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La cara desconocida de los niños queretanos

Los niños indígenas en vez de jugar, trabajan.

Hortensia es una tímida niña de 9 años, que vaga por las calles de la ciudad rogándole a la gente:

¿Me compra una carpetita? ¡mi mamá las teje y yo le ayudo a venderlas!

Apenas se puede observar su cara sucia por el polvo, mientras sus ojos esquivan las miradas de los jóvenes que sólo le señalan los bolsillos vacíos. Su familia vive en Amealco, es la menor de seis hermanos y cada fin de semana viene a la ciudad de Querétaro, en compañía de su abuela, para vender artesanías en el Centro Histórico; por esa razón ha descuidado la escuela.

Pero Hortensia sólo es un caso, los juicios contenciosos y voluntarios que se promovieron en el mes de marzo (cifra semejante a meses anteriores), por la omisión de cuidados a menores fueron 20; pero éstos sólo fueron los que se tramitaron por la vía legal, mientras que los que se atendieron sin llegar a la vía legal fueron 500 casos, lo que implica que anualmente se atienden, en promedio, 6 mil casos.

De acuerdo a la estadística de 1996 que maneja el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGD), existen en Querétaro 474 mil 748 menores de 14 años, cifra que equivale al 34 por ciento de la población total.

Dentro de las principales problemáticas que enfrenta la niñez queretana, se encuentra la tipificada como Delito de Omisión de Cuidados, asegura el abogado Raúl Franco, Procurador de la Defensa al Menor del Voluntariado Estatal de Desarrollo Integral para la Familia (DIP). Éste delito se caracteriza por no proporcionar al menor los elementos necesarios para vivir, lo que implica la falta de alimento, descuido de los niños y en ocasiones extremas el abandono, delito del cual son responsables los padres de familia. El DIF intenta solucionar este tipo de problemas mediante la asistencia social antes de llevarlos a una vía legal, con lo cual se proporciona atención al menor y asesoría familiar para disminuir el grado de descuido y mala alimentación en el niño. Sin embargo, cuando ya se han agotado las medidas de asistencia se recurre a la autoridad competente, la cual se encarga de aplicar sanciones de acuerdo con los artículos 120 y 144 del Código Penal del Estado, el primero refiere establece que, a aquella persona que no proporcione los recursos indispensables de subsistencia (alimento y sustento) a los menores, de los cuales es responsable, se le sancionará con una pena de 3 meses a cinco años; mientras que en materia de abandono de un menor, teniendo la obligación, de atenderlo se le sancionará con una pena de cárcel que va de los 3 meses a los tres años.

Otra problemática que atiende este tipo de instituciones es el Maltrato del Menor, delito que implica la agresión física y psicológica del infante. Este tipo de agresión es ejercida en su mayoría por los padres o tutores, el maltrato tiene su origen en la desintegración familiar, el alcoholismo, la ignorancia y la enfermedad mental del agresor.

De acuerdo a la Comisión Estatal de Derechos Humanos este es un delito que presenta con mucha frecuencia, ya que se estima un caso por día, los cuales se canalizan a las autoridades pertinentes.

Sin embargo, esta problemática no sólo se presenta en las familias de clase baja. Lo que sucede es que, en su mayoría, los casos que se conocen son detectados por las instituciones de salud pública, las cuales en coordinación con las instancias de asistencia social reportan los casos; en tanto que, los abusos que se presentan en las clases altas no son reportados, debido a que los menores son enviados a instituciones de salud privadas, en las cuales los agresores pueden ocultar las circunstancias de abusos mediante mentiras o sobornos.

Las estadísticas que maneja el DIF consignan 10 niños remitidos, por agresión, por parte de las autoridades policiacas o administrativas durante el mes de marzo, además de que se presentaron los casos de 30 niños en estado de abandono o maltrato. Esto puede compararse con la estadística de 1996, proporcionada por el DIF, en la que se consignaron 316 denuncias de maltratos a niños, de las cuales se comprobó la existencia de maltrato en 180 casos; dentro de los cuales el delito más común se refirió al maltrato pasivo (omisión de cuidados), mientras que la agresión física y emocional, se demostró en un nivel menor.

