mirrey, amenaza y dice que a los mexicanos les deberían de temblar las rodillas cuando enfrente a Croacia.

La escuadra europea se siente superior. Y la superestrella Modric amenaza: a mejores porteros que Memo Ochoa les hemos anotado. Croacia olvida un detalle: en el duelo entre mexicanos y croatas, el Tri ya los ha derrotado en Mundial.

Herrera, lejos de engancharse, encaja la entrada ruda del rival y apela a uno de los mejores jugadores que ha tenido esta selección en la justa mundialista: la afición, quien del odio por la pésima eliminatoria ha pasado al amor incondicional. Y pide que la afición haga sentir a los croatas todo el peso del estadio, que canten el Himno Nacional a todo pulmón.

¡Oh, la afición mexicana, que en cada Mundial da de qué hablar! Ahora, a punto de recibir tarjeta amarilla de FIFA por el grito de guerra cuando despeja el portero rival, se siente amenazada y decide desafiar gritando más fuerte.

Con la rabia contenida, los jugadores tenochcas salen a disputar el duelo con los balcánicos. La Arena Pernambuco en Recife parecía una sucursal del Estadio Azteca o del Estadio Coruco Díaz, por la humedad que prevalece. Desde el canto del Himno Nacional se impuso la Selección Mexicana. Cantada por más de 25 mil mexicanos, es el primer motivador de esta selección que sólo espera un pretexto para rozar la gloria.

El juego empieza ríspido. Croacia quiere imponer su músculo, su fuerza. Quiere convertir la cancha en guerra de trincheras donde hay que pelear a muerte por cada línea. La defensa mexicana no desentona y cierra filas. La media cancha nacional tiene la dura misión de contener a uno de los jugadores más talentosos de planeta y los nervios a flor de piel se asoman en los primero minutos.

En el ataque, Giovanni y Peralta aislados tienen que enfrentarse a una muralla croata, y esperar que los ataques por las laterales les surtan de balones, pero éstos llegan de manera escasa porque la batalla está en el medio campo y Croacia impone su ley. Sin balones, Peralta tiene que moverse para buscar que le llegue juego. Giovanni, intermitente, anulado como los goles que no le contaron ante Camerún.

Cuando parece que la táctica croata de trincheras se impone, en una vistosa triangulación, el brazuca le llega a Héctor Herrera, quien dispara un misil que se estrella en el travesaño. Ese es el despertar de la Selección Mexicana, que se da cuenta de que puede contener a los europeos y empieza a tocar el balón.

Croacia le apuesta al juego aéreo, espera que México cometa un error de marcación. Herrera ha planteado el juego como si fuera ajedrez, ahoga a la delantera rival que tampoco tiene balones a modo. Intenta tener el control de medio campo, pero el balón tampoco le llega a sus delanteros. Alfiles y caballos se neutralizan en la media cancha del estadio en Recife.

Así termina el primer tiempo. Sin un claro dominador, pero con los primeros indicios de que las líneas croatas pueden ser vulneradas. En la pausa de medio tiempo, de nuevo las dudas en la afición mexicana -que en el estadio o frente al televisor- empieza a hacer planes. Que si Layún anda mal, que si Giovanni, que si “Chicharito” tiene que entrar.

Y arranca la segunda mitad con la misma tónica. Croacia no se puede acercar de manera clara al arco mexicano, y cuando un defensa es superado, aparece su relevo para sacar al croata del área grande.

Tenso el juego. El músculo croata empieza a cansarse y es momento de la imaginación mexicana. “Chicharito”, levántate y anda, parece decir Herrera; y como por arte de magia, sus movimientos al frente crean un caos en la línea defensiva croata que ya no sabe cómo marcar.

La entrada de Javier Hernández, que sustituye a un Dos Santos que parece como adormilado, es el antídoto que necesitaba la Selección para perforar la portería europea. El juego deja de ser de ajedrez para convertirse en uno de damas chinas. México aumenta las revoluciones por minuto y empieza a tocar el balón ante unos impávidos croatas que no dan crédito.

Un tiro de esquina que por poco y se convierte en gol olímpico. La escuadra tenochca avisa que está al ataque. Después, en otro cobro de esquina, el capitán Rafa Márquez conecta de cabeza para perforar las vallas enemigas y abrir el marcador al minuto 71.

Las murallas croatas se han derribado y el ataque mexicano entra a placer en su territorio. En un rápido despliegue, “Chicharito” conduce por media cancha, abre a Peralta, quien ve que la marca se va a cubrir al propio Hernández y decide centrar a Guardado, quien, sin marca, dispara a placer y anota el segundo.

Croacia opta por matar o morir. Se va al frente y casi consigue abrir el marcador, pero un milagroso Héctor Moreno aleja el balón de la portería azteca. México decide responder el golpe y en otro tiro de esquina, el capitán Márquez  peina en el área y en una rapidísima jugada de desmarque, Javier Hernández queda solo para rematar a gol y anotar el tercero. El juego ha sido liquidado.

Y aunque la goleada está al alcance de la mano, y con ello el liderato de grupo, la defensa croata ya no permite más goles, y su delantera, en una exhibición de amor propio, aprovecha un descuido de la zaga mexicana, que ya estaba pensando en cómo enfrentar a la poderosa Holanda, y anotan el de la honra. Después de eso, México se dedica a pasear el balón y a esperar que el árbitro silbe el final.

Piratas holandeses México 1 Holanda 2

Los mexicanos olvidamos que los holandeses son descendientes de piratas y lo pagamos con la eliminación en el Mundial. Cuando la Casa de Orange vislumbró que el mar presentaba excelente oportunidades de expansión a través de la piratería, para robar la plata que salía de México, nunca pensó que, 400 años después, su táctica seguiría funcionando.

