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Ella es Kenya Cuevas: “mi mayor venganza es ser feliz”

Entre risas, euforia y calidez, el auditorio Fernando Díaz Ramírez esperaba la llegada de una leyenda, activista y defensora de los derechos humanos. Kenya Cuevas. Un ejemplo de resistencia y convicción. A días de empezar el mes de orgullo LGBTIQ+, Kenya compartió su testimonio de vida con alumnos y colegas de la Universidad Autónoma de Querétaro, para inspirar y generar conciencia.

Kenya vivió una infancia dura, la cual la llevó a abandonar su casa a raíz de la muerte de su abuela. Comenzó a trabajar desde los nueve años haciendo aseo para un señor; un día, tras salir de su jornada laboral vio una mujer que llamó su atención, con quien se identificó: una mujer trans.

Kenya le dijo que quería ser como ella, a lo que le respondió que, para eso, le hablara a un carro, la llevaría a un hotel y tendría que cobrarle. Kenya, al ser una persona que no se identificaba con el género que socialmente se le asignó, accedió a lo que ella le propuso, con la inocencia que sólo tiene una niña. Así fue como a los nueve años, tuvo su primer cliente como trabajadora sexual.

Una niñez arrebatada por las violencias sistémicas contra las personas trans

Fue en ese hotel donde la llevó su primer cliente, que conoció a otras mujeres trans trabajadoras sexuales, quienes la enseñaron a vestirse como ella quería, pero también la insertaron en el trabajo sexual. Comentó que como una niña de nueve años era bastante solicitada por los clientes. Un momento agridulce, que rememora con emociones mixtas, pues el trabajo sexual la llevó a esa transición que tanto deseaba, pero la sumergió en un ambiente sexista y violento.

Cuevas compartió su historia de drogadicción derivada del trabajo sexual, pues según relató, la mayoría de los clientes llegaban drogados o alcoholizados y la invitaban a consumir, si ella se negaba, no la contrataban. La necesidad la llevó a aceptar las condiciones que fueran.

Al ser una infancia con problemas de drogas, llegó a vivir en las calles. “Viví la indiferencia de la sociedad, porque somos indiferentes hacia esas poblaciones, sin darnos cuenta que detrás de una persona en situación de calle hay una historia de alguien, un ser humano” confesó.

La activista comentó que una de las violencias sistemáticas e históricas que viven las mujeres trans es que se les niega acceso a la compra y renta de vivienda ya que, criminalizan su identidad asumiendo el estéreo de “prostituta”.

Agresiones, criminalización y negación de la identidad: una espiral de obstáculos en el camino hacia la recuperación

Diversas casas hogares como Casa Alianza, le ofrecieron ayuda diciéndole que le darían estudios, comida y casa pero que ahí no podía ser Kenya, firme a su identidad, prefirió seguir en las calles. En ocasiones, accedía a su ayuda para recuperarse, pero eventualmente se iba.

Hubo un momento en que decidió ingresar a la casa hogar y dejar su adicción de lado, fue llevada al hospital donde se dieron cuenta que era trabajadora sexual por lo que le hicieron la prueba de VIH, en ese entonces llamado coloquialmente “cáncer homosexual”. Después de seis meses de espera, sus resultados dieron positivo. Luego de saberlo, Kenya se deprimió y decidió regresar a las drogas, pues decían que esa enfermedad era mortal y perdió la esperanza.

Al regresar a la calle y a sus adicciones, la detuvieron por el delito de daños contra la salud, posesión, distribución y venta de cocaína, por lo que fue enviada a la cárcel. Ahí dentro se enfrentó a una pelea con un interno por defender su identidad, “a las personas trans nos aventaban huevos, orines, excremento” expresó.

Esta pelea hizo que la trasladaran a la penitenciaría de Santa Marta como presa de alta peligrosidad. Cuando ingresó ahí, fue la primera vez que mencionó su diagnóstico de VIH y la pusieron en el “dormitorio 10” dónde podían ir las personas presas que tuvieran esa enfermedad.

