“Mamá, te amo”: Luces apagadas y gritos en La Barranca, el horror que estremeció a una comunidad

Martes 22 de noviembre de 2022: las luces de La Barranca se apagaron.
Era la tercera vez que Ernesto Guadarrama se había escapado del centro de rehabilitación, o del anexo, como le dicen popularmente. Sin embargo, sus padres, Rosa Lara y Ángel Guadarrama, decidieron no dar aviso a la institución. Estaban seguros de que su hijo se volvería a fugar, no tenía caso seguir insistiendo.
Una vez con sus amigos, Ernesto alucinaba a diario en el cerro. No se sabía de dónde sacaba para conseguir lo que consumía, pero siempre tenía algo que meterse. El panteonero siempre lo veía hundido en sus vicios cuando caminaba frente al cementerio, como si un residente se hubiera salido de algún sepelio.
No obstante, don Ángel tenía que estar siempre al pendiente de la señora Rosa, ya que las drogas ponían agresivo a su hijo; y todas las personas a su alrededor, corrían riesgo con Ernesto de regreso. “Su papá siempre lo controlaba”, afirma un informante anónimo. Hasta el momento, todo estaba bajo control.
Los días avanzaron, y la situación así se mantuvo. No obstante, algo clave ocurrió. Mientras hacía la limpieza de la casa, doña Rosa encontró un altar dedicado a la Santa Muerte en el cuarto de su hijo. Como católica de nacimiento, comprendía que esto representaba una contradicción con su fe y, aún más, una amenaza para su hijo. A pesar de ello, optó por no tomar ninguna medida al respecto, y respetar las prácticas de Ernesto. Hasta ese momento, la presencia de dicha figura en su hogar no había provocado ningún suceso inusual.
Además de Ernesto, Rosa tenía dos hijos más: uno mayor y otro menor. Y por parte del mayor, ella ya era abuela de un niño pequeño, quien acostumbraba visitarla y quedarse a dormir con ella. Como casi todos los abuelos con sus nietos, había una buena relación. Sin embargo, el menor no se sentía cómodo en casa de sus abuelos desde que su tío Ernesto estaba de nuevo con ellos. Según don Ángel, su nieto no podía dormir porque miraba sombras que rondaban por la casa, y sentía algo malo en ella.
Por esta situación, doña Rosa decidió actuar por el bien de su nieto: tomó la figura de la Santa Muerte del altar de su hijo, y la arrojó a la fosa séptica de su casa. Estaba más que convencida de que el miedo de su nieto era por tal imagen. Cuando Ernesto se enteró de lo que había pasado, le advirtió a su madre: “eso no se va a quedar así, ella te lo va a cobrar”.
Una semana después, don Ángel tuvo que salir a Toluca, Estado de México, por cuestiones de trabajo, y su hijo menor tampoco estaba en casa, por lo que doña Rosa se encontraba sola. Para ese entonces, Ernesto había pasado tres días fuera de casa, y no sabían de él, pero regresó en una noche mientras le exigía a su mamá que lo dejara entrar. Él le gritaba por la madrugada: “¡mamá, te amo”. A lo que su madre respondía: “yo también, pero cambia de vida”.
Después de tanto insistir, Ernesto pudo atravesar el zaguán que dirigía a la calle, y comenzó a ir detrás de su mamá. Según los vecinos, y ya para las seis de la mañana, se escuchaban gritos de mujer y “aullidos”. De acuerdo con el informante anónimo, en ese mismo momento, los animales de la comunidad se unieron al escándalo principal: las vacas y bueyes bramaban y los perros gruñían.
La última alternativa de Rosa fue encerrarse con llave su casa. Sin embargo, Ernesto tomó un tanque de gas y se abrió paso por una ventana.
De manera simultánea, se dio un rotundo apagón eléctrico. A las seis con 20 minutos de la mañana, La Barranca quedó a oscuras; y de un segundo a otro, los gritos y los aullidos cesaron, y la luz regresó.
Después de varias llamadas a las autoridades municipales y al resto de la familia Guadarrama por parte de los vecinos, se supo lo que había pasado. Según las interpretaciones de los peritos, Ernesto persiguió a Rosa, su madre, con un machete. Luego de que él pudiera entrar a su casa a través de la ventana, la acorraló en el baño y le amputó los pies, las manos y la cabeza con el arma blanca que portaba, mientras ella seguía viva.
Cuando el hijo mayor y los vecinos entraron para detenerlo, fueron testigos de cómo Ernesto aun le cortaba la lengua a su madre, aun con la cabeza cercenada. Además, también había cortado su estómago, y colgó sus vísceras en la regadera. Mientras intentaban atraparlo, Ernesto gritaba con la voz “de otra cosa”: “el diablo me obligó”. Esto según los vecinos que rindieron su declaración ante la fiscalía. Al no poder controlar su agresividad, optaron por darle un golpe en la cabeza con un ladrillo, para después atarlo en la espera de las autoridades. Tras las investigaciones y exámenes correspondientes, se dio a conocer que, antes de ser desmembrada, doña Rosa también fue violada.
Ese mismo día, Ernesto fue llevado al Centro de Readaptación Social (CERESO) de Acámbaro, Guanajuato; para luego ser trasladado al Centro Penitenciario de Topas, en Salamanca. En su audiencia se argumentó que no contaba con óptimas facultades mentales en el momento en el que actúo, por lo que su sentencia fue reducida a 25 años.
Una vez don Ángel en casa, se enteró de lo sucedido; y hasta la fecha, sigue sin creer lo que pasó. Días después, Ángel convocó a un sacerdote católico de la comunidad de San Lucas, Apaseo el Alto, Gto., quien se especializaba en exorcismos, ya que el señor Ángel argumentó que escuchaba voces y veía siluetas que no lo dejaban en paz, ni de día, ni de noche.
Durante el funeral de doña Rosa, quien tenía 53 años, se recordó que, durante su cargo como delegada de La Barranca (2019 – 2021), había gestionado los trámites necesarios para que el panteón se extendiera, puesto que en el lugar ya no cabía ni un alma; y gracias a su intervención, aquel camposanto se amplió. Cuando se logró tal objetivo, Rosa decía: “cuando me muera, quiero que me entierren en ‘el nuevo panteón’”; y al día siguiente, su petición fue cumplida. Sus restos mortales fueron sepultados en medio de aquel nuevo terreno, a manera de “estrenar” el lugar y de homenajear a la exdelegada.
En la única visita que se le ha permitido a don Ángel para estar con su hijo, Ernesto, quien tenía 23 años aquel día, este último declaró: “perdóname, porque yo no era esa persona”.
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¿Historias de horror? No, es la realidad, y las cifras no la alcanzan a ilustrar.
