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Más allá de la danza: las mujeres que mantienen viva la memoria hñöñhö en San Ildefonso Tultepec

“Detrás de cada expresión cultural hay toda una memoria”: mujeres hñöñhö que sostienen la vida comunitaria.


La danza de Pastoras, los bordados, la elaboración de la muñeca Dönxu, la gastronomía y los saberes que pasan de una generación a otra forman parte de una memoria que las mujeres de la comunidad otomí hñöñhö en San Ildefonso Tultepec mantienen viva, incluso cuando no participan directamente en la danza.

En San Ildefonso Tultepec, Amealco, Querétaro, la danza de Pastoras puede verse como una expresión de movimiento, color e indumentaria. Sin embargo, detrás de cada presentación existe un parteaguas mucho más profundo: familias que colaboran, mujeres que preparan alimentos, elaboran prendas, cuidan a quienes participan, transmiten conocimientos y sostienen actividades que forman parte de la vida comunitaria.

Para Daniela Galván Rodríguez, investigadora cuya tesis de maestría estudió los cambios y permanencias de la danza de Pastoras como expresión de la memoria histórica hñöñhö en San Ildefonso Tultepec entre 1980 y 2022, acercarse a esta tradición comenzó precisamente por aquello que podía observarse a simple vista.

Su formación en artes escénicas hizo que llamaran su atención los colores, la indumentaria, los sombreros adornados con listones y flores y el movimiento de las mujeres al danzar. Pero conforme avanzó su investigación, descubrió que aquello que ocurre durante la danza es solamente una parte de una estructura mucho más grande.

“Realmente quien tiene el conocimiento son las mujeres que danzan”, explica Daniela, al señalar que la investigación le permitió observar la relación de esta danza con la fertilidad de la tierra, el ciclo agrícola, el agradecimiento y las relaciones dentro de la comunidad.

Por eso, observar a las pastoras únicamente como una expresión folclórica deja fuera buena parte de lo que sucede alrededor de ellas.

Durante su investigación, Daniela tuvo la oportunidad de asistir a ensayos y presentaciones. Allí encontró que estos espacios no consisten únicamente en reunirse para ejecutar una coreografía. También son lugares de convivencia y de incorporación de las nuevas generaciones.

Las niñas pueden comenzar a acercarse a la danza desde pequeñas, incluso acompañando a sus madres. Desde los brazos o las espaldas de ellas, explica la investigadora, no solamente aprenden movimientos y aspectos técnicos, sino también formas de respeto, valores comunitarios, el idioma y el sentimiento de comunidad.

La transmisión cultural, entonces, comienza antes de que una niña pueda siquiera convertirse en danzante… Pero tampoco termina cuando una mujer deja de bailar.

Daniela recuerda el testimonio de Silvia Pascual, quien le contó que algunas de las prendas que utilizaba habían sido heredadas de su madre. En ellas no solamente permanecía una pieza de vestimenta: permanecía también el recuerdo de las manos de su mamá mientras bordaba y elaboraba aquellas prendas.

Algo similar ocurre con los sombreros. Daniela explica que, de acuerdo con los recuerdos de Silvia, anteriormente los listones no se colocaban todos de una sola vez. Podía incorporarse uno o dos cada año, dependiendo de lo que la familia pudiera aportar después de un año productivo.

Así, aquello que a simple vista puede parecer un adorno también cuenta una historia familiar. Uno de los aspectos que más cuestiona la idea tradicional de quién participa en una danza es que no todas las mujeres de una familia necesariamente danzan.

Daniela explica que “por ejemplo, si la mamá no puede danzar en un momento específico, ella asume la responsabilidad de la abuelita, la suegra o de su hermana para que ellas sí puedan integrarse y participar, eso también es parte de la ofrenda. Entonces, hay muchos detalles más finos que se van hilando en lo que nosotros denominamos al final una ofrenda compleja”.

En ella también intervienen el trabajo, los cuidados, las actividades económicas y las decisiones colectivas que hacen posible que la danza pueda realizarse.

La participación, por tanto, no siempre ocurre frente a quienes observan la danza. María Fernanda García Miranda lo conoce desde su propia familia. Ella no danza, pero recuerda que su abuela sí participó durante algún tiempo en la danza de Pastoras. Con el tiempo dejó de hacerlo debido a la movilidad, pues asistir a los ensayos se volvió complicado.

Sin embargo, dejar de bailar no significó dejar de participar.

Su abuela continuó apoyando de otras maneras, entre ellas con comida y distintas formas de ofrendar.
Para María Fernanda, ese legado también está relacionado con las enseñanzas que recibió de sus abuelas: valorar la cultura, la lengua, la gastronomía y los esfuerzos que se realizan para mantener las actividades comunitarias.
La transmisión cultural no ocurre únicamente alrededor de la danza.

En San Ildefonso Tultepec también existe una tradición artesanal y gastronómica que forma parte de la vida comunitaria. Entre las actividades que María Fernanda reconoce están los bordados, la elaboración de vestidos tradicionales, los sombreros para las Pastoras y la alfarería.

La gastronomía también está relacionada con las actividades comunitarias. María Fernanda explica que dentro del sistema de cargos —una forma de organización comunitaria en la que distintos grupos de cargueros asumen durante el año responsabilidades relacionadas con santos y advocaciones marianas— existe un intercambio de alimentos de acuerdo con el calendario litúrgico.

