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La ciudad epiléptica

La violencia carcome al país, invade uno a uno los estados y cuando menos se piensa, los que se creían más seguros comienzan a colapsar

Por: Juan José Patiño Martínez

Foto: Víctor Pernalete

La ciudad en el siglo XX y con más intensidad en el siglo XXI, representa el seno de la inseguridad y de las amenazas. En la ciudad del presente, la incertidumbre se viste de rutina, nos acostumbramos a ella y con ella vivimos todos los días. La incertidumbre del empleo, de su salario, de los proyectos a largo plazo, de las expectativas de una familia, de no ser absorbidos por el terror de las guerras y la violencia, entre otras muchas que no acabaríamos de contar en esta página. Y todas esas pequeñas turbulencias emocionales se adaptan a la cotidianidad urbana y social, puesto que, ésta lo exige hoy más nunca.

 

La ciudad es también cartografía parcial de una global, en la que diario se trazan y se enciman renglones, a diario se escriben fragmentos de esa historia que sigue en producción, y que es la nuestra. Las ciudades actuales padecen de epilepsia idiopática, pues aunque existe una predisposición de origen genético –en esta metáfora histórica– a padecer las crisis, aun así no hay un episodio identificado como la causa raíz. Sin embargo, los genes (la historia que la compone local y nacional) juegan un papel de modulación en el riesgo de que exista otro episodio, así como en la reacción al tratamiento.

Así, las ciudades, como los enfermos de este tipo de epilepsia, deambulan la mayor parte del día sin algún síntoma de ansiedad o nerviosismo; cuando por fin la tranquilidad se instaló en sus mentes y cuerpos, y han olvidado lo impredecible de su condición, se presenta sin aviso y como descarga eléctrica una serie de convulsiones que cepillan todo su cuerpo. La mayoría de ciudades del mundo, las de México y hasta el 18 de septiembre con tal claridad la de Querétaro, han sufrido síntomas de su carga genética global.

Si vemos la cartografía del mundo desde la perspectiva del espacio, acercamos y acercamos la imagen hasta enfocar el país en el 18 de septiembre, se observarían distintos puntos en los que se muestran los ataques epilépticos de una nación enferma: en Michoacán la caída de un helicóptero de la PGJ-estatal, en Reynosa una explosión en el Centro Receptor de Gas y Condensados de Pemex, entre otros sucesos.

Ahora decidimos dirigir y acercar la imagen a la ciudad de Querétaro en esa misma fecha. Ya estamos lo bastante cerca para observar una serie de convulsiones y tiroteos en distintos puntos de la ciudad; en la colonia Candiles el más informado, pero también en las colonias de Lomas de Casablanca, Juriquilla y Milenio III, los cuales fueron informados en muchos medios. No obstante los ataques epilépticos más visibles acarrean una serie de convulsiones más pequeñas pero no menos importantes.

 

Un síntoma de la enfermedad

Alrededor de las ocho de la noche un revendedor de carros se dirige a una cita para una posible venta, después de haber sido localizado por el anuncio en Internet que éste había subido. Aparentemente se habían interesado por uno de los autos que ofrecía, se le citó en el Oxxo junto al boliche ubicado en Bernardo Quintana saliendo por 5 de Febrero hacia San Luis Potosí. Dentro de un Chevy 2001 blanco, hacia la tan buscada negociación, Gustavo Hernández Galván cuenta como presenció y sufrió una de estas convulsiones pequeñas:

–Cuando me llamó (el cliente) me dijo, “yo estoy en Santa Rosa, nada más que no sé llegar, llego como en media hora”, está bien le dije. Y ahí voy, pero le hablé a un cuate para no irme solo, porque ya habían pasado muchos desmadres ese día, entonces me fui por Bernardo (Quintana).

