Información

La ciudad, vacia y triste, arrullada por sirenas duerme en una pila de escombros

Ciudad de México.- Es 19 de septiembre y la gente se levanta desconfiada, pero incrédula de que vuelva a pasar. Es un día normal. Excepto por el simulacro de las 11, todo continúa su curso. Una ciudad llena de vida desde antes del amanecer, así es la capital del país. Todo el mundo va alguna parte, todos tienen algo que hacer.

Tomo el desayuno y luego me meto a bañar. Es un día soleado; hace rato pasó el recolector de fierro viejo y me despertó.

Todo pinta tan bien. Ya mandé mi última escaleta de guion. La clase es a las cinco, pero debo ver a Iván en Coyoacán para hacer las fotografías de la práctica. Debo llegar a las 14:00 y son las 13:10, debo apurarme.

Mi pelo está todo enredado y trato de peinarme. Son las 13:11 cuando suena ‘Tormenta’ de Aleks Syntek en mi celular. Las notas inundan todo el cuarto, he abierto las cortinas y se han iluminado la cama, los muebles y las pocas cosas que tengo; en fin, un cuarto de estudiante foráneo. A la 13:12 he escuchado que la vecina le está gritando a su hija, que se le olvidó la toalla. En esta ciudad estamos más cerca de lo que uno quisiera.

Un minuto después trato de planchar mi pelo, aun mojado, aunque no lo logro. He visto mi imagen en el espejo, un tanto cansada por los desvelos en semana de evaluaciones. El espejo se ha movido, debo estar muy cansada no he ni comido. La vecina sigue gritando; el sonido de los estantes a mi espalda me confirma lo temido hace un segundo.

Las casas y los postes bailaron

Está temblando. Abro la puerta de mi habitación y corro; detrás de mí oigo el golpe seco de una maleta que cae del guardarropa. Llego a la puerta de la cocina y veo hacia el techo: todo se mueve, parece que el techo se viene encima.

Se siente como si desapareciera el suelo bajo tus pies, das un paso y no le aciertas al lugar correcto. Ya en el patio, veo que la escalera de metal se retuerce, supongo que no hay nadie en la casa, soy la única que ha salido. La puerta de la calle está a unos 30 pasos, camino pero todo se sacude, un movimiento brusco hace que me estrelle con la pared. Me sujeto de lo que puedo y sigo corriendo, alcanzo el pestillo de la puerta y me salgo, cierro la puerta tan fuerte como si detrás dejara el mundo que se mueve.

En la calle están todos los vecinos, veo en sus ojos un pavor puro. Las lágrimas se les salen sin pedir permiso y los gritos a mis espaldas me sacan del estado de ensoñación en que estaba; me arrojan en una realidad donde los postes de electricidad se balancean y las casas parece que rebotaran en una coreografía infinitamente coordinada. Vuelven los sonidos de la loza que truena, de las ventanas que se rompen, vuelven los gritos, el llanto y muy al fondo las alarmas que apenas se han encendido.

-¡¿Dios mío, qué está pasando?! – grita la vecina antes de desvanecerse. Su hija que estaba cerca la detiene y la pone en el suelo. Estoy a la mitad de la calle, no puedo moverme por mi voluntad, me muevo con todo lo demás. No sé qué hacer me he quedado inmóvil, viendo hacia las casas que poco a poco vuelven a su quietud normal.

La señora que se desmayó vuelve en sí después de unos segundos; junto con su hija la ayudo a levantarse. Las personas se dispersan, todos buscando su teléfono, preguntando si sus niños ya salieron de la escuela. Son las 13:15, fueron dos minutos, pero parecieron mucho más.

Después de pedirle las llaves a mi vecina, que por causalidad guarda su auto en el garaje de mi casa, regreso. Está todo ahí, como si no hubiera pasado nada. En la cocina encuentro los pedazos de algunos trastes, veo el techo pero no parece tener grietas. Entro a mi habitación para recoger la maleta caída y algunos frascos que terminaron rotos. Tomo mi celular. ‘Tormenta’ apenas está terminando. La voz de Aleks me confirma que no fue tanto tiempo el que tembló.

Entra una llamada. La primera y última: “-¿Estás bien?” pregunta. “-Si, luego te marco” digo sin saber qué debo hacer. Es la última voz conocida que escucho por varias horas. Después ya no hay señal de celular, no hay datos y no sé si internet porque el módem se apagó a falta de electricidad. Mi teléfono tiene 56 por ciento de carga.

Tomo mi mochila, meto mi carpeta de documentos, mi cámara, un suéter y una botella de agua. Recorro la casa y cierro las llaves de gas y agua. En el segundo piso hay un desastre; dos cuartos en construcción y todo está tirado: herramientas, maderas y cubetas se salieron de su lugar. No hay nadie aparte de mí, todo luce vacío y muy quieto.

