Elecciones 2018

¡Ya ganamos! Y ahora… ¿qué?

Al igual que cualquier caudillo, enamora o provoca repulsión en una gran parte de la población. No es el mesías que vendrá a redimir al país pero tampoco es el dictador autoritario e incapaz que la derecha ha bosquejado en torno a su persona.

Como sociólogo con formación marxista tengo que admitir que estoy programado para negar la inamovilidad de la sociedad. Para mí la historia camina, con o sin nosotros; es más, retomo a Salvador Allende “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Estamos caminando, pero ¿a dónde?.

Dudo legítimamente; ¿cuál es la historia que vamos a narrar respecto a los próximos años? No soy optimista, permítanme explicarme; comprendo el temor histórico fundamentado con el término de ‘gatopardismo político’. El PRI tenía varias facetas; una cara dura y represora con la juventud y los movimientos sociales pero también una cara benefactora y asistencialista que utilizó millones de recursos públicos durante décadas para formar una base dura y fiel que resistía viento y madera el vendaval de los procesos electorales.

El PRI devoraba y asimilaba; críticos, líderes sociales, partidos políticos e incluso cuando sucedió la alternancia, Vicente Fox y el panismo gobernaron bajo la misma sombra que les llevó a perder las elecciones tan sólo seis años después y tener que echar mano de esa Hidra de Lerna que se empeñaba en renacer una y otra vez. Calderón gobernó con las fauces contra el cuello y cuando menos se dio cuenta, el panismo ya no era competitivo electoralmente y detrás de las cortinas del Congreso por donde había entrado, emergió poderosa, brutal y empoderada por la televisión, el monstruo que nunca se había ido.

Pero el modelo presidencialista concentra tanto poder, nuestra nación tiene una cantidad tal de recursos naturales y una población tan grande que la Hidra comenzó a comerse a sí misma. Si, en parte confundida por la valerosa espada de la oposición herculeana que resistió los violentos embates, pero los golpes más duros se los provocó ella misma; la Casa Blanca, Ayotzinapa, la Estafa Maestra y todo el modelo de financiamiento irregular a las campañas que acabó por cercenar una a una las cabezas que luchaban, desesperadas por seguir conservando el poder en los diferentes espacios clave de poder clave para llevar las riendas de la nación.

La falta de una ciudadanía politizada ha provocado desconcierto para poder interpretar el momento histórico que estamos viviendo. Las heridas no sólo siguen sangrando sino que también están infectadas; las personas no dimensionan a los más de 36 millones de mexicanos en Estados Unidos que migraron para poder tener un empleo, al cuarto de millón de personas asesinadas durante los últimos dos sexenios por el crimen organizado en complicidad con el Estado y los feminicidios así como el número gravísimo de desapariciones que, seguramente, es mucho más elevado de lo que reflejan las cifras oficiales.

El triunfo de la izquierda ha caído como una brisa de lluvia en un desierto el cual tenía una sequía de más de ocho décadas. Más de la mitad de la población echa las campanas al aire y decreta, triunfales, los próximos años de vacas gordas y justicia social. La otra mitad está recelosa; el clasismo y racismo –siempre vigente en la población, pero recrudecido por los discursos de odio durante las campañas- ha aparecido para cobrar las facturas de la irresponsabilidad de políticos y comunicadores que no pararon de echar leña al fuego durante todo el periodo electoral.

Por otro lado, hay una izquierda incrédula que se ha ganado a pulso el derecho a disentir con la izquierda partidista; la falta de una agenda firme y decidida en temas de diversidad, los acuerdos sin cumplir a los pueblos originarios, el vaivén político que ocasiona la cercanía de actores como Alfonso Romo y Esteban Moctezuma en un gabinete cuya influencia neoliberal pareciera ser más fuerte que su crítica al sistema económico globalizado que tanta miseria ha provocado en la población.

López Obrador se ha catapultado gracias al diagnóstico acertado de país que tiene desde hace más de una década. Pero, al igual que cualquier caudillo, enamora o provoca repulsión en una gran parte de la población y su sexenio es tan impredecible como ambas visiones encontradas de él. No es el mesías que vendrá a redimir al país pero tampoco es el dictador autoritario e incapaz que la derecha ha bosquejado en torno a su persona.

La Hidra está moribunda; el PRI está a tan sólo unos pasos de caer en el basurero de la historia, tengo la certeza que en los próximos años tendremos más conciencia del daño irreparable que provocaron y el PAN está tan tocado que su propio candidato teme la expulsión de un partido que destrozó para alcanzar sus ambiciones personales. El resto de los partidos simplemente no existen. Cuando Andrés asegura: “No les voy a fallar” lo escucho honesto y comprometido con esas palabras, pero me queda claro que mis expectativas son producto de mi deseo por darle la razón y no porque objetivamente el país cambie a la velocidad que yo quisiera.

Las deudas sin cobrar están ahí. Ahora son nuestras deudas; las de la mitad del electorado que prometió comprometerse con un gobierno y trabajar, ahora si, por su propio bienestar. Les confieso que tengo un temor; he escuchado a algunos personajes de izquierda muy comprometidos, que apenados señalan: “Yo pedí el voto por Fox. Me engañó; ¡qué vergüenza!” y me niego a tener esa mancha. Nos vamos a morir con y por Andrés… pero a la primera que nos falle, tenemos que ser lo suficientemente inteligentes para admitir; AMLO era una cabeza más de la Hidra. Y actuar en consecuencia porque si, la patria es primero.

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