El problema de los niños de la calle se refleja en las grandes avenidas de nuestra ciudad, ya que se observan diariamente un gran número de niños que se dedican a limpiar parabrisas y a realizar acrobacias, entre otras cosas. Esta explotación se integra en el delito llamado corrupción de menores, puesto que, en la mayoría de las ocasiones, los padres son los principales explotadores del niño; e incluso se ha estimado que, a través de estos niños, los padres perciben diariamente 60 o 70 pesos, un ingreso importante dentro de la economía familiar. El licenciado Franco aduce que este tipo de casos ha provocado un cambio de mentalidad en el menor, pues para allegarse recursos, en ocasiones, los menores inventan historias fuera de la realidad. El procurador de la defensa del menor, asegura que “la solución no es dar la moneda que piden, sino brindarles una asistencia social. En torno a este tema el DIF, mediante el programa de asistencia al menor en circunstancias especialmente difíciles, se encarga de atender la problemática de los niños de la calle”.

Los niños indígenas no viven para reír

Sin embargo, dentro de este cuadro general de desatención, abandono y maltrato de los niños, la situación de los niños indígenas ocupa uno de los capítulos más oscuros de nuestra cultura. En el estado de Querétaro se estima que existen aproximadamente 64 mil 161 niños indígenas. Muchos de estos niños emigran, junto con sus padres, de sus comunidades, porque en ellas no encuentran las posibilidades para llevar una vida digna. Los niños indígenas han sido víctimas por más de 500 años de marginación y pobreza extrema en México. Durante este periodo se les ha negado una identidad dentro de su propia tierra, y se les ha tratado como extraños en su propio país. En estos 500 años de injusticias y promesas sin cumplir, se les ha arrebatado la tierra de sus padres, sus lugares de juego, sus cosas, y valores tan cotidianos como su comida, su lengua y sus costumbres.

María Consuelo Mejía Piñeros y Sergio Sarmientos Silva, en su libro La lucha indígena: un reto a la ortodoxia reconoce que en la presidencia de Lázaro Cárdenas el movimiento indígena recobraba potencialidad, por lo que era necesario integrar a los indios mexicanizándolos; lo cual significaba quitarles su lengua, para imponerles el español.

En el libro Problemas étnicos y campesinos del Instituto Nacional Indigenista, Rodolfo Stavenhagen, menciona que desde 1949 se imparte educación a cientos de niños indígenas empleando profesores bilingües, los cuales castellanizan a los pequeños indígenas.

Los profesores, en sus primeras clases, emplean dialectos, pero en corto tiempo lo dejan al olvido y emplean solamente el español. No en todas las escuelas a las que asisten los niños indígenas se imparte este sistema porque en algunas, incluso, se prohíbe el uso de la lengua nativa y obligan a los niños a que rechacen su lengua materna. Actualmente en muy pocas escuelas se utiliza el método bicultural, el cual consiste en impartir al niño indígena una educación general con su propio idioma. En ocasiones, esas pocas que existen son vistas, por los propios indígenas, como una burla, porque en realidad son muy pocos los niños indígenas que llegan a cursar la secundaria, mucho menos la preparatoria, y ya no se diga la universidad; y en el caso de que llegaran a cursar la secundaria, no se les permitiría hablar su dialecto y mucho menos fomentar su cultura y costumbres. Por lo que podemos afirmar que en México al niño indígena se le niega una educación propia de su idiosincrasia, a la cual tiene derecho; mientras que, en el caso de aceptarla educación existente, debe renunciar a sus raíces y hablar solamente el español.

Los niños indígenas también son víctimas de la falta de alimento, consecuencia de los problemas agrarios, falta de trabajo y pobreza extrema en que viven sus familias. En las escuelas muchos niños indígenas se desmayan debido a su mala alimentación, baja en hierro, vitaminas, calcio y los nutrientes necesarios para su pleno desarrollo.

Los niños en las comunidades indígenas asumen, en todos los casos, el papel de ayudar a sus padres. En la ciudad no cambia esta situación, ya que los menores venden chicles, artesanías, e incluso, recurren a la mendicidad. En el campo se les ocupa para preparar la tierra y limpiar el terreno; durante el proceso de siembra se les usa para tirar la semilla; en la cosecha, por su agilidad, los infantes son de gran utilidad; ayudan a sus padres en la cría del ganado o de aves de corral; también ayudan en las tareas de la casa, como limpiar, acarrear agua, y cuidar a los niños más pequeños, entre otras actividades. La mayoría de estos niños no estudian porque su actividad se los impide, además representan una ayuda significativa dentro del sistema de vida que lleva la familia indígena.

La cara desconocida de los niños se puede mirar cuando no se respetan sus derechos, a la provisión, protección y participación, los cuales garantizan su educación, cultura, salud y recreación.

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