Sólo una llamada

Conecto los auriculares de mi celular y enciendo la radio, cualquier estación. Para estos momentos las 13:20, ya deben de estar reportando algo. Habla un locutor, no saben dónde fue el epicentro y no saben cuál fue la intensidad, pero reportan que el metrobús se detuvo a falta de electricidad. Salgo de la casa, como intentando escapar para no estar sola.

Vuelvo al caos de la calle. Madres lloran porque sus hijos no les contestan, ya no pasan taxis y los camiones están detenidos; los choferes no saben qué hacer. Camino por la avenida, la gente está afuera, lo único que intentan es hacer una llamada.

Por los auriculares, que no me quito por tres horas, dicen que se estima una magnitud de entre seis y siete grados. Reportan que tembló en Morelos y también en Puebla. Piden a la ciudadanía que se tranquilice, que no hay línea telefónica y que intenten contactar a sus familiares por WhatsApp, ya que en algunas partes hay datos.

No he emitido sonido alguno desde que dije “sí, luego te marco”. Necesito comer algo, me cuesta respirar y apenas advierto que mi corazón está acelerado. Necesito azúcar antes de que se me baje la presión. Recorro toda la avenida y doblo en una esquina donde hay una fonda. La encargada sigue atendiendo, extrañamente continúa como si en su local no hubiera temblado. Entro y me acomodo en la mesa de la salida, temerosa de que tenga que alcanzar la calle de nuevo.

“¿Qué le traigo?, un bolillo pa’l susto güerita”, me dice la señora con una cara burlona. No pude ni esbozar una sonrisa. Pido un café y le vacío más azúcar de la que se puede mezclar. En la avenida de enfrente veo pasar varias patrullas y una ambulancia. Es lo único que se mueve. Los clientes del lugar sólo están sentados, la mayoría marca una y otra vez su teléfono y emiten palabras de frustración, pero nadie come.

Tomo el líquido de mi taza, ni siquiera advierto que está hirviendo. Mi mano está temblorosa y poco a poco siento el café entrar en mi estómago. Unos minutos después mi corazón se calma, vuelvo a respirar sin agitarme y mis manos han recuperado el color, todo bajo el efecto de la cafeína.

Por el auricular escucho que la escuela de Coapa se vino abajo, el edificio del Congreso se quedó sin ventanas y que Soriana de Taxqueña se derrumbó. Cambio de estación y la locutora dice que el presidente Peña está volando de regreso, ya que iba a Oaxaca y el temblor lo agarró en los aires.

La señora de la fonda me trae una sopa, pero dudo que pueda comer. Sólo me echo a andar por toda la avenida, esperando ver algo o simplemente que regrese la línea telefónica. Después de una hora de caminar y sólo ver que los autos no avanzan. La gente se mueve a pie, corren como si quisieran volar. Siento impotencia, no conozco a nadie, pero sí conozco el miedo y la desesperación que sienten.

Reconexión con el mundo

Son las 15:40 cuando voy de regreso a casa. Por alguna razón vuelvo por la misma avenida y la fonda sigue abierta. Entro y ordeno algo, pues debo de comer de una u otra forma. Regresa el internet y mi celular se atiborra de mensajes de todas las aplicaciones. Mis compañeros más cercanos están bien, preguntan si estoy bien y solo respondo “sí”.

Ya sabía que UNAM había desalojado a todos los estudiantes, lo escuché en la radio, pero me entero de que no han podido llegar a sus casas. Amigos están en el metro, algunas líneas dejaron de funcionar y otras dan servicio gratis. Un amigo quiere que me vaya a su casa para que no esté sola, pero ahora sólo quiero hablar con mi familia, deben estar pensando que algo me aplastó.

Termino de comer, sí eso fue. Regreso a casa, por la calle las personas siguen sin entrar a sus casas y platican de las últimas noticias. En el Centro se derrumbaron varios edificios, una casa en la colonia Juárez se cayó encima de toda una familia y unos albañiles que estaban cerca intentaban sacar a alguien. Por el auricular dicen que necesitan personas en la escuela de Coapa, es el colegio Enrique Rébsamen, donde no se sabe cuántos niños están bajo los escombros.

A las seis de la tarde ha vuelto la electricidad y la señal. Llamo a mi madre, quien se acaba de enterar y está nerviosa. No sé por qué me da por orquestar una despedida; pienso que si vuelve a temblar tal vez no quede nada. Me piden que vuelva a casa y digo “no” rotundamente; siento que todo el mundo me necesita y no sé a dónde ir primero.

El temblor fue de 7.1 grados en la escala de Richter, con epicentro en algún lugar de Puebla. Hay 29 edificios derrumbados según dice la voz de Miguel Ángel Mancera en la radio. Todavía no se habla de muertos, pero tampoco se niegan.

