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Interculturalidad, derechos humanos, desarrollo sutentable, ecología y educación

Por: Mario Bladimir Monroy Gómez

Mientras los gobiernos celebran el “Día Internacional de los Pueblos Indígenas”, cerca de 370 millones de personas, pertenecientes a estos pueblos originarios, han perdido o están en riesgo de perder sus tierras, territorios  o recursos naturales debido a la inequitativa e injusta explotación por parte de empresas transnacionales en nombre del desarrollo.

Pero, ¿quién se beneficia realmente de este denominado progreso y a qué costo se lleva a cabo?

En la actualidad  los pueblos indígenas sostienen una batalla muy desigual por los poderes tan fuertes a los que se enfrentan en el nuevo capitalismo que en el marco de la globalización son las transnacionales relacionadas con el capitalismo financiero pero sin control de los estados, lo que hace más difícil la lucha política.

Sus luchas son muy concretas: por la defensa de su territorio, contra la destrucción del medio ambiente y contra el despojo, pero esto no habría que cometer el error de interpretarlo solamente como una reacción, se trata también, al mismo tiempo, de la defensa y afirmación de un proyecto estratégico a largo plazo que tiene mucho de derechos humanos y ecología.

La importancia de reconocer y respetar la identidad cultural de los pueblos originarios radica en el hecho de que esos territorios son su principal medio de subsistencia. Bosques, selvas, montañas, montes, desiertos, fuentes y ríos se consideran como un todo, a la vez natural y sobrenatural, material e inmaterial.

Las poblaciones indígenas viven en algunas de las áreas con mayor diversidad biológica del mundo y por lo mismo, han acumulado un gran conocimiento acerca de estos entornos por lo que pueden y deben desempeñar un papel crucial en el esfuerzo global para responder al cambio climático.

Las luchas de los pueblos indígenas latinoamericanos colocaron entre los primeros puntos de la agenda los temas de la dignidad, la justicia y la democracia y sobre todo una estrategia de comunicación política que impactó al mundo globalizado.

En el mensaje que pronunció la comandanta Esther del EZLN en el Congreso de la Unión el 28 de marzo de 2001: “Somos iguales pero diferentes”, fue un discurso que para el movimiento zapatista sería como el “Tengo un sueño” que pronunciara en Washington el 28 de agosto de 1963, el luchador por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, Martin Luther King, nos lo recuerda el sociólogo francés Yvon Le Bot.

La situación de los pueblos indígenas en México

En México habitan 15.7 millones de personas que se autodefinen como indígenas, 9.1 millones de estos no habla lengua indígena alguna, mientras que 6.6 millones mantienen vivas 68 lenguas con más de 364 variantes. El 72 por ciento de las comunidades indígenas no tiene acceso a servicios de salud y sólo 1.5 por ciento del gasto programable se destina a su atención. En Batopilas, Chih., está la comunidad indígena con más bajo índice de Desarrollo Humano del país, el cual se encuentra por debajo de Nigeria. El 80% de los indígenas percibe un ingreso inferior a la línea de bienestar y sólo el 3.2% se ubica en la franja de la población no pobre y no vulnerable.

En cuanto a lo que educación se refiere, según datos de CONEVAL e INEGI:

la tasa de analfabetismo es tres veces más alta que la media nacional.

·         10 de cada 100 indígenas estudió primaria

·         7 de cada 100 tiene secundaria.

·         5 de cada 100, cuenta con bachillerato.

·      Solamente 2 ó 3 de cada 100 indígenas cuentan con estudios universitarios. Ni siquiera se cuenta con un estudio serio que ubique con precisión las cifras.

Tenemos que entender que si la lengua, la cultura, el territorio y la autonomía se debilitan o se pierden, hay una parte de la sociedad que muere.

La Interculturalidad

Es a partir de 1992 que nuestro país se define constitucionalmente como un país pluricultural, con fundamento en sus pueblos originarios. Pero lo pluricultural es un concepto descriptivo que lo único que nos dice es que en nuestro país conviven diferentes grupos culturales. Esto está muy bien, pero no indica nada acerca de la relación entre estas culturas, sobre todo entre la cultura dominante y las demás. Y entonces, un país puede ser pluricultural y al mismo tiempo ser racista, discriminador, como de hecho es el nuestro.

La interculturalidad abre la posibilidad para que las relaciones entre las culturas y sobre todo en relación a la cultura dominante sean diferentes, basadas en el respeto, en plano de igualdad, y que sean mutuamente enriquecedoras tanto para las personas como para las culturas que entran en relación.