En este punto la narración, y en particular su voz y gestos, adoptaron una postura más seria y concentrada, se pone de pie y frente a los pocos que escuchábamos atentos mientras seguía hablando y dramatizando:

–Cuando llegué me estacioné frente al Oxxo, esperando y viendo qué carros llegaban y quién llegaba. Dentro del Oxxo había mucha gente entrando y saliendo. En eso llega una camioneta Windstar blanca con placas del Estado de México, que se estacionó dos cajones a lado mío, uno era el de discapacitados y el otro estaba ocupado. De la Windstar se baja un tipo de 1.85 más o menos, gordo, con casquete corto, prieto, con cadena a la cartera, camisa café, con un relojote, una esclava, pantalón de mezclilla negro, zapatos negros y Nextel en mano. Se baja y se viene por atrás de mi carro, mientras eso sucedía se bajan dos tipos como de 30 años los dos, se me quedan viendo y se meten al Oxxo. En eso, el primero ya rodeó el carro y justo cuando pasa junto a mí, dirige la mirada adentro del carro y camina despacio, pero no se mete al Oxxo, se queda en frente del carro, caminaba para allá y caminaba para acá, y yo lo estaba viendo, y él también me dirigía la mirada muy pesada, entonces agarra el Nextel haciendo como si hablara, pero no hablaba, nada más como que se lo levantaba pero no hablaba, en eso fue cuando le dije a mi cuate “esto no me gusta nada, ¡vámonos!”

El ritmo de la plática y de la intensidad de su voz comenzaba a acelerarse.

–Prendo el carro, y me hecho de reversa dando vuelta de forma que quedé del otro lado de la Windstar a dos cajones de ella, pero de frente a la carretera. Cuando me estoy estacionando le pierdo la vista a esos chavos, en eso, mi cuate me dice que ya habían salido los primeros dos y que el gordo les había hecho señas de cómo me había estacionado.

Mientras contaba esto, por los gestos que se desprendían de su cuerpo parecía estar de nuevo en el momento de lo sucedido, se le inquietaba la voz y la ansiedad dominaba sus brazos, dibujaba el volante y su brazo izquierdo sobre él, la otra mano encendiéndolo y tomando la palanca de velocidades imaginaria. Sin darse cuenta, él también caminaba para aquí y para allá. Entre ese despliegue de sensaciones y recuerdos continuó:

–Ahí volteé hacia la entrada del oxxo y veo a esos dos chavos caminando con paso rápido hacia mi carro por atrás, prendo el carro de nuevo, volteo y ya los tenía en la puerta parados, volteo de nuevo hacia el volante y me sale el gordo en frente, a mitad del carro con pistola en mano, pero nunca me la apuntó, sino que me la enseñó, se me quedó viendo, y en eso le dejé ir el carro de a poquito pero no se quitaba, yo aceleraba (¡Ruuun Ruuun!) y no se quitaba.

De nuevo dibujaba el volante en el aire y lo sostenía, mantenía la mirada al frente como viendo al sujeto aquel, en verdad aceleraba cuando lo platicaba y de vez en cuando devolvía algunas miradas a los que escuchábamos, como para regresar por una dosis de tranquilidad, siguió narrando y reviviendo entre suspiros agitados.

–Hasta que por fin le dejé ir el carro, y si no ha brincado para atrás le pongo en su madre, cuando ya lo paso, volteo para atrás huyendo, y él riéndose me siguió con la mirada en el retrovisor, sosteniendo la pistola en el aire, apuntándome y señalando como diciendo: te salvaste. Todo nervioso salí hecho la chingada y se me cierra un camión de pasajeros verde como para no dejarme pasar, lo esquivo, me paso los semáforos de pie de la cuesta y llego al módulo de policía.

En este momento de la narración, su voz y gestos regresaban de nuevo al ritmo tranquilo con el que lo saludé al reunirnos, la calma regresaba poco a poco, en su recuerdo, se alejaba del peligro, y en la narración, se alejaba de la angustia. Agregó para concluir:

–Me bajé y había dos patrullas, ¡luego, luego! les dije que me querían chingar y de volada hubo movilización. Me tomaron los datos y una oficial me dijo que si los agarraban estaría excelente puesto que a ésos les iban a aventar los veintitantos robos a mano armado de ese día, dos de los cuales habían acabado en balazos.

¿Será que la ciudad de Querétaro está empezando a sentir los síntomas de una enfermedad que pronto se manifestará en todo el país? ¿Será que recibirá el tratamiento adecuado?

Al parecer nos estamos enfermando cada vez más como país y el tratamiento no debiera ser la preocupación central, más que el doctor mismo, puesto que, él es inamovible

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