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Heteronormatividad: tener que dejar de ser humanos para ser hombres

Cada año mueren cerca de 8 mil personas por suicidio en México, y el 80% de estas muertes corresponden a hombres, esto según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Junio es reconocido mundialmente como el mes del Orgullo LGBTQ+. Es un mes para celebrar la diversidad, exigir derechos y visibilizar existencias históricamente marginadas. Pero también puede ser una invitación más amplia: una oportunidad para cuestionar los moldes sociales que, en su rigidez, enferman.

La heteronorma, esa regla no escrita que impone la heterosexualidad y los roles de género binarios como modelo obligatorio de vida, no sólo excluye identidades diversas. También daña profundamente a quienes, aún dentro de su marco, no logran encajar o se ven obligados a fingir que sí.

Uno de los rostros más invisibles de esta violencia estructural es la crisis de salud mental masculina, estrechamente ligada a la presión por cumplir con mandatos de género “tradicionales”: ser fuerte, proveedor, emocionalmente invulnerable, exitoso, heterosexual, dominante.

La jaula dorada del patriarcado

La heteronorma no es solo una expectativa sexual; es un sistema que organiza afectos, cuerpos, relaciones y jerarquías. En el caso de los hombres, el modelo patriarcal los ubica como el centro de poder, pero a un costo altísimo: la desconexión emocional, el aislamiento, la represión afectiva y la constante autoexigencia.

La masculinidad hegemónica es un traje que no todos quieren o pueden vestir, pero que se impone desde la infancia, explican expertos en psicología. Niños que lloran son llamados ‘niñas’, adolescentes que no conquistan mujeres son ridiculizados, hombres que muestran vulnerabilidad son tildados de débiles o ‘menos hombres’. Y quienes disienten, ya sea porque se identifican dentro de alguna disidencia sexual o simplemente no encajan, enfrentan un entorno hostil que castiga la diferencia.

Este sistema de vigilancia simbólica produce lo que muchos especialistas llaman violencia de género contra los propios hombres: un maltrato estructural basado en la exigencia de masculinidad. No se les permite ser humanos; se les exige ser hombres.

Entre silencios y suicidios

La estadística del INEGI no es sólo un número ¿Por qué los hombres se suicidan más? La respuesta está en la cultura del silencio. A diferencia de las mujeres, los hombres acuden mucho menos a terapia, hablan menos de sus emociones y, cuando enfrentan crisis, recurren con más frecuencia a medios letales.

La depresión masculina suele manifestarse en formas menos conocidas: irritabilidad constante, conductas adictivas, trabajo excesivo, aislamiento, muchos no se dan cuenta de que están deprimidos. Otros lo saben, pero sienten que pedir ayuda es ‘de débiles’. Esa narrativa mata.

Y esa narrativa tiene raíces heteronormativas: si se espera del varón heterosexual que sea fuerte, controlador, exitoso, proveedor, ¿qué pasa cuando no puede cumplir con esas expectativas? ¿Qué pasa si no quiere cumplirlas?

Disidencias como ventanas de libertad

Mientras tanto, el movimiento LGBTIQ+ lleva décadas proponiendo formas alternativas de ser, de sentir y de vincularse. La disidencia sexual y de género no sólo cuestiona el binarismo masculino/femenino, sino que propone relaciones más horizontales, masculinidades cuidadoras, emocionalidades abiertas.

Muchos hombres cishetero están comenzando a encontrar en estas propuestas un lugar para reconciliarse consigo mismos, romper con las violencias heredadas y tejer redes más sanas de afecto.

En muchas ocasiones, la salud mental masculina se ve quebrada no sólo por no poder encajar en la heteronorma, sino por el temor constante a parecer alguien que no encaja. La homofobia también afecta a hombres heterosexuales que viven con el miedo permanente de parecer “menos hombres”, de ser leídos como “afeminados”, de no “actuar como se espera”.

Este terror, que se manifiesta en forma de bullying, autopoliciamiento, disociación corporal y emocional, revela una verdad incómoda: la homofobia y la misoginia no son odios aislados, sino mecanismos para sostener un sistema violento que daña a todos.

¿Y si construimos otros vínculos?

Frente a esta realidad, diferentes colectivas, terapeutas y grupos de hombres están impulsando nuevos caminos: talleres de nuevas masculinidades, círculos de escucha, programas educativos con perspectiva de género, espacios de crianza igualitaria. Pero el cambio no puede depender sólo de acciones individuales. Es necesaria una transformación estructural: en los medios, en la escuela, en las leyes, en la cultura.

Romper con la heteronormatividad no significa “atacar a la familia” o “eliminar lo masculino”, sino abrir espacios para la diversidad, la vulnerabilidad, el cuidado, la libertad de ser. Es reconocer que la salud mental, de todos y todas, depende también de qué tan libres nos sentimos para habitar nuestros cuerpos, nuestras emociones y nuestros vínculos sin miedo, sin vergüenza, sin castigo.

Porque si 8 mil personas al año mueren por suicidio, y 80% de ellas son hombres, la pregunta ya no es si la heteronorma daña, sino cuánto más vamos a tardar en dejar de fingir que no lo hace.

Ángel Rivera

Estudiante la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Autónoma de Querétaro. Reportero del Tribuna diario y semanario desde enero de 2024.

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