La espera se hizo costumbre

En algunas rancherías de San Juan del Río, tomar un transporte público se convirtió en una lucha al azar con el tiempo y con la espera, nunca sabes si pasará a tiempo o si habrá lugar o si de plano te tocará estar sosteniéndose de la puerta.
La vida aquí no gira alrededor de tus horarios, sino del capricho de un volante que quizá aparezca… o quizá no.
Para quienes estudian o trabajan fuera de su comunidad, depender de esos pocos camiones es una mezcla de esperanza y resignación. La rutina empieza antes del amanecer. No porque quieran madrugar, sino porque no hay otra opción. El primer camión, si pasa, casi siempre viene lleno. Y si no pasa, el siguiente puede tardar una hora o más. Ese tiempo perdido se traduce en retardos, descuentos, clases que se toman a medias, días que empiezan con culpa y cansancio. Es estar colgado de un hilo, uno que siempre se tensa del lado equivocado.
En muchas ocasiones, el transporte simplemente no existe ni en la madrugada ni por la noche. Los trabajadores de fábrica se organizan como pueden: se juntan con alguien que tenga carro o camioneta, negocian un “ride” andado y pagan entre 30 y 60 pesos por viaje. No es comodidad. Es sobrevivencia. Es pagar doble por un servicio que el gobierno presume tener “cubierto”.
Y cuando pasa el camión, muchas veces ya no hay lugar. Hay quienes prefieren ir agarrados de la puerta antes que perder el día entero por una falta. Aquí la seguridad es una apuesta que se pierde sin que nadie asuma responsabilidad.
La gente se levanta tres o cuatro horas antes de su hora de entrada. No porque sea exagerada, sino porque los horarios de transporte chocan con los de escuelas, fábricas y oficinas. Lo que debería ser un trayecto de minutos se convierte en un peregrinaje de incertidumbre. A veces es mejor llegar una hora antes y quedarte esperando afuera de tu trabajo que enfrentarse al horror del “¿y si no pasa?”.
He visto a personas caminar hasta la central para no pagar dos camiones. Caminan porque el sueldo no les alcanza, porque no existen descuentos para ellos. Y es una ironía cruel: en San Juan del Río sí hay tarjetas de QroBus con tarifa preferencial, pero para adultos mayores, estudiantes y trabajadores del sector público. Es decir, para quienes ya reciben sueldos arriba del promedio. Para quienes de verdad lo necesitan -los que viven en las comunidades rurales- no hay descuento, no hay apoyo, no hay nada. Caminan hasta la carretera, caminan hasta la central, caminan porque nadie planeó pensando en ellos.
Algunas empresas ofrecen transporte propio, pero rara vez llegan a las comunidades. Las consideran “lejanas”, “peligrosas” o “costosas”. Y así, cientos de trabajadores deben caminar media hora, cuarenta minutos o una hora para alcanzar ese camión que los llevará a un trabajo donde, paradójicamente, sí les exigirán puntualidad.
Mientras tanto, las autoridades presumen nuevas rutas,“ampliaciones” y “beneficios”. Pero las rutas 40 o 48 no llegan a las rancherías. Llegan a donde todo está iluminado, pavimentado y accesible. A donde conviene dar resultados. No a donde falta. No sé a dónde duele.
El transporte mejora donde sirve para el discurso, no donde sirve para la gente. Cada espera en la parada es un recordatorio de lo poco que importa nuestro tiempo. Vivir lejos del centro es vivir condenado a planear tu vida en torno a un camión que no fue diseñado para ti. Aquí no hablamos de movilidad: hablamos de dignidad rota en pedazos chiquitos y silenciosos. Nos dicen que esperemos. Que tengamos paciencia. Que “las rutas estáncreciendo”. Pero acá la espera dejó de ser una molestia. Se volvió costumbre. Y que te acostumbres a lo injusto es quizá la derrota más profunda que puede dejar un gobierno.
Porque cuando un pueblo aprende a organizar su vida alrededor de un camión que nunca llega, lo que se pierde no es el tiempo: es el futuro. Y lo más desgarrador es que, aun así, mañana volveremos a la parada… con la esperanza terca de que esta vez sí pase. Necesitamos que se escuche de quién nos vivimos esto todos los días que se planifique pensando en nosotros, los que madrugamos para estudiar trabajar y salir adelante porque nopedimos lujo, sólo que el transporte deje de ser una carrera de resistencia.



