Entre Pinceles y Pasos: El Corazón Artístico del Andador Libertad

Cada fin de semana, en el corazón del Centro Histórico de Querétaro, entre la Plaza de Armas y el Andador Vergara, los portales se transforman. Entre árboles, caballetes y conversaciones espontáneas, el Corredor del Arte, ubicado actualmente en el Andador Libertad, cobra vida como un espacio donde el arte no solo se exhibe: se comparte, se vive, se defiende.
Este corredor no nació de la noche a la mañana. Tiene historia, lucha y constancia. Su origen se remonta a finales de los años noventa, cuando un grupo de artistas comenzó a reunirse en el Jardín del Arte, buscando un lugar donde mostrar su trabajo sin intermediarios. Con el tiempo -y ante la falta de público- decidieron salir a la calle y ocupar los andadores del Centro. Así, en palabras de Sergio Uribe Figueroa, actual coordinador del colectivo: “Tuvimos que salir a buscarnos un espacio. Y el espacio se volvió nuestro”.

Sergio, escultor con más de tres décadas de trayectoria, llegó al andador en 2002 y desde entonces ha sido parte esencial del grupo. Su formación en Bellas Artes y su experiencia profesional le han dado herramientas, pero es la vida la que ha forjado su identidad como artista. “Yo nunca he sido empleado. He vivido de esto. Aquí, críe a mis hijos, un arquitecto y otra contadora”, dice con orgullo. Para él, el Corredor representa más que una galería al aire libre: es un canal directo con el público, un lugar donde la retroalimentación no llega en forma de críticas escritas, sino de palabras sinceras, miradas atentas o ventas que validan años de dedicación.
Resistir con arte: la constancia como manifiesto

El camino no ha sido fácil. Cambios de administración, presiones de comerciantes, falta de apoyo institucional y la amenaza constante de ser desplazados han puesto a prueba al colectivo. Pero la constancia ha sido su mayor herramienta. “Nos toleran”, dice Sergio con serenidad, consciente de que lo que hacen tiene un valor que va más allá de lo económico: promueven la cultura, defienden el derecho a crear y han hecho del arte una forma de resistencia cotidiana.
Aquí, cada artista aporta su universo, pero también aprende de los demás. Sergio lo resume con humildad: “El artista no solo crea, también observa, se adapta, y sobre todo comparte. Este espacio me ha hecho mejor artista y mejor persona”.
Agua Azul: amor, arte y evolución
Entre esos universos se encuentra el de Susana Sánchez Guanosto, conocida artísticamente como “Agua Azul”. A diferencia de muchos, Susana no viene de una formación académica tradicional en arte. “Yo nunca tuve clases de pintura ni nada, pero me gustaba dibujar desde siempre”, cuenta. Aunque inició estudios en diseño gráfico, descubrió rápidamente que lo suyo eran las artes plásticas, y desde entonces ha seguido una ruta autodidacta, nutriéndose de cursos, lecturas y práctica constante.
Para Susana, el Corredor del Arte ha sido una escuela viva, un espacio que la obliga a crear y a repensarse continuamente. “Este espacio te presiona a trabajar, a estar produciendo. Hay que encontrar una línea que conecte con el público”. Su obra se divide en dos caminos: uno más íntimo y personal, donde explora su estilo con libertad, y otro más comercial, que le permite mantenerse económicamente sin dejar de crear.

