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La infancia en México

 

Por José Rocha

En la mayoría de los países no interesa educar al pueblo, porque cuando aprende a leer se interesa por los problemas y pide cuentas; los analfabetos no dicen nada.

Plácido Domingo

 

Silencio, el tema es casi prohibitivo. De acuerdo a la UNESCO en México hacia el 2009, la población entre cero y cinco años de edad es de 11.6 millones, de los cuales 5.9 millones son niños y 5.7 son niñas. El 61.2 por ciento de ellos se encuentra en condiciones de pobreza patrimonial y el 27.4 por ciento en condiciones de pobreza alimentaria. En el mismo año hay un total de 13 millones de niñas y niños entre los seis y los 11 años de edad, de los cuales 6.6 millones son niños y 6.4 millones son niñas.




Más de la mitad de ellos se encuentran en situación de pobreza patrimonial (62.2 por ciento) y uno de cada cuatro (28 por ciento) no cuenta con los ingresos suficientes para cubrir sus requerimientos alimenticios. Por otra parte en materia de adolescencia, México cuenta con un total de 12.8 millones de adolescentes entre 12 y 17 años, de los cuales 6.3 son mujeres y 6.5 son hombres. El 55.2 por ciento de los adolescentes mexicanos son pobres, uno de cada cinco adolescentes tiene ingresos familiares y personales tan bajos que no le alcanza siquiera para la alimentación mínima requerida.


Según la información más reciente de Conapo, hay alrededor de 13.7 millones de personas indígenas en el país, de los cuales 6.7 son hombres y 6.9 son mujeres, pertenecientes a 62 diferentes grupos étnicos. Las agrupaciones mayores son los náhuatl y los mayas. El 76.1 por ciento de la población de habla indígena vive en pobreza.

 

Todo ello implica una urgente revisión de nuestras políticas públicas, de las posiciones que ocupan los medios masivos de comunicación (considerando el alto índice de horas televisivas), la situación actual de los programas, preparación de docentes y la infraestructura de los centros educativos, la preocupante posición del país con respecto a la explotación sexual y laboral de la infancia, sin olvidarnos del grave problema de obesidad infantil que vive México.

 

Por otra parte si buscamos la raíz de la palabra infancia, encontraremos que proviene del latín infantis, (in-negación; fonis-hablar) el que no habla, esto nos da un marco muy amplio del papel que han tenido los niños a través de la historia. Siendo hasta el año 1879 cuando el escritor francés Jules Vallés en su obra El niño empieza a bosquejar la idea de los derechos de los niños, más claramente Kate D. Wiggin en Children’s Rights; posteriormente en 1924 con la Declaración de Ginebra se da paso a la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en 1948, misma que incluía implícitamente los derechos de los niños; pero fue hasta 1979, con motivo del Año Internacional del Niño, que se debaten ideas en la materia. Pero los derechos de los niños verían la luz con mayor nitidez hasta 1989 en la Convención sobre los Derechos del Niño. Ahora hay que tener en cuenta que todas las ideas, debates y consensos llevan años en ponerse en práctica y México retoma y aprueba el planteamiento en la Cámara de Senadores en 1990.

 

La importancia de las políticas públicas en materia de infancia

El fenómeno de la infancia es transversal a múltiples disciplinas y reflexiones, no es materia exclusiva de salud, educación o cultura. Asumiendo esto llegará el momento inevitable en que hablar del problema de la infancia en México implicará una fuerte discusión en materia de recursos humanos y materiales, con ello la gran discusión de los presupuestos y las distribuciones de los recursos financieros de la nación. Es aquí donde nuestras políticas públicas tienen una inminente deuda en tiempo y forma con respecto a la infancia. Urge en México que los gobiernos no sólo garanticen los derechos de los niños sino que también doten de recursos vastos a las instituciones públicas y de la sociedad civil para trabajar en pro del desarrollo de la infancia.

