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Iturbide: De cazador de insurgentes a consumador de la Independencia

Ni el 15 ni el 16 de septiembre. México lleva apenas 200 años de vida independiente, pues la fecha 27 de septiembre de 1821 es el inicio de tal periodo, el día en que el Ejército Trigarante, comandado por Agustín de Iturbide, llegó a la Ciudad de México.

Septiembre mantiene la línea polémica de las 2 actas de nacimiento, por una parte, el 15-16 de 1810, representado por Miguel Hidalgo, y el 27 de 1821, liderado por Agustín de Iturbide. El militar y político fue asesinado dos veces: una física, el 19 de julio de 1824, y otra de forma simbólica en la historia nacional.

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arregui Aramburu Carrillo y Villaseñor, dedicó su carrera militar a perseguir arduamente a los insurgentes, sin embargo, al ser criollo: hombre de dos patrias y prioridad de ninguna, estuvo por cinco años planeando una estrategia que le permitiese consolidar la independencia a través de la unión y el arte político de negociar y conciliar.

En 1810 el cura Miguel Hidalgo le ofreció a Iturbide un alto mando en sus tropas, sin embargo, Agustín la rechazó por no estar de acuerdo con los actos insurgentes. “La propuesta era seductora para un joven sin experiencia y en edad de ambicionar, la desprecié, sin embargo, porque me persuadí de que los planes del cura estaban mal concebidos; no podían producir más que desorden, sangre, destrucción y sin que el objeto que se proponía llegara jamás a verificarse. El tiempo demostró la certeza de mis predicciones” se lee en Manifiesto al mundo, del propio Iturbide.

1820, la oportunidad llega a Iturbide

Con la instauración de la Constitución de Cádiz, en 1820, el rey había dejado de ser la máxima autoridad, por lo que, en Nueva España, surgió un nuevo grupo de conspiradores en la Iglesia de la Profesa, quienes rechazaban la validez del documento español al haber forzado a Fernando VII a jurarla.

Según la historiadora Cecilia Landa Fonseca, en realidad, acordaron la separación de España con el fin de evitar que las leyes liberales se aplicaran en el territorio americano, pero guardarían la fidelidad a algún soberano que viniera a gobernar. La fidelidad a la Corona española se agotó al ver disminuida la riqueza; la protección de intereses económicos y posición social serían un hecho únicamente a través de la independencia.

Sin embargo, se necesitaba de un hombre a quien confiar el plan para ejecutarlo; un hombre de armas e influencia; conocido tanto en el ejército como en la corte, con soldados, audaz y eficaz: Agustín de Iturbide. Los representantes de la Profesa, al ser personas distinguidas, convencieron al virrey Apodaca a ceder la tarea de combatir al sur a don Agustín. Fue enviado para enfrentar a las fuerzas insurgentes de Guerrero, pero tenía algo mejor que un ejército: un plan.

Gracias al intercambio de correspondencia con Vicente Guerrero, el viejo ejército insurgente se une a las tropas de Iturbide, junto al ejército realista que desertó de las filas reales de España para pactar la Independencia sobre bases completamente distintas a lo que se gestaron en 1810.

Una vez establecida la alianza entre ambos líderes, Iturbide se dedicó a redactar de su puño y letra su proyecto de nación: el Plan de Iguala, este fue considerado como el documento más complejo de su época. Tenía tres objetivos principales (o garantías): definir la religión católica como única en el territorio mexicano; independencia de la Corona española e igualdad.

Con su publicación el 24 de febrero de 1821, logró pactar y negociar con España (monarquía), con las clases políticas/económicas (darles estabilidad), con los insurgentes (libertad, abolición del sistema de castas), con los liberales (tener un congreso representativo), con los católicos (supremacía de la Iglesia). Al único al que no le gustó el documento fue al virrey, quien ofreció amnistía a cambio de combatir a Iturbide y sus hombres (el Ejército Trigarante), sin embargo, fueron muy pocos los que aceptaron, y los caudillos más reconocidos –como Nicolás Bravo y Antonio López de Santa Anna– ya se habían afiliado al Plan de Iguala.

Para el 24 de agosto –explicó Fernando Rocha Balderas, durante una conferencia para el Centro de las Artes de Querétaro – ya se estaba firmando el acuerdo entre el representante novohispano y el español: Juan O´ Donojú, quien se percató que no podía evitar la independencia. Sólo le quedaba ceder sin renunciar al orgullo español, por lo que hizo especial énfasis en que el nuevo país sería gobernado por un soberano de la casa de los Borbón.

Entrada triunfal

27 de septiembre de 1821: el sol brilla por todo lo alto, los ricos que antes habían sido enemigos de la causa independentista ahora llegaban con trajes para el ejército de Iturbide en Tacubaya. La paradoja mexicana radica en que la Independencia no fue hecha por aquellos que pelearon desde 1810, sino por quienes la combatieron durante 11 años.

