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Los enemigos del Gabo

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Es rara la figura pública que no tiene enemigos. Los escritores no son la excepción. Ahora que ha fallecido Gabriel García Márquez, no faltan quienes incluso reconociendo su talento como periodista y escritor, se atreven a señalar lo que para ellos son contradicciones éticas y literarias en la vida y obra del Nobel colombiano.

 

Desde sus primeros años en las letras y el periodismo, García Márquez tuvo que afrontar diversas contrariedades. Habiéndose consolidado como escritor, el creador de Macondo tuvo que enfrentarse con el exilio ante las acusaciones de quienes lo señalaban como militante comunista.

Este exilio -que compartió con numerosos escritores latinoamericanos, como el argentino Juan Gelman, también fallecido en el año corriente- le permitió conquistar a las consciencias más allá de su virtud para crear mundos mágicos-maravillosos y garantizarse un nicho en el panteón donde reposan los intelectuales que, siguiendo el ejemplo de Jean Paul Sartre, se lanzaron al compromiso con aquella parte del mundo ajena a los intereses de los poderosos. El Gabose convirtió en uno de tantos ‘intelectuales comprometidos’.

Sin embargo, algunos dentro de las izquierdas (y también las derechas) no quedaron del todo satisfechos con las acciones llevadas a cabo por García Márquez durante los años que pasó como exiliado en nuestro país.

Desde quienes lo tachaban de incongruente por saludar al papa o al rey Juan Carlos de Borbón, hasta voces que se levantaron indignadas cuando, ya anciano, acudió a la inauguración de un boliche en la zona de Santa Fe, nunca faltó quién advirtiera en García Márquez a un personaje más cercano a los ricos y poderosos que a ese sufrimiento latinoamericano del que se volvió representante el multipremiado autor colombiano.

En este sentido, también fue atacado por algunos sectores feministas, concretamente por la periodista Lidia Cacho, quien lo acusó de solapar el tráfico de menores en su novela Memoria de mis putas tristes. Para esto, Gabocontó con la defensa de Rogelio Villareal, quien desde una columna en Letras Libres argumentó, con mucha razón, que a la literatura no se le pueden aplicar criterios de valoración moral. Sin embargo, Cacho se mantuvo firme y sostuvo que es perfectamente legítimo cuestionar la obra de García Márquez.

Desde el punto de vista literario, otro oponente con el que contó el Nobel colombiano fue su compatriota, también exiliado en México, Fernando Vallejo. Vallejo llegó a sostener que García Márquez sencillamente no sabía escribir.

De acuerdo con el autor de La puta de Babilonia y La Virgen de los sicarios, la prosa de García Márquez no es verosímil e incurre en contradicciones gramaticales. Esta, como tantas acusaciones lanzadas por Vallejo, tiene la peculiaridad de garantizar el repudio automático de una buena parte del sector cultural mexicano en contra de quien se atrevió a cuestionar de este modo a un personaje reconocido como uno de los mejores escritores en lengua castellana.

En su texto titulado Un siglo de soledad, disponible en la web, Fernando Vallejo insinúa no sólo que García Márquez es incapaz de manejar con precisión la lengua castellana, sino que también es poco original pues, según él, le habría plagiado varias secuencias de Cien años de soledad al poeta nicaragüense Rubén Darío.

De cualquier modo, no hay que perder de vista que Vallejo ha cuestionado a muchas otras figuras de la literatura hispanoamericana. De Borges dijo que estaba sobrevalorado; de Bolaño, que no sabía escribir; y del idioma español, que estaba en camino hacia su destrucción definitiva.

Aun así, los enemigos literarios no sólo le aparecieron al Nobel de la mano de su compatriota Vallejo, sino también en forma de jóvenes autores colombianos insatisfechos con la forma en que el realismo mágico revelaba la vida latinoamericana.

Así surgieron grupos como el del malogrado narrador Andrés Caicedo (1951-1977), originario de Cali y detractor del realismo mágico, que consideraba que Latinoamérica no estaba en la realidad tropical manejada por el Gabo, sino en los conflictos urbanos experimentados por la clase lumpen en los arrabales de cada ciudad latinoamericana.

Del mismo modo, recibió impulso el grupo conformado, entre otros, por el chileno Alberto Fuguet y el peruano Jaime Bayly, quienes de manera informal recibieron el nombre de McOndo para hacer sorna de la literatura representada por la obra de Márquez y sustituirla por una más vinculada con los problemas de las clases medias y bajas en una América Latina marcada por la globalización y el desempleo.

Esto no quiere decir que, como lo hace Vallejo, los escritores jóvenes consideren a García Márquez un mal escritor; sin embargo, lo perciben como símbolo de una literatura inmovilista que, si bien comenzó metiendo el dedo en la llaga, ha quedado totalmente anulada como literatura capaz de generar subversión.

Tenemos entonces que Gabo tuvo enemistades políticas, enemistades literarias y también enfrentamientos generacionales. Así como somos muchos los que los recordamos como un gran prosista comprometido con el periodismo y la narrativa, también hay que tomar en cuenta que fue un hombre de carne y hueso con aciertos y equivocaciones. De momento es demasiado pronto para emitir el juicio y no hay que olvidar que como bien señalaban los romanos De morturis nihil nisibonum-de los muertos, nada más que lo bueno. Ya el tiempo se encargará de entregarnos a un Gabomás humano, más sólido y con todos sus matices.

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