La vida detrás de cada Lele: la historia de Reyna

No todas las historias se cuentan con palabras; algunas se tejen a mano. Historias que están ocultas en cada muñequita Lele, las cuales esconden un trasfondo marcado por la ausencia, el miedo, el dolor, la resistencia, pero sobre todo la fe y la determinación.
A las afueras del Centro Histórico de Querétaro, se encontraba sentada en una esquina una mujer morena, de ojos rasgados, vestida con un suéter azul oscuro y una falda larga, una bolsa tejida que rodeaba su torso llena de material con el que estaba haciendo sus muñecas, peinada con una coleta que presumía unas cuantas canas, un rostro que transmitía concentración en cada puntada -como si detenerse no fuera una opción- y unas manos un tanto arrugadas que sostienen una vida marcada por la necesidad de salir adelante.
Su voz suave y su personalidad tímida me permitieron conversar con ella para conocer cuál es la vida retratada en cada Lele: “a ver si puedo contestar tus preguntas”, accedió sin dudarlo entre una risa nerviosa. Al inicio de la plática, ella se mostraba un poco cohibida, sin embargo, a lo largo de la charla ella empezó a entrar más en confianza, mostrando quién es la artesana detrás de esas obras, obras que nunca dejó de tejer mientras ella hablaba. Ahí fue donde conocí a Reyna, una mujer de 56 años, originaria de la comunidad de Santiago de Mexquititlán en las periferias del municipio de Amealco, lugar que ella describe como “un ranchito” en donde casi no hay trabajo más que la cosecha y la gente debe salir a conseguirlo.
Aprender a sobrevivir desde niña
Su infancia la relata como una etapa muy dura en su vida: a los ocho años perdió a su padre, un golpe que transformó su vida desde muy temprano, y aunque él solía beber mucho, ella recuerda que nunca la agredió ni le levantó la voz, algo que contrastaría con otras experiencias que vivió en su entorno familiar.
Tras la muerte de su padre, ella vivió con una de sus hermanas cuyo esposo era alcohólico y violento, fue testigo de agresiones y situaciones que la marcaron profundamente: “le golpeaba bien feo y a todos nos alcanzaba ese golpe”, dijo en un tono triste. Reyna buscó apoyo en su madre, pero no fue escuchada; esa falta de respaldo la llevó a tomar una decisión importante: salir de ese entorno. Primero vivió con una de sus tías, pero tampoco se sintió cómoda, por lo que más adelante se fue con otra de sus hermanas; fue en ese momento donde ella aprendió a bordar tras ver a su hermana y su mamá hacer muñecas y “bolsitas”.
La artesanía como camino propio
A los 10 años dejó definitivamente su hogar y comenzó a vender artesanías por su cuenta, la calle la adoptó y se convirtió en su espacio de aprendizaje y supervivencia: “ya me gustó traer un peso en la mano”, le dijo convencida a su madre para ya no regresar.
Con el paso del tiempo, su trabajo la llevó a distintos lugares del país. Ha viajado a Ciudad de México, Ciudad Juárez, San Luis Potosí y Acapulco para vender sus artesanías. “Encontré compañeritas que nos invitaban a dar la vuelta, a veces se vendía y a veces no tan bien. Es un poco difícil, pero de tanto intentarlo ‘pos se acostumbra uno”; esa constancia la ha mantenido firme durante décadas.
Resistir entre prohibiciones y desprecio
Desde hace 25 años vende en el Centro Histórico de Querétaro, se queda alrededor de ocho días en Querétaro y luego regresa a su comunidad. Durante su estancia ella se hospeda en un albergue, donde su rutina empieza desde temprano: se levanta a las 6:30 de la mañana, desayuna y sale a vender a las 7:30 de la mañana. En la tarde una compañera la apoya para ir a comer, y regresa al albergue hasta las 8 de la noche; los fines de semana, cuando hay más gente, el día puede alargarse hasta las 10:30 de la noche.
Sin embargo, ella relata que ha enfrentado múltiples dificultades al vender sola y elaborar sus propias artesanías: “según el gobierno sí apoya, pero nosotros no recibimos ese apoyo […], nos quitan nuestras cosas, nos humillan”. Aun así, continúa: “’pos hay días bien, hay días mal, un día se vende y un día no”; debido a las restricciones que se han implementado últimamente en el estado, el miedo la ha obligado a mantenerse en zonas menos concurridas dentro del Centro Histórico, ya que ha sido testigo de agresiones hacia otras artesanas. “Yo sí me siento mal porque el gobierno no me deja trabajar, pero ‘pos no me queda de otra, hay que echarle ganas a trabajar, seguir en la vida”, expresó preocupada.
A esto se suma el trato social que recibe: “hay mucha gente que no nos habla bien y mucha gente nos humilla, que, por la vestimenta, que porque se ve mal estar aquí en la calle y estar vendiendo. Pero esto es tu trabajo y la gente debe de comprender que por tu necesidad es que estás aquí”.
Orgullo, color y esperanza entre puntadas
Pese a las adversidades, ella se siente orgullosa de haber sacado adelante a sus hijos gracias a su trabajo: “yo saqué adelante a mis hijos de mi artesanía”, dijo con firmeza. Cuando eran pequeños, los fines de semana ellos la acompañaban a vender, mientras que de lunes a viernes ella los llevaba a la escuela para darles la educación que ella nunca pudo recibir. Hoy, sus hijos ya trabajan, la visitan y la apoyan cuando Reyna vuelve a Amealco; su hija y su nieta le ayudan a coser encajes y preparar las telas para sus muñecas. No obstante, el menor de sus hijos enfrenta problemas de adicciones, situación que le causa profundo dolor: “mi último muchacho se droga y toma, por eso yo digo que es muy difícil y es muy triste”, expresó Reyna con tristeza mientras se entrecortaba su voz.
En medio de todo, hay algo que no ha soltado: la fe. “Hay que seguir la vida, echarle ganas, por el tiempo que Dios nos deja vivir”, dice. Para ella, Dios ocupa un lugar central en su vida: “Dios nos dio manos, nos dio ojos […] nos dio la inteligencia para salir adelante», dijo con una leve sonrisa; razón por la que día con día ella sigue trabajando, para agradecerle a Dios lo mucho que él la ha protegido.
Un consejo tejido con experiencia
Al final de la conversación, sus pensamientos se dirigieron especialmente a las y los jóvenes; su mensaje está cargado de experiencia, preocupación y anhelo, les pide que se apoyen entre ellos, que agradezcan las oportunidades que tienen y que valoren el acceso que tienen a la educación: “ustedes también como jóvenes deben de echarle ganas a su vida, echarle ganas en sus estudios […] cualquier problema que tengan hay que hablar, no se queden callados, porque pasan muchas cosas”, expresó con los ojos llorosos.
Desde su perspectiva como madre, Reyna advierte sobre los riesgos que observa en la actualidad, como las drogas o el alcohol: “espero que ustedes le echen ganas a la vida porque es muy feo y muy triste, yo veo a muchos jóvenes que se tiran a la calle, a lo mejor no tienen quien les apoye o no sé, pero si es difícil”, dijo mientras se escapaban un par de lágrimas.
Por último, con una mirada esperanzadora ella concluyó: “hay que quererse un poquito”, dice finalmente con un tono de ilusión, “quiéranse a ustedes mismos”.
Frente a ella, las muñecas siguen ahí, bordadas a mano y hechas con paciencia. Cada una distinta, pero que representan una resistencia que no siempre se ve, pero se sostiene.






