Fiestas en El Pueblito: una tradición que sigue viva

En Corregidora, el 5 de febrero no se vive solo como una fecha del calendario nacional. Para El Pueblito, es el momento en que la rutina se rompe y el pueblo entra en un tiempo distinto, marcado por la fe, la memoria y la espera de una de sus celebraciones más importantes. Es el inicio de la Fiesta Grande dedicada a la Virgen del Pueblito, una tradición que convoca a la comunidad durante varios días.
La celebración hunde sus raíces en un hecho ocurrido hace casi tres siglos: la llegada definitiva de la imagen de la Virgen al Santuario, el 5 de febrero de 1736. A partir de ese momento, el pueblo comenzó a reunirse año con año para conmemorar no solo a su Patrona, sino la historia compartida que se fue tejiendo alrededor de ella. Hoy, esa memoria colectiva suma 284 años y se mantiene viva a través de rituales que se repiten cada febrero.
Conforme avanzan las fiestas, El Pueblito se llena de sonidos, colores y miradas atentas. Uno de los momentos que concentra mayor expectativa es el Paseo del Buey, cuando los animales recorren las calles acompañadas por la gente, adornados con símbolos religiosos y productos del campo. Este recorrido anuncia el inicio de una cadena de actos que culminan en la preparación de un alimento destinado a ser compartido, más como un gesto comunitario que como un simple platillo.
Nada de esto sería posible sin la organización interna del pueblo. Los mayordomos y las “tenanches”, encargados de organizar y sostener las celebraciones tradicionales, asumen durante todo el año la responsabilidad de cuidar cada detalle de la fiesta: desde los rituales hasta la distribución del caldo. Su trabajo sostiene una tradición que se acerca a los 300 años y que sigue siendo un punto de encuentro entre generaciones.
Las celebraciones se desarrollan a lo largo de febrero y siguen un calendario preciso: el 8 se realiza la Pega de Bando; el 15 comienzan formalmente las fiestas con el Ensaye Real y las “enrosaderas”; el 16 tiene lugar la bendición y el Paseo del Buey; y el 17 se celebra el Día del Caldo y los “Parandes”, uno de los momentos más esperados por la comunidad.
El caldo que bendice al pueblo: tradición y memoria viva en El Pueblito
Cada febrero, antes de que la ceniza marque el inicio de la cuaresma, El Pueblito despierta distinto. Las calles se llenan de música, de cohetes que rompen el silencio matutino y de colores que cuelgan en forma de collares sobre dos bueyes que avanzan lentamente entre la gente. No es un desfile cualquiera: es el anuncio de una tradición que lleva más de 300 años latiendo en el corazón de Corregidora. Es el Paseo del Buey y, con él, la promesa del caldo que bendice al pueblo.
El caldo de buey no es solo un platillo típico de las Fiestas Tradicionales de Febrero; es una combinación de historia, fe y mestizaje. Investigaciones sobre la cocina queretana, como la realizada en 2009 a partir del libro “Cocina y cultura en Querétaro” de Guerrero Ferrer, han documentado que este alimento representa un patrimonio cultural inmaterial, construido a través de generaciones de habitantes originarios que encontraron en la cocina una forma de preservar su identidad. Más que una receta, el caldo es un acto colectivo que une a la comunidad en torno a la memoria y la religión.
Su origen está íntimamente ligado al culto de la Virgen de El Pueblito. Entre 1631 y 1632, Fray Sebastián Gallegos esculpió la imagen original de la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada. Poco después, Fray Nicolás Zamora la colocó en una ermita cercana a un sitio donde los pueblos originarios practicaban idolatría, dando inicio a un proceso de conversión que transformó la vida religiosa de la región. En 1686, el arzobispo de México autorizó oficialmente su culto, y en 1736 la imagen fue trasladada al nuevo Santuario, hecho que detonó celebraciones multitudinarias y consolidó las fiestas que hoy se conocen como las Fiestas del Santuario o Fiestas de febrero.
Desde entonces, el pueblo se organiza cada año a través de mayordomías y corporaciones, de la Primera y Segunda Danza, de Inditos e Inditas y de las corporaciones de las Ceras. Son ellos quienes dan forma al novenario que antecede al Miércoles de Ceniza y que mantiene vivas las costumbres heredadas. El segundo día del novenario ocurre uno de los rituales más esperados: el Paseo del Buey. Dos animales, engordados durante un año entero por la mayordomía entrante y la saliente, son bendecidos en el atrio del Santuario alrededor de las nueve de la mañana. Luego recorren las calles adornadas con collares de chiles, cebollas, coles, garbanzos, ajos y zanahorias, los mismos ingredientes que más tarde darán sabor al caldo.
Mientras suenan la música y los cohetes, el pueblo acompaña el recorrido entre tortillas de colores, pan de agua, refrescos y tequila. Por la noche, la carne se cuece durante horas. El caldo se prepara lentamente y se divide en 25 porciones iguales: 24 para los mayordomos y “tenanches”, quienes apoyan la organización de la fiesta, y una para el sargento cohetero de cada mayordomía. Al día siguiente llega el momento más esperado. El tercer día del novenario, conocido como el “Día del Caldo”, la mayordomía entrante lleva el platillo al Santuario para su bendición.
A las dos de la tarde, frente a la casa de la primera “tenanche”, el caldo se reparte entre todo el pueblo. No hay otro alimento. Solo caldo de buey, acompañado de tortillas, refresco, licor, pan de pezuña o pan de agua y un guiso de garbanzos con zanahoria y col. Asisten autoridades civiles, pero el protagonismo lo tiene la comunidad reunida. La gente dice que es el caldo más rico del año, porque el buey está bendito y porque se come en un ambiente de cordialidad y bienestar que difícilmente se repite.
Esa misma noche, la mayordomía saliente ofrece la cena a la entrante y vuelve a repartir el caldo entre los habitantes de la cabecera municipal. Después, la tradición entra en pausa. El caldo de buey no se vuelve a preparar hasta el siguiente cambio de la corporación, aunque desde ese momento comienza la búsqueda de los bueyes que protagonizarán las próximas fiestas.
La investigación también revela que no existe una única receta del caldo de buey. Su transmisión ha sido oral, de generación en generación, lo que ha dado lugar a múltiples variantes. Este proceso confirma que la cocina queretana es una construcción cultural compleja, atravesada por la conquista, la religión y la adaptación de nuevos sabores.
Así, cada febrero, El Pueblito no solo celebra a su Patrona ni conmemora la bendición del Santuario ocurrida el 5 de febrero de 1736. Celebra también su historia compartida. En cada cucharada de caldo de buey se mezclan siglos de fe, tradición y comunidad, recordando que hay sabores que no solo alimentan, sino que cuentan quiénes somos.