El dormitorio 10: la experimentación sin consentimiento contra pacientes de VIH

A los del dormitorio 10 les suministraban medicamentos para el VIH, sin embargo, había rumores que las pastillas mataban a quienes las tomaban. Así que Kenya, decidió no consumirlas. “Las personas que sí lo ingirieron, curiosamente empezaban a presentar enfermedades oportunistas, pérdida de peso, diarrea, o temperatura y de repente terminaban hospitalizadas y después de un mes, dos meses, pues que ya se murió”, comentó.

Kenya se propuso como voluntaria en la comisión para cuidar a personas con VIH que estaban hospitalizadas, esto le ayudó a comenzar a dejar las drogas. Mientras dio ese servicio vio morir a más de 200 personas a causa del VIH y el abandono institucional. Al llevar 4 años en la comisión, su preocupación por la situación del dormitorio 10 incrementaba así que ella y otras sobrevivientes emitieron una carta a la doctora Andrea González denunciando todos los actos de violencia.

Gracias a esto lograron ingresar cámaras para hacer un documental llamado Dormitorio 10, el cual retrata cómo se vive el VIH en las cárceles. Tras este filme se logró hacer una denuncia pública, se les comenzó a dar el tratamiento adecuado y las hicieron promotoras en prevención de VIH. “Finalmente, nos enteramos de que nos utilizaron como conejillos de India por las farmacéuticas para la construcción de la última generación de medicamentos antirretrovirales”.

Consagrarse al activismo para denunciar la violencia, honrar la memoria y demandar condiciones dignas para las mujeres trans

Kenya salió de la cárcel anticipadamente y regresó al trabajo sexual, sin embargo, ahora como promotora de prevención de VIH certificada, que ayudó a más de 300 mujeres trans a generar sus documentos para que pudieran tener acceso a tratamiento. El 30 de septiembre de 2016 la vida de Kenya cambia por completo al presenciar el trans feminicidio de su amiga Paola Buenrostro.

A partir de ese momento su activismo cobró fuerza. Tras el trans feminicidio de Paola, se manifestó en insurgentes con su ataúd. Kenya relató: “fue la primera vez que le grité al mundo y a la sociedad que estábamos cansadas de tanta violencia sistemática, estructural, física y verbal que nos tocaba vivir por el simple hecho de ser quién queremos ser”. Después de estos sucesos dejó de ejercer el trabajo sexual.

Cuevas decidió abrir su asociación civil La Casa de las Muñecas Tiresias para generar políticas públicas a favor de las mujeres trans y creó una metodología de intervención para su reinserción social. Asimismo, fundó el albergue Paola Buenrostro y comenzó a rescatar cuerpos de mujeres trans, tras enterarse de que eran enviados a las universidades para investigaciones. “No nos quieren reconocer nuestra identidad en toda nuestra vida, ni nuestros derechos humanos, pero sí le servimos a la ciencia” expresó.

Luchar en colectivo: todes merecen ser reconocides y felices

De este modo creó el primer mausoleo para mujeres trans y un convenio con el registro civil para que, en las actas de defunción, se les reconozca su identidad. Así como muchas otras políticas públicas a nivel nacional para el salvaguardar las vidas e integridad de personas trans.

“Cuando mataron a Paola yo le prometí que no iba a descansar hasta que existiera justicia y hasta modificar el sistema. Hoy no sé si lo estoy modificando, lo que sí sé es que todos los días de mi vida me levanto con la convicción de que todas las personas que me escuchen, al menos una, cambie su forma de pensar”, admitió Kenya.

Las personas en el auditorio tenían las manos en el pecho y una que otra lágrima se resbaló mientras Kenya finalizó diciendo: “siempre va a valer la pena luchar por nuestros ideales y nuestras convicciones, absolutamente todo lo que imaginemos en esta vida puede ser real, si sus corazones así lo desean. Por ello, hoy mi mayor venganza va a ser que todas, todes y todos seamos felices”.

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