En estas celebraciones pueden prepararse mole, el tradicional mole de cargo y frijoles. Durante la Cuaresma y Semana Santa también se prepara un platillo de camarón elaborado con huevo y harina, que se acompaña con mole y frijoles. A esto se suman las tortillas hechas a mano, los tamales, el atole de cargo elaborado con piloncillo y masa y el tradicional pan de pulque, preparado con harina de trigo, agua, pulque y otros ingredientes.

En algunas de estas celebraciones, primero se realiza el intercambio del cargo durante la misa, después se presenta la danza de Pastoras y finalmente la comunidad comparte los alimentos.

A la vida económica de la comunidad también se suma la extracción de sillar. María Fernanda explica que anteriormente esta actividad se realizaba de manera manual y que con el tiempo se incorporó maquinaria que, para quienes viven en San Ildefonso, forma parte de una manera de relacionarse, trabajar y mantener prácticas que han pasado entre generaciones.

Otro de los elementos fundamentales de la cultura otomí es la elaboración artesanal de la muñeca Dönxu, una expresión que María Fernanda reconoce como parte importante de la memoria de su comunidad.

Según lo que conoce por las artesanas de la comunidad, la muñeca tiene una historia de varios años y originalmente se elaboraba con plantas y diferentes hierbas del campo para representar a la mujer. Posteriormente, se incorporaron telas y comenzó a utilizarse también como juguete para las infancias.

Su propia abuela recuerda que, en otros tiempos, el cabello podía elaborarse con la cola de animales, utilizada para formar las trenzas y bordar los ojos.

Con el paso del tiempo, la muñeca se fue transformando. María Fernanda explica que alrededor de los años 2000 a 2005 algunas artesanas recibieron asesoría para mejorar su diseño y facilitar su comercialización. También se incorporó maquinaria a un proceso que anteriormente se realizaba completamente a mano.

Esta transformación no eliminó el trabajo de las mujeres. Por el contrario, la elaboración de estas piezas se convirtió también en una forma de generar ingresos.

La vestimenta de la Dönxu busca asemejarse a la de la danza de las Pastoras, utilizando colores vivos, telas similares y elementos inspirados en la naturaleza. El bordado continúa realizándose a mano y retoma el bordado tradicional presente también en la vestimenta de las mujeres.

Para María Fernanda, la muñeca tiene además un significado personal: La hace también su mamá.Aprender a elaborarla mediante la observación y ayudando en su fabricación le ha permitido reconocer que detrás de la pieza existe algo más que una representación física.

“También lleva detrás toda una cultura, toda una memoria que se ha transmitido a través de las generaciones”, señala.
Hablar de las mujeres de San Ildefonso Tultepec no significa hablar solamente de permanencias. Sus vidas también han cambiado.
María Fernanda observa que actualmente existe una mayor apertura para que las mujeres participen en ámbitos como la educación, el trabajo profesional y otras actividades que anteriormente no se les permitían.

Hoy, dice, existen mujeres profesionistas que se desempeñan en distintos espacios.
Daniela también ha observado transformaciones en la danza. De acuerdo con su investigación, hace aproximadamente 30 años había una mayor participación de mujeres danzantes. Sin embargo, considera que sería simplista interpretar la disminución de participantes como una pérdida de interés, pues la movilidad para el trabajo hacia el extranjero, las responsabilidades de cuidado y las nuevas actividades económicas han modificado la manera en que las mujeres participan.

Para Daniela, se trata de una reconfiguración…
Una mujer que no puede danzar puede asumir otras tareas para que otra integrante de su familia pueda hacerlo. De esta manera, la tradición cambia en su forma de organizarse, pero no necesariamente desaparece.

Incluso las propias mujeres de San Ildefonso se han convertido en productoras de algunos de los elementos que forman parte de la danza. Daniela señala que actualmente elaboran y venden sombreros e indumentaria para otros grupos.
Es así como también la tradición se convierte en trabajo y en una actividad económica.

La investigación de Daniela comenzó buscando comprender la danza de Pastoras, pero terminó encontrándose con una red mucho más amplia de actividades y relaciones.

La danza está vinculada con la fe, el ciclo agrícola, la tierra, la preparación de los ensayos, la organización familiar, los cuidados, la elaboración de artesanías y las decisiones que se toman colectivamente. Por eso, para ella resulta difícil resumir el papel de las mujeres de San Ildefonso Tultepec en solamente dos o tres conceptos.

Sus actividades atraviesan la vida económica, familiar y social de la comunidad, pero también su dimensión espiritual y religiosa.
Daniela las describe como guardianas de la memoria colectiva y reproductoras de cultura, tanto en aquello que puede tocarse —como la vestimenta tradicional y las artesanías— como en aquello que no es visible: los conocimientos, la memoria y la emocionalidad que se transmiten entre generaciones.

Para María Fernanda, una de las cosas que quisiera que quienes llegan desde fuera, como turistas o visitantes, comprendieran es que las expresiones culturales no terminan con lo que se alcanza a observar.

Detrás de una danza, una artesanía o una prenda existe una historia…
Por eso considera importante que quienes visiten la comunidad conozcan también su lengua, sus artesanías, su gastronomía, el sistema de cargos y el significado de sus danzas.

En el Día Internacional de las Mujeres y Niñas Indígenas, mirar hacia San Ildefonso Tultepec implica entonces mirar más allá de quienes aparecen danzando. También están las mujeres que enseñan, bordan, cocinan, elaboran artesanías, sostienen a sus familias, participan en las ofrendas o transmiten una lengua y una memoria que aprendieron de sus propias madres y abuelas.

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