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Un menhir de obsidiana para Warpola

El recuerdo más antiguo que tengo de Horacio es uno en el que él me habla de Generación X. Me cuenta de un personaje obsesionado con las catástrofes nucleares. Es ese mismo Horacio al que le entusiasma imaginar futuros distópicos y hongos filiformes. Estamos en el Italian de Plaza de Armas, esperando a Antonio, y hemos bebido tres o cuatro tazas de café. A cada rato, la plática se interrumpe porque alguien se acerca a saludar a Horacio. Katy, Amaro, Osvaldo, el Cure o los Volarianos. Yo soy un adolescente de diecisiete y Horacio un muchacho de veintiuno. Así, sin aviso, parece que encontré un hermano mayor. Y ese hermano me habla de la generación MTV, de los Sugarcubes y de Bukowski, me muestra un tatuaje minúsculo debajo de la cadera y luego pregunta: “de aquí a dónde o qué”.

Otra noche vamos a bordo de Miguel Ángel, el topaz turquesa que Horacio conducía por aquellos años. En las bocinas suena Placebo y vamos rumbo al Blockbuster de Avenida Los Arcos. Lo escucho hablar de La Cosa de John Carpenter, de Videodrome, de body horror y de películas ochenteras. Puedo verlo gozar y repetir ese adjetivo: ochentero, ochentero, ochentero. Qué bien la pasaba con ese hermano que me compartía las cosas más extrañas y perturbadoras. Videos de Chris Cunningham, películas de Lynch, música de Squarepusher, Autechre y Aphex Twin. Escenas de los Simpsons, poemas de Vallejo y cuentos de Cortázar.

Junto a Horacio la ciudad se expandía y ampliaba sus dimensiones; tarde o temprano uno se contagiaba y se volvía adicto a ese vértigo superlativo, porque con él todo era bellísimo, hermosísimo, chingonsísimo, poderosísimo, intensísimo, tristísimo, cabronsísimo, recio, jodidísimo, brutal, maravilloso y terrible. Uno no leía poemas, sino poemazos; las canciones eran siempre rolotas y las cosas más simples eran lujazos, joyas y chuladas: la ciudad se llenaba cosas loquísimas y todo merecía ese gesto que lo hacía llevarse la mano a la cabeza como si no pudiera con tanto.

Difícilmente voy a olvidar su fobia a las arañas, la pasta que preparaba y su técnica para mezclar el tomate, su manera de suspirar o de sacar el aire después de encender un cigarro, el tic de sus piernas, su manera de apuntar con los dedos y de taparse los ojos con la mano, su risa de coyote y cómo lo doblaban las carcajadas, sus playeras (que eran también poemas), sus pines, chapas y mochilas y ese estilo tan suyo que parecía sacado de las novelas de Kiko Amat.

Me acuerdo cuando lo acompañé a tatuarse un verso de Viel Temperley, de la semana santa que pasamos en una alberquita inflable y de los bailes komandrovianos. De los desencuentros, los viajes (físicos y metafísicos) y de las tardes de cine experimental en Nicolás Campa. Lo veo bailar (más bien brincotear) en un bar de Malasaña, sentado en las playas de Masunte, asombrado con la energía de un nadador gallardo y quejándose de los piquetes de las pulgas. Lo veo en un figón chino de Avenida Zaragoza y lo escucho decir “me encanta”, “no mames”, “seguro viejo” y casi puedo sentir cómo se emociona al hablar de proyectos, proyectos y más proyectos. De una cueva para su tecnomineralia, de una expo sobre Ciudad Hermes, de un performance con la Sqnx, de un festival de poesía en Bahía Blanca, de fanzines, plaquetas, revistas, antologías, bots y lecturas en azoteas.

ada tanto me compartía sus sueños en audios de WhatsApp. Recuerdo también un Halloween dosmilero en el que se disfrazó de personaje de Wes Anderson y una tarde que pasamos juntos mirando a las palomas de Ámsterdam bajo los efectos de un pastelillo muy curioso. Por Horacio conocí a Jaime, a Jorge, a Yudi, a Gabriel, a Daf, a Salvador, a Coatl y a Cathy, y así podría seguir largo rato, porque Horacio era puente, puerta, llave, refugio y corazón. “Cáele a la casa”, decía. Al Cimatario, a Villa Oporto, al Valle del Cacomixtle, a Nicolás Campa, al andador Jesús García, a su terraza tropical, a la CCC o a su balcón barroco junto al templo del Carmen, sobre la librería El Alquimista, un lugar muy apropiado para un magíster.

Gracias a Horacio, la vida es hoy más hermosa, misteriosísima, y tan singular es su algoritmo que podemos reunirnos y entender enseguida qué es eso de lo warpoliano, tener la sensación de entrar a un universo de neones, glitches y músicas epilépticas; de gatos, minerales, amuletos, drones, libros de espiritismo y postinternet. Hoy sé que él hablaba de rocas, bacterias, hongos y microorganismos, porque ahí donde se pudre y se transforma la materia, él encontraba alas para elevarse. Y así como volaba alto volvía a la tierra: un Ícaro obstinado que insistía en sujetar el sol con las manos, como esa madrugada en un hostal de Oaxaca en la que al intentar aflojar un foco caliente con una toalla húmeda cayó de sentón al piso. Warpola, siempre entre la fuerza gravitatoria del centro y el ultra-éter.

Poeta y rompe pistas, mago que se zambulló a la vida sin reservas. Nos dejas, entre muchas otras cosas, un cofre de fotositos metalmetonímbricos, iridiscencias programadas, nébulas tecnochamánicas y un álbum de paisajes solar punk. Una red viva de gente que te quiere y te lleva bien dentro en el corazón. Hoy, desde este rincón del planeta, entre las calles que te vieron crecer y tejer un mundo propio, celebramos tu vida y agradecemos cada momento que compartimos a tu lado. Querido Warp, gracias por tanto. Que tu espíritu siga navegando la hipercosmia. Acá nos dejas vibrando, extrañándote, glitchados por todo lo que nos diste y nos sigues dando.

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