Malandrito: lo que preferimos no escuchar.

El escenario es un espacio que necesita ser llenado. A veces, sobre todo en las grandes producciones, con escenografía fastuosa y elaborada; en otras ocasiones, con efectos de luces, humo y música; pero en algunas excepciones basta con la presencia actoral.
No se confundan. Cuando describo la obra Malandrito no sólo quiero referirme a la brutal actuación de Luis Vegas. La pequeña producción denota mucho trabajo detrás: una televisión vieja y funcional, una historia progresiva de artículos en el piso que avanzan conforme la obra se desarrolla, un cuadro que observa mudo desde el fondo del escenario. Todo tiene una razón para estar ahí. Nada sobra.
Pero lo técnico, el actor convincente, la música a ratos sofocante y las luces —que uno como fotógrafo agradece y disfruta muchísimo en ese foro del Museo de la Ciudad— son sólo el empaque de una obra que se siente confusa, divertida, dolorosa, pero sobre todo reflexiva.

El teatro no puede ser sólo un espacio para el ego desbordante de la comunidad artística. Tiene que mover, tiene que incomodar, tiene que alterar la estructura del espectador. La obra tiene una gran virtud: comienza siendo incomprensible, debido a la velocidad y al cerrado acento venezolano, para convertirse en una oda —ya plenamente inteligible— a la universalidad y a la tolerancia.
Nada está de más en la obra del director Juan Carlos Franco. Las reflexiones de un venezolano migrado a la enorme Ciudad de México sobre el consumo (de drogas, artículos banales y de las propias personas), la amistad, las palabras raras de nuestro idioma local, ese surrealismo que se vive todos los días en las ostentosas calles de la Roma en contraste con la basura de las periferias. Todo está ahí, representado desde los ojos de un migrante que sobrevive de esperanza, pero sobre todo por el amor de los que dejó atrás y de los que no logra desprenderse.
“¿Ustedes creen que quieren estar aquí?” Es una pregunta que quizá nunca se hagan quienes señalan con su dedo acusador a los migrantes. La vida escenificada es la de un venezolano y la historia de su país, pero bien pudo haber sido la de un hondureño, un guatemalteco o un colombiano. Es sobre Bolívar, pero pudo ser sobre Francisco Morazán o Pedro Molina. Las carencias de lo básico son un insulto; el contraste entre esas carencias y el despilfarro es lo que termina por encender la rabia en las calles del tercer mundo.
Hace algunos años circuló la indignación por una mujer migrante, en un albergue mexicano, que se quejaba de los frijoles que les daban. ¿Acaso las personas en tránsito no tienen derecho a quejarse? ¿Pueden sentirse agradecidas y, al mismo tiempo, vivir en permanente persecución y peligro? ¿Deben asumir las costumbres, lenguas y tradiciones de su nuevo lugar y renunciar a toda la cultura e historia que cargan en sus mochilas? ¿Pueden cuestionarnos sin que nosotros les recordemos la supuesta ingratitud de un país que los recibe?

¡Carajo! La obra sacude. No es sólo el monólogo que por momentos se siente como un rap callejero, como si Canserbero regresara para escupir crítica social desde el micrófono al centro del escenario. Es el ritmo del actor, las letras precisas y la honestidad de Malandrito, el lavacoches venezolano que desde sus ojos grandes observa al mundo. Nos recuerda que México es un país cálido con el migrante… el que viene a gastar, el que encarece las rentas, el que se integra como gente “bien”. Para el otro, para el moreno, la realidad es otra: delincuencia, pobreza y una vulnerabilidad constante.
Cierro invitándolos a reventar el escenario en las dos funciones que le quedan este 10 y 11 de abril, a las 7 de la tarde, en el Museo de la Ciudad. Actualmente, la Defensoría de los Derechos Humanos del Estado de Querétaro está regalando algunos pases en su Instagram. Se agradece que haya apoyo a este tipo de proyectos, necesarios en una entidad que es paso obligado y hogar de muchos migrantes. Si queremos un mundo más tolerante, toca escuchar más y estar menos seguros de nuestras certezas.