El filósofo Enrique Dussel nos plantea que nos tenemos que descolonizar, lo que el pedagogo brasileño Paulo Freire concretaba con la frase: “la verdad del opresor, radica en la conciencia del oprimido”. En este sentido tanto el opresor como el oprimido están colonizados y los dos se tendrían que descolonizar. La colonización es negar al otro. Ya Franz Fanon, en su célebre libro Los Condenados de la Tierra sostenía: “¿cómo quieres que crea en ti, si tú no crees en el Hombre que está en mi?” Necesitamos descolonizarnos para descubrirnos mutuamente como seres humanos constructores de nuestra biografía y de la historia de la humanidad. Descolonizar también quiere decir que tenemos que tomar conciencia de nuevo de los bienes comunes, de la común-unidad.

También descolonizar significa que las relaciones entre las diferentes culturas deben darse reconociendo y apreciando el valor de las otras y el aporte de estas otras culturas a la construcción de una nación intercultural.

Si entonces asumimos que somos interculturales la educación tiene que dejar de desplazar y destruir culturas y comenzar a fortalecerlas, a dinamizarlas. La educación intercultural tiene, entre otros objetivos, esta función, que es construir conocimientos sobre las lenguas y las culturas, que nos hacen diversos, en las regiones donde se encuentran.

Sostiene Dussel que la educación reinventada nos debe ayudar en la descolonización y la superación del pensamiento único, que tanto daño nos ha hecho, aprendiendo con las diversidades culturales y sacando provecho de las redes sociales. De este esfuerzo podrán nacer entre nosotros los primeros brotes de otro paradigma de civilización que tendrá como centralidad la vida, la humanidad y la Tierra, la que algunos llaman también civilización biocentrada.

En fin, una educación intercultural será mejor en la medida en que entienda la realidad en la que se inserta y contribuya a transformarla con mayor eficacia. Una educación intercultural será de mayor calidad en la medida en que forme a los profesionales que la sociedad necesita para edificar y animar comunidades equitativas y solidarias.

¿Sólo el conocimiento universitario y el que da la educación formal es completo? Afirmamos que es necesario pero no basta por sí mismo ¿Sólo el conocimiento de la experiencia y el transmitido de generación en generación es el completo? También afirmamos que es importante pero tampoco basta por sí mismo. Tenemos que construir espacios de educación intercultural a todos los niveles donde las dos maneras de conocimiento, de sabidurías, de saberes, se encuentren y dialoguen entre sí, para que se enriquezcan mutuamente.

La visión del capital como valor fundamental del pensamiento occidental generó enormes brechas entre ricos y pobres. Más allá de lograr “una mejor calidad de vida”, cual fuera la promesa de la modernidad, la humanidad avanza cada día más hacia la infelicidad, la soledad, la discriminación, la enfermedad, el hambre y la violencia… Y, más allá de lo humano, hacia la destrucción de la Madre Tierra. Se trata de una crisis de vida.

Nos dice el pensador brasileño Frei Betto: “es hora de preguntarse cuál será el paradigma de la posmodernidad. ¿Mercado o «globalización de la solidaridad”?”

Ante estas constataciones, desde las diferentes comunidades de los pueblos originarios surge como respuesta y propuesta “la cultura de la vida”, que corresponde al paradigma ya no individualista sino comunitario, el cual llama a reconstituir la visión de comunidad (común-unidad) de las culturas ancestrales, el horizonte del vivir bien o buen vivir y para ello, no solo se debe replantear la estructura y modelo económico sino reconstituir la cosmovisión de la cultura de la vida, lo que implica una nueva relación entre todos los seres vivos que habitamos, soñamos, sufrimos y gozamos cobijados por la Naturaleza o la Madre Tierra.

En síntesis, de la conjunción de todos estos elementos: de la crisis de vida producida por el neoliberalismo; de las luchas indígenas y campesinas por la defensa de su autonomía, territorio y dignidad, donde se va tomando conciencia del papel que jugaron los pueblos originarios a partir no de la conquista, verdad del colonizador, sino de su aportación milenaria al desarrollo del conocimiento humano; del surgimiento de los mercados alternativos basados en la solidaridad; en la toma de una conciencia ambiental tanto para producir como para consumir, y del surgimiento de una economía y una cultura para la vida, se va construyendo un nuevo paradigma en el que se encuentran contenidas novedosas prácticas alternativas, todas ellas elementos para la construcción de un nuevo modelo societal.

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