La casa donde los recuerdos vencen a los fantasmas

A 25 años de su apertura como museo, la Casa de la Zacatecana fue escenario de un conversatorio en el que se reunieron voces que la han habitado, estudiado y recordado desde distintos momentos de su historia.
Entre las voces participantes, destacó la de María Pueblito Sánchez Luna, quien habitó la casa durante su infancia en la década de 1940, cuando el lugar aún era una vivienda particular; tenía cinco años cuando se quedaba ahí por días enteros, cuidando una vitrina de dulces, jugando con una muñeca prestada. “Me sentaban ahí en la puerta para que cuidara. Y cuando alguien quería comprar dulces, yo gritaba: Madrina, quieren dulces”, recordó.
En ese entonces, la casa era habitada por las hermanas Guerrero, quienes ocupaban principalmente la planta baja; la parte superior permanecía cerrada, en silencio, pero para una niña, sin embargo, el silencio también podía ser inquietante.
“Cada que pasaba aquí tocaban arriba… yo no sabía que era un piano…Mi madrina me decía: ‘aquí no hay nadie’”, relató. “Había un cuarto oscuro… yo sentía que alguien me estaba viendo… y yo decía: ‘Ay, yo no quiero ver, yo no quiero ver’”. Sus palabras, advirtió Sánchez Luna, no buscan explicar, sino recordar, son fragmentos de una mirada infantil que se preservan a través del tiempo.
Décadas después, al regresar, el lugar ya no era el mismo, afirmó María Pueblito; la casa había sido convertida en museo y estaba asociada a la leyenda de “La Zacatecana”, una historia popular del estado de Querétaro.
“Me dijeron ‘vamos’, y les pregunté ‘¿a dónde?’. Me dijeron que a la Zacatecana y cuando llegamos les digo: ‘pues si yo viví aquí’”, narró María Pueblito al visitar la casa por primera vez desde su infancia. “Conozco de lo que me han contado de que la Zacatecana y todo eso, hasta ahora se, si no ni me venía para acá”, contó entre risas al preguntársele si sabía sobre la leyenda emblemática de la casona cuando era una niña.
Del recuerdo personal al patrimonio queretano
Frente a esta memoria, la investigadora Andrea Barrón, complementó el testimonio al presentar durante el conversatorio una reconstrucción histórica del inmueble. Explicó que el primer vínculo documentado entre la casa y la leyenda aparece en 1856, en un registro criminal que menciona un hecho ocurrido “casi frente al alto de la Zacatecana”, en referencia a una vivienda de dos niveles en la calle de Flor Alta; años más tarde, el hallazgo de dos osamentas dentro del inmueble terminó por consolidar la historia que con el tiempo se popularizó.
Más allá de la narrativa popular, Barrón destacó que la casa también tuvo relevancia en la historia nacional, puesto que, en una de sus habitaciones se redactó el juicio contra Maximiliano de Habsburgo en 1867, cuando el inmueble funcionaba parcialmente como notaría, dejando así una huella en uno de los episodios más significativos del país.
Ya en los años 2000, la casa volvió a transformarse, esta vez en un hogar; Antonio Loyola, quien habitó el lugar a partir desde niño, recordó una casa habitada por el ruido, la risa y el movimiento constante. “Si aquí había algún fantasma, salió corriendo”, comentó. “Imagínense, siete niños seguiditos… crecimos bastante salvajes”, manifestó.
Lejos de los relatos de apariciones, la memoria de Loyola está marcada por la vida cotidiana: juegos en la escalera, aventuras en el patio y reuniones con amigos en los cuartos de estudio. “Fue una fortuna haber vivido en esta casa”, afirmó.
La transición de vivienda a museo se asentó en el año 2001 con la apertura del recinto al público de la casona; desde entonces, la Casa de la Zacatecana se ha consolidado como un espacio cultural que resguarda tanto piezas artísticas cedidas a este espacio, como una de las leyendas más conocidas de Querétaro.