No tan lejos del Caribe que alguna vez señorearon los piratas holandeses, llegaba la Selección Mexicana a la ciudad de Fortaleza con más ilusión que futbol para tratar de frenar la piratería del país naranja.

Lo que también ignorábamos es que, precisamente, Fortaleza debe su nombre a una fortaleza que los holandeses edificaron en sus correrías marítimas a mediados del siglo XVII. Su pasado corsario los respaldaba.

Y arrancó el juego. Nervio del lado mexicano mientras que los de naranja se administraban. Por nuestro lado, marineros de agua dulce contra terribles piratas holandeses curtidos en grandes batallas europeas. Sólo Rafa Márquez era el único con los blasones para enfrentar a tales corsarios. Y se comportó a la altura. Transmitió confianza a sus compañeros que controlaron los nervios y empezaron a hacer lo que mejor hacen: marcar, asfixiar al rival, no permitirle jugar.

Pero, ojo: eso también era parte de la táctica holandesa. Dejar que el rival se cansara para atacarlo, para que cuando los músculos estuvieran cansados y la deshidratación pesara, el talento individual se impusiera a la fuerza colectiva.

México parece dominar, pero no tiene llegadas claras. Holanda está a la caza del balón para lanzarlo y que Van Persie anote. El ejemplo más claro fue cuando el Maza se equivoca en la salida, Holanda la roba y en un último esfuerzo, Rafa Márquez y Moreno frenan a Robben. Aunque el árbitro no marca penal, el daño es peor para los nuestros: perdemos al último hombre en defensa, al que frenaba los embates piratas. Moreno sale fracturado, los corsarios naranjas sonríen, el primer daño está hecho.

El segundo tiempo arranca muy parecido al primer tiempo. Una genialidad de Giovanni Dos Santos -quien está llamado a ser el hombre del talento en este equipo, pero que necesita tener más continuidad en Europa- marca el tanto que pone a México adelante. El defensa Blind queda ciego ante el rayo que sale de los botines de Gio. México se pone adelante.

Pero algo le pasa a México en instancias de eliminación directa. Desde que Moctezuma se espantó al ver a los españoles y permitió que Cortés entrara por las bandas y por el centro a Tenochtitlan, México no ha sabido tener el control del partido. Huitzilopochtli nunca fue canchero ni Quetzálcoatl aprendió a esconder el balón.

El “Piojo” Herrera, tan osado en los juegos contra Brasil y Croacia, ahora decide cambiar de táctica. Evidentemente, el “Piojo” nunca ha navegado por los mares piratas europeos y la zozobra se asoma a la nave tenochca. México, en lugar de lanzarse al abordaje, decide esperar a los holandeses. En vez de aguantar a Giovanni como cañonero al frente, Miguel Herrera decide sacarlo, hace un extraño cambio y mete a Aquino, quien pasa inadvertido.

Holanda, sin preocuparse del ataque mexicano, va al frente, pero aún no puede romper las filas aztecas que, pese a la baja de Moreno, siguen soportando los embates de los piratas. Pero Márquez no puede aguantar todo el ataque. Layún se pierde en la banda, no ofende y empieza a ser rebasado. Los mástiles aztecas comienzan a ceder. Los cañones holandeses empiezan a dañar poco a poco la ilusionada barca mexicana.

Incluso, la afición mexicana pasa del bullicio a la expectación. Miguel Herrera intenta recomponer y manda a su cañonero de lujo al ataque: “Chicharito”. Pero Herrera le quita a su socio al frente, que es Oribe Peralta. Javier Hernández es un llanero solitario perdido en alta mar que tiene que enfrentar a los piratas holandeses.

El primer aviso holandés llega cuando rematan en el área chica y Memo Ochoa tiene que atajar con el cachete el inminente gol. En la pausa de la hidratación (invento de México para el mundo), Van Gaal, reacomoda a su equipo y les da la orden: es el momento del abordaje final.

Y los holandeses van con todo. Un tiro de esquina que es retrasado, cae a los pies de Sneijder, quien saca un cañonazo que se incrusta en el fondo de las redes. El barco mexicano empieza a hacer agua.

Destanteada, la defensa mexicana espera que el árbitro marque el final del tiempo reglamentario para replantear el partido en tiempos extras. Pero los piratas no iban a permitir que se les escapara la presa cuando ya la tenían arrinconada. Robben toma el balón, entra como un demonio por el área, nadie lo alcanza a detener. Rafa Márquez, como último hombre, le hace frente y Robben, como el corsario de la pata de palo, se cae espectacularmente para engañar al silbante, quien no duda y marca penal que es convertido en gol por Huntelaar. Se acabó muchachos, hasta aquí llegamos.

Se perdió porque el equipo mexicano traicionó su espíritu de preocupar al rival, de ofender, de encarar. Con el gol, decidió defender y apostarle a guardar el marcador. Pero nuestros jugadores no están curtidos, les falta ese oficio. No nos engañemos, nuestra selección no ha crecido. Sigue estancado en la misma etapa desde hace 20 años. Somos un equipo de octavos de final que lucha, pero al que le falta dar ese pequeño paso hacia la grandeza.

Las alas pegadas con cera del Ícaro mexicano no resistieron el sol brasileño ni los ataques holandeses. Una vez más, México se hundió en el mar tras intentar huir del laberinto del cuarto partido.

Sin duda, en la cosmogonía azteca, el cuarto infierno era el del gol en contra en el último minuto.

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