 

Los niños, la educación y la cultura

El tema de la infancia no es sólo un asunto de desnutrición alimenticia derivada por la inminente pobreza del país, debemos mencionar también nuestra desnutrición cultural, en algunos casos una triste inanición intelectual. En lo que regocijamos una autocomplacencia y un conformismo generalizado en cuanto a las calidades de nuestro sistema educativo nacional. Somos un país que tristemente busca mejorar las encuestas y los indicadores, pero que no asume que lo que hay que mejorar es la calidad de los productos nacionales.

 

La educación y la cultura producen los productos y bienes tangibles e intangibles más importantes de una nación. Esto es responsabilidad de todos, no basta con que los padres o tutores se alegren de mandar al niño a la escuela, tienen que involucrarse en la calidad, en los contenidos y en el procesos educativos. Claro está que la educación pública tiene un rezago escalofriante y planes educativos por demás anacrónicos y obsoletos ante la realidad del mundo. Hay muy poca comprensión en la modernidad de los métodos, es decir que en general se sigue educando desde la lectura y la escritura, mientras que en otros países se educa desde la construcción de esquemas visuales y conceptuales, bajo criterios creativos que pueden modificar las estructuras, nosotros seguimos empleando la memoria o repetición del conocimiento, cercenando por completo la posibilidad de crear o producir nuevo conocimiento.

 

No hemos asumido que la televisión y el cine también educan, por lo que hay una responsabilidad no comprendida u omitida en este tema. Por otra parte la educación privada ofrece otras posibilidades y modelos constructivistas o camuflajeados de constructivismo a la Mickey Mouse, llenos de material didáctico con el Ratón Miguelito y que poco a poco o demasiado pronto pretenden incorporar los pensamientos neoliberales o las leyes del mercado en boga. Con esto damos paso a un problema de fondo aún mayor, que engloba lo que los poderosos quieren de la infancia: que sigan siendo los sin voz, donde el niño perfecto sólo hablará para decir “cómprame un…”

 

Pero olvidemos este oscuro pensamiento, que de seguro no ocurre más que en mi desbordada imaginación, asumamos que todos los que ostentan los poderes fácticos están buenamente buscando acabar con los problemas de la infancia, a pesar de que de vez en cuando crean uno que otro producto radiactivo, engordante y venenoso o comida que además de ingerirse tiene la bondad de poder ser usada como combustible o alegres fluidos azucarados con doble función de bebida-destapa-caños.

 

Es justo y muy necesario reconocer que en ambos sistemas educativos, tanto en el público como en el privado, existen grandes excepciones, hay docentes con entrega y compromiso ejemplar: los que con vocación sincera enseñan a sus niños la importancia de tener y reconocer su propia voz, los que permiten que se equivoquen y les enseñan la verdadera importancia del error en un proceso de investigación, los que expanden la creatividad infantil a los territorios del arte y con ello multiplican sus capacidades, los que proveen de recursos y estrategias intelectuales a sus alumnos, los que buscan que sean ellos mismos los que lleguen a las conclusiones y decidan la verdad de los fenómenos, los que van mas allá de poner cruces y palomitas y saben que evaluar no significa poner un número, sino valorar los esfuerzos, los que asumen que una educación sin la excelencia de los valores universales estará condenada a los vaivenes del entorno o sistema-imperante-religioso-culturocapitalistasexodevoradordeniños.

 

La praxis

Algunos deciden quedarse a la orilla de las letras, en la seguridad que permite la lejanía de la turbulencia escudándose detrás de la pluma para contribuir sólo con la queja, mientras que otros decidimos seguir la loca idea de zarpar con un puñado de niños en busca de la excelencia. Nos gusta soñar con la jugosa idea de que llegaremos a buen puerto o que en el camino, aunque la barquita tiemble y se desmorone, les saldrán unas misteriosas alitas de colores y cada uno llegará convertido en poderoso gigante dueño de su destino.

 

Cuando piensen en sus hijos, no teman, críen orugas es la única solución para México, el mejor abono es una mezcla de amor, matemáticas, ajedrez y arte en cantidades exageradas para nutrir el único y verdadero patrimonio de la humanidad: la infancia.

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