Esa mañana de 1821 –también cumpleaños número 38 del libertador–, la ciudad se vestía de los nuevos colores nacionales: verde (independencia), blanco (religión) y rojo (unión), se buscó representar la nueva nación con el viejo legado del imperio mexica.

Todo era amor patrio: se integraron los símbolos que le darían identidad al nuevo país, las mujeres vestían prendas de seda color verde, blanco y rojo; la Ciudad de México vivía el éxtasis del patriotismo, incluso los hombres solteros planeaban contraer matrimonio rápidamente para poblar el norte del país. Iturbide vistió de civil, con pantalones claros, un abrigo negro de terciopelo, sus mejores botas de montar y una camisa blanca de algodón.

El desfile inició con 16 mil hombres (8 mil a pie y 8 mil a caballo), desde Tacubaya, seguido de su Estado mayor, hubo un peculiar acto por parte de Iturbide que en lugar de pasar por la avenida Madero (San Francisco), se desvió a la calle 16 de septiembre para saludar a María Ignacia Rodríguez de Velasco, la ‘Güera’ Rodríguez, quien un día anterior le había regalado un sombrero alargado con un leve penacho de plumas tricolores. Al pasar por la calle de la Profesa, Iturbide saludó a la mujer en el balcón al hacer una reverencia quitándose el sombrero, incluso le da una de las plumas que llevaba su penacho.

De acuerdo con Rocha Balderas, la ruta original era que el ejército desfilara por el Paseo Nuevo, llegara a la actual calle de Pedro de Alvarado que se convierte en Tacuba y llegar por la parte trasera de la Catedral, debido a que cada 13 de agosto se hacía el Paseo del Pendón como conmemoración a la caída de Tenochtitlán. Por esta calzada salieron los españoles en la llamada “noche triste”, por ello se eligió el recorrido para honrar el 13 de agosto. Sin embargo, Iturbide siguió otra ruta.

Al llegar a la calle de San Francisco, desembocaron a la Plaza Mayor para después pasar frente al Palacio Virreinal. El entonces alcalde, José Ignacio Ormadea, hizo entrega de las llaves de oro de la ciudad al Primer Jefe del Ejército. En el balcón del Real Palacio se encontraba Juan O´ Donojú aplaudiendo, las calles repletas de personas; en la catedral, la dulce música de la orquesta envolvía el momento con las notas del órgano que resonaron en cada rincón para dar gracias a Dios por el nacimiento de México con la muerte de Nueva España. Los rayos dorados dieron vida a una nueva nación, una nueva identidad, un nuevo brillo que iluminaba la paz y la buena voluntad para hacer funcionar el nuevo comienzo de una vida lejos del viejo régimen colonial y de los 11 años de guerra civil. Se habían terminado los odios y resentimientos, no había realistas ni insurgentes, ni negros ni mulatos, todos eran parte de una misma nación, todos eran México.

La tarde del 28 de septiembre, el cielo se hundió en el horizonte que iluminó a la Ciudad de México para redactar el acta de nacimiento del Imperio Mexicano –no hay un acta original, ya que se firmaron entre 20 y 25 por distintas diputaciones (la de la Ciudad de México se encuentra en Chapultepec)–. Fue firmada por 35 hombres, y el primero de ellos fue Agustín de Iturbide.

El legado

En 1925, pese al traslado de los restos de Hidalgo, Matamoros, Mina, Bravo y Guerrero a la Columna de la Independencia, el presidente Plutarco Elías Calles le confesó a un periodista que los restos de Iturbide se quedarían donde siempre habían estado desde 1838: la Catedral Metropolitana: “dejemos que permanezca con aquellos a quien pertenece”, el acérrimo enemigo del gobierno de Calles: la Iglesia.

Mientras que en Querétaro, el Teatro de la República donde fue firmada la constitución de 1917, llevó por nombre “Teatro Iturbide” entre 1852-1922, que de acuerdo al doctor en Historia, Francisco Meyer Cosío, respondió a los intereses nacionalistas surgidos durante la Revolución mexicana que retomaron la figura de Miguel Hidalgo como estandarte de la historia que se contaría en los libros de la Secretaría de Educación Pública (SEP), lo que dejaba fuera de todo reconocimiento a Agustín de Iturbide.

El Manifiesto al mundo de Iturbide buscaba defenderse de las acusaciones públicas hacia su persona. Los papeles iban entre su faja y camisa, y al ser fusilado el manuscrito quedó teñido y firmado con sangre de Iturbide. “Mexicanos […] el mejor de vuestros amigos jamás desmereció el afecto y confianza que le prodigasteis; mi gratitud se acabará con mi asistencia. Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la patria, inspiradles amor al primer jefe del Ejército Trigarante; y si los hijos míos necesitan alguna vez de vuestra protección, acordaos que su padre empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fueseis dichosos. Recibid el último adiós, sed felices” escribió en 1824.

Dafne Azuby Arreola Santana

Estudiante de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Parte del equipo de Verificado Tribuna durante las elecciones 2021 y reportera de Tribuna Diario desde agosto de 2021.

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