Pero su vínculo con este andador va más allá del arte. “Aquí encontró el amor”. Entre cuadros, exposiciones y domingos compartidos, conoció a Sergio Uribe, y con el tiempo su historia se volvió también una historia de pareja. “Aquí conocí al que hoy es mi esposo”, dice con una sonrisa, reconociendo al Corredor como un parteaguas en su vida.
Habitar este espacio también ha significado testimoniar el paso del tiempo. “Aquí ves cómo evolucionan los artistas, sobre todo los jóvenes que llegan con un nivel y van creciendo. Se crea un vínculo, amistades, comunidad”. Susana ha documentado con fotografías todo lo que ha vendido a lo largo de los años; su obra ha sido diversa, cambiante, en constante evolución. “Siempre estoy haciendo cosas nuevas. Algunas las dejo, otras las retomo. Es un reflejo de mí misma”.
Cuando se le pregunta si alguna vez ha dudado de seguir, responde que nunca ha pensado en dejar el arte del todo. “A veces dudé si podría seguir viviendo de esto, pero no de hacerlo. Lo dejé un tiempo, incursioné en otras cosas, pero volví. Y no creo que lo vaya a dejar nunca”.
A lo largo de su carrera, Susana ha descubierto que su espacio de trabajo también la transforma. Aunque sus obras más personales podrían ser similares en otro lugar, hay algo en el contacto con la gente que ha influido en su proceso. “Aquí pasa gente de todo tipo. Algunos saben de arte, otros no, pero todos se detienen, preguntan, sienten. Es un escaparate donde todo tipo de miradas convergen”.
Y sobre el éxito, después de tantos años, no duda: “Es la satisfacción personal. No se trata de volverse famoso. Se trata de estar contento con lo que haces, con poder seguir creando. El arte no es toda tu vida, pero es una parte esencial. Para mí, el éxito es eso”.
Gubias y Raíces: La fuerza artesanal
Otro de los pilares del Corredor es el escultor J. Jesús Ruiz Contreras, quien lleva más de 30 años tallando madera y casi 20 participando en el andador. Su obra, muchas veces elaborada bajo la sombra de un árbol, se distingue por su fuerza artesanal y su sinceridad estética.
“He aprendido en el transcurso de mi vida muchos oficios: albañilería, jardinería, herrería… pero siempre regresé al arte. Tallar madera fue lo único que me atrapó por completo”, cuenta con una voz pausada, curtida por el trabajo manual.
Su historia incluye también una temporada en Estados Unidos, donde trabajó en la construcción y la jardinería, sin tocar una sola gubia. “Allá la vida es muy rápida, no hay tiempo para relajarte ni para hacer otro tipo de cosas. Me hizo falta mi taller, mi espacio”, dice.

Sobre lo que ha significado para él el Corredor del Arte, es claro:
“Económicamente muy bien. Artísticamente, he aprendido y he evolucionado. Ahora sí que la teoría, también, he entendido más con los años. Esto me ha hecho más profesional”.
Además de su crecimiento técnico, Jesús destaca la convivencia con sus colegas como una parte esencial de su experiencia:
“Nos festejamos con pastelitos, nos apoyamos. Llegar aquí te cambia el humor. Ya en la semana trabajas mejor. Es un ambiente muy humano”.
Y aunque admite que ha tenido que dejar atrás cosas -como los deportes dominicales- nunca ha dudado del camino elegido:
“Para mí esto es lo máximo. No es éxito, es aprendizaje. Y todavía me falta mucho por aprender. Apenas estoy empezando, les digo”.
Una comunidad que respira arte
El Corredor del Arte no es un evento, es una comunidad. Los artistas que lo integran comparten no solo espacio, sino vivencias, apoyo mutuo y una convicción común: el arte es un derecho y una necesidad social. Para Sergio, mantener vivo este espacio es también un acto político y cultural. “No es solo por los que ya estamos, sino por las generaciones que vienen. Queremos que los jóvenes tengan donde mostrar su trabajo, que no tengan que esperar a ‘ser alguien’ para compartir lo que hacen”.
Esa apertura ha permitido que nuevas voces se integren al Corredor, que cada domingo recibe artistas con estilos diversos, desde la pintura abstracta hasta la gráfica digital, pasando por técnicas tradicionales como la acuarela, el óleo o la talla en madera. También llegan turistas, estudiantes, vecinos, coleccionistas y curiosos, todos con algo en común: el deseo de encontrarse con lo bello, lo inquietante o lo inspirador.
Hoy, mientras Querétaro crece como destino turístico y cultural, el Corredor del Arte sigue ahí, resistiendo la fugacidad de lo comercial y apostando por la permanencia de lo significativo. En cada obra colgada entre árboles, en cada conversación sostenida junto a un caballete, se defiende el derecho a crear y a soñar.

“Yo espero que me recuerden aquí, junto a mi árbol -dice Jesús Ruiz- Que digan: aquí estuvo él, tallando, compartiendo, aprendiendo”.
Entre los nombres que han dado vida al andador se encuentran Jesús de Ávila Muñoz, Crescencio Cuéllar Barrón, José Antonio Cruz, Luis Denis Quiroz, Diego Steven Rodríguez Álvarez, Juana Sofía Rosales Oria y José “Tlaloque”, y muchos otros artistas que, durante años, han aportado su talento y creatividad. Cada uno, con su estilo y su técnica, ha construido la identidad viva de este espacio, donde la pintura, la escultura y la experimentación conviven con la curiosidad de los visitantes.
Arte: Espejo y Resistencia
Nataly Viveros, por ejemplo, ha estado nueve años en el corredor con su galería “El Extraño Mundo del Arte”. Desde niña, Nataly ha transformado cualquier objeto en arte, jugando con texturas, materiales y técnicas diversas, desde acrílico hasta cartonería, papel, maché y pasta epóxica. Sus cuadros en relieve y esculturas son un reflejo de su curiosidad constante, de su pasión por experimentar y de la influencia de su hija y su entorno. Para ella, el corredor es una familia, un lugar donde compartir y aprender con otros artistas, y su espacio, si fuera un personaje, sería Coraline, valiente y decidida, enfrentando retos y transformando lo cotidiano en maravilla. “Mi objetivo -dice Nataly- es que la gente sienta felicidad, paz y emoción al ver mis obras. Aquí he aprendido mucho de quienes llegan con nuevas técnicas y de quienes se mantienen constantes, mostrando que la perseverancia es tan importante como la creatividad”.
Vitruvio: proporción, disciplina, emoción
Enfrente de Nataly, Silvia Moreno y su esposo, Carlos Morales Conejo, han hecho del andador su hogar artístico durante más de 12 años. Carlos, arquitecto de formación y pintor por vocación, combina su conocimiento de proporción y geometría con la sensibilidad de la pintura. Desde niño, las vacaciones eran sinónimo de pintura; su formación en arquitectura se entrelazó con su pasión artística, y a lo largo de los años ha ganado premios tanto en pintura como en literatura.

Su galería virtual, “Vitruvio”, rinde homenaje al “Hombre de Vitruvio” y a la relación del arte con la naturaleza y la proporción humana. Desde temprano en la mañana hasta entrada la noche, Carlos trabaja en su estudio en casa, pintando y escribiendo. Silvia destaca la dedicación de su esposo y la disciplina que el arte requiere: “Se levanta a las cinco de la mañana y apenas se detiene para comer. La pintura y la literatura son su vida. Incluso en la pandemia, los encargos por redes sociales nos permitieron continuar”.
Silvia también enfatiza cómo la obra de Carlos transmite emoción: toros que muestran bravura, caballos que revelan proporción y belleza, y cuadros que han provocado lágrimas de admiración entre sus clientes. Para ella, el éxito no se mide en ventas, sino en la capacidad de conmover, enseñar y compartir. La pasión por el arte dice Silvia, va más allá de la técnica; es devoción, disciplina y amor, y es un vehículo para conectarse con la belleza del mundo y con los demás.
Un legado vivo
El Corredor del Arte, con más de 25 años de historia, es un laboratorio vivo de creación. Entre los artistas veteranos y los recién llegados se construye una comunidad de aprendizaje constante: consejos compartidos, técnicas intercambiadas, errores corregidos y emociones transmitidas de una mano a otra. Este lugar no solo expone obras, sino que enseña, inspira y genera vínculos entre quienes lo habitan.
En este escenario, la vida del andador se percibe en el movimiento de los visitantes, en la textura de los pinceles sobre el lienzo y en la variedad de materiales que dan forma a esculturas y relieves. Cada artista aporta su universo: Nataly con su mezcla de fantasía y color, Carlos, con su precisión arquitectónica y su sensibilidad literaria, y otros tantos que suman historias, estilos y sueños. Para Silvia y Carlos, como para Nataly, cada cuadro es un acto de constancia y pasión, cada escultura un testimonio de creatividad y perseverancia.

El arte, en este corredor, funciona como un puente entre generaciones y culturas, un espacio donde la emoción y la técnica se entrelazan. Como dice Silvia, la sociedad mexicana todavía no valora lo suficiente el arte, pero este lugar demuestra que es posible vivir de él, transmitir emociones y construir comunidad. La presencia de artistas consagrados y emergentes, junto con la interacción constante con el público, mantiene el corredor vivo y en constante evolución.
Así, mientras la ciudad crece y cambia, el Corredor del Arte permanece como un santuario de creatividad y emoción, donde artistas como Nataly, Silvia y Carlos, junto con los demás miembros de la comunidad, siguen dejando su huella. Cada pincelada, cada relieve, cada relato y cada sonrisa de un visitante es testimonio de un espacio que resiste la fugacidad y celebra la permanencia de lo significativo. Porque al final, lo que queda no son los edificios ni el comercio efímero, sino el arte que toca la vida de quienes lo crean y quienes lo contemplan.