Ya casi en la noche, uno de mis compañeros de casa pasa para ver si quiero ir a las brigadas de apoyo. Nos alistamos como soldados del ejército, con botas, víveres y herramientas. Salimos pero a medio camino un compañero nos marca. Informa que en el Estadio Olímpico Universitario ya no cabe ni un alma. Decidimos regresar y salir al día siguiente en la brigada de las cinco de la mañana. Volvemos a casa impotentes y vemos la ciudad quieta como nunca.

He contestado tantos mensajes que ya no sé qué poner. Sólo que estoy bien y que fue el susto. Pero yo sé que fue más, me duele ver la destrucción, pensar que hay personas bajo los derrumbes, me duele más saber que hay familias que no tienen donde dormir y la noche está cayendo despiadada. Sólo lloro, no por mí, sino por toda la gente que hoy tiene de cama una pila de escombros.

¿Frida Sofía?

Por la mañana, mis compañeros se van a Xochimilco. Muchos pueblos se cayeron completos, como San Jerónimo, en el que no quedó nada y los medios de comunicación no lo están cubriendo. Yo decido ir al colegio Rébsamen; es terrible, toda un ala se vino abajo, hay tanta gente que no puedo ni acercarme. Hay tantas manos sin saber qué hacer, los topos trabajan sin descansar. Lo más molesto son los medios de comunicación que en lugar de ayudar entorpecen las labores, los helicópteros que sobrevuelan tratando de encontrar algún encuadre que venda la tragedia al resto del país.

Me dicen que han sacado muchos niños durante la noche, por desgracia más de 20 muertos. Me voy de ahí al no poder hacer nada, ni siquiera tomó fotografías por respeto a los familiares y también porque no creo poder disparar.

Me voy con una pregunta que más tarde tendría respuesta, ¿dónde están los padres de los niños que siguen ahí? Había familiares llorando, pero acababan de recibir malas noticias. Sin embargo no había nadie cerca que estuviera al tanto del rescate más sonado en los medios, la niña Frida Sofía con la que se tuvo contacto y a la que un perro de rescate intentaba alcanzar.

Me alejo del lugar, impotente de no hacer nada, al mediodía vuelvo a casa y me informo de algunos otros lugares. Supongo que lo que más se necesita son medicinas, voy a la farmacia y compro un poco de todo del material de curación. Regreso a División del Norte, pero esta vez me quedo en un centro de acopio.

No me registro ni nada, cuando me doy cuenta ya estoy empacando gasas y alcohol. Cada 10 minutos llegan camiones y camionetas que van a Puebla, a Morelos y que abastecen los albergues cercanos. Se cargan de despensa, agua, voluntarios y medicamentos, muchos medicamentos. Así como sale la ayuda, así llega. Bolsas y bolsas de víveres, se abren, se clasifican y se empaquetan. Hay muchas personas, todas concentradas en su labor, con un orden impuesto por no se sabe quién.

Paso toda la tarde ahí, sólo me doy cuenta del tiempo hasta que a eso de las 7 comienza a llover. Me pongo el impermeable de mi mochila. Todo el mundo corre para tapar los víveres, ya que el centro de acopio se improvisó en la banqueta de una alberca olímpica. No hay techo y la lluvia arrecia a cada segundo.

Después de que se cubre todo con lonas que no sé de donde salieron, tomo un descanso. La noche ha vuelto y sé por lo que escucho decir a los voluntarios de las camionetas, que en muchos puntos de la ciudad siguen personas atrapadas. La noche vuelve y con ella el miedo, la lluvia no ayuda, pero la solidaridad continúa.

Hasta ese momento logro sacar mi cámara, hago algunas transmisiones en vivo, no sé lo que espero, pero me ayudan como desahogo. Tomo imágenes de las cadenas humanas que lanzan cajas de ayuda en los camiones, de las señoras que llegan con comida caliente para los voluntarios, tomo fotos de la lluvia acompañando todo y de los rostros que guardan silencio cuando la mano de puño cerrado se eleva. “La ayuda está llegando” dice Eloy, el que trae el megáfono y el que al parecer ordena todo.

Arrullos de sirena

Vuelvo a casa. Las botas se han humedecido y el cansancio me está cobrando factura, pero me siento menos impotente que antes. Toda la ciudad luce vacía, arrullada por las sirenas que no se han callado desde que tembló. De vez en vez se alcanza a ver alguna esquina acordonada, más al fondo escombros y las luces de cientos de personas que siguen trabajando con la esperanza de encontrar a alguien vivo.

La ciudad que siempre está en movimiento, que se siente viva, ahora está débil, tristona. Dejó entrar a la muerte y la destrucción no quiere irse. Se siente que quiere llorar, tal vez sea todo ese llanto comprimido las gotas de lluvia que ahora empañan la ventana de mi taxi.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba