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“Esto tan hermoso que es el verso del albur”

Crónica de una noche en la pulquería El Gallo Colorado

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Suenan cumbias y huele a pulque, a pulque agrio.

Algunos hombres se recargan contra la barra y esperan sus tarros con desesperación. Frente a ellos, un grupo de jóvenes grita y lanza mentadas de madre. Todos están emocionados.

Esperan a que el torneo de rayuela organizado por la pulquería “El Gallo Colorado” termine finalmente con un ganador.

La partida no es sencilla, la disputan “El Mayolo” y Don José, con ventaja para el segundo. A lo mejor es la edad, su experiencia contra la habilidad de un Mayolo joven, quizá en sus treintas. Sin embargo los dos hacen sus puntitos, tiro a tiro hasta que Don José logra meter la moneda dentro de la ranura y hacerse seis puntos de puro golpe.

Tras cada tiro se escucha como los observadores gritan “putooo” con la esperanza de distraer a los jugadores.

Luego del último tiro de Don José ya no se escucha algún “puto” en el aire. En vez de eso suenan aplausos para el ganador, quien saca un peine de su bolsillo trasero y se acicala un pronunciado copete similar a los que se usaban hacia 1960.

Una chica, quien ha estado contabilizando los puntos durante el torneo de rayuela, se apresura a solicitar concursantes para los albures. El Mayolo le ayuda a reclutar participantes a lo largo de la pulquería.

Al principio muy pocos quieren. Algunos bromean entre ellos y se invitan a participar: “Ándale, pinche chino, éntrale a los albures”.

“Le voy a entrar pero al hoyo mientras prestas atención…”.

“El Mayolo” se les acerca y los convence poco a poco.

– “¿Ven?, ya están albureando, éntrenle”.

– Pero nos van a sacar luego luego, le contestan

– Rojo, se escucha a lo lejos y “El Mayolo” les insiste: “Yo no la armo en los albures, voy a perder antes que ustedes y aun así le voy a entrar”.

Don Serafín, un sexagenario, se acerca a un joven que toma notas del evento y le recomienda que se inscriba.

“Inscríbete”, le dice, “los jóvenes ya casi no participan de esto tan hermoso que es el verso del albur. Es mejor rescatar lo antiguo, que ahogarse con lo nuevo. Yo tengo nietos y no saben alburear, tú practícale, tú practícale”.

El joven le hace caso y se acerca con “el Mayolo” para inscribirse. “A huevo, carnal”, expresa mientras apunta el nombre del joven.

A simple vista no luce como alguien capaz de ejecutar albures. Sus lentes y su camisa de cuadros contrastan ampliamente con la proliferación de hebillas y cadenas que hay entre los asiduos de la pulquería.

 

Aquí las reglas son claras, quien se trabe tres veces va para afuera

La primera ronda de albures es entre Mayolo y el joven de lentes. Éste empieza con algo así como “Por acá viene el Mayolo, al que lo empino y me lo violo”.

Los observadores cubren sus bocas y lanzan exclamaciones mientras “el Mayolo” responde con un “En albures tú me ganas pero a un burro se la mamas”.

Así se la llevan hasta que “el Mayolo” queda descalificado. Aquí las reglas son claras, quien se trabe tres veces va para afuera.

En seguida toca turno a un hombre maduro al que llaman Don Clemente y a un joven rapado que viste el uniforme de un taller automotriz. Es el famoso “Chino”.

Poco a poco domina a Don Clemente con albures hasta que el sexagenario logra trabar al mecánico y tomar una ventaja.

“Tú que le haces a los coches, sácame los mecánicos del taller mientras te hago una reparación en la cajuela” le dice y lo saca del juego en medio de chiflidos y abucheos.

Se disputan varias jornadas entre distintos participantes hasta que se arma la final entre Don Clemente y dos de los muchachos. Uno de ellos es el joven de lentes que venció a Mayolo. El otro es un chavo moreno al curiosamente apodan el “Tío güero”.

El hombre les tira a los dos sin discriminar a ninguno, lo que los lleva a unir sus fuerzas contra Don Clemente. Poco a poco lo van albureando hasta que Don Clemente queda trabado y fuera del juego.

Vuelven a sonar las cumbias

Llega entonces el momento de nombrar al ganador. Algunos piden que “el Tío Güero” se dé un agarrón con el joven de los lentes. Otros, ansiosos por empezar el baile, aceptan que el ganador se decida por medio de los aplausos. Así, la chica que tomaba los puntos determina que quien recibió más aplausos fue el de los lentes y lo nombra ganador del concurso de albures.

Ya una vez finalizados los torneos, vuelven a sonar las cumbias y los muchachos se ponen a bailar. Algunos bailan hombre con hombre, otros lo hacen con sus novias, o sus amigas o hasta con sus mamás, eso no importa. Algún atrevido se anima a sacar a bailar a Don Serafín.

Tras la barra, el pulquero Don Héctor no se da abasto. Cada vez hay más gente en la pulcata. Desde afuera llega un tufillo a hierba. Alguien ‘le quema las patas al diablo’.

Por un momento interrumpen la cumbia para premiar a los ganadores de los concursos. Todos se llevan una lámpara y una cartuchera. Cuando pasa Don José, todos gritan: “Que se peine, que se peine” y él obedece mientras ejecuta algún paso rocanrolero.

En “El Gallo Colorado” la fiesta sigue hasta muy noche. Aquí nadie se aburre. Todos están alivianados. Mientras tanto las cumbias pasan y las parejas bailan en medio de la pulquería.

Finalmente, Don Serafín, el anciano nostálgico, sale por la puerta y fuma un cigarrillo antes de perderse en medio de la noche, siempre con la esperanza de que haya otro concurso de albur y de rayuela en el tradicional “Gallo Colorado”.

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