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Miedo y asco en el Cervantino

Asistentes del Cervantino descubren que el festival no está al alcance de todos los bolsillos

Por: David Eduardo Martínez Pérez

 

Guanajuato, Gto. – Llegar al Cervantino en auto es un alivio hasta el momento en el que uno se da cuenta de que la falta de estacionamiento prolonga la carretera una hora más. Si el auto es un vocho, la cosa es un poco peor; sobre todo por las piernas, se entumen con facilidad, como las nalgas.

Ya en las calles uno busca ingenuamente la cultura, no la encuentra, no al alcance del bolsillo pues. Casi todos los eventos son caros y poco comprensibles en su propósito.

Son muy pocas las obras y exposiciones “oficiales” que asumen un compromiso pleno con la realidad política y social de un México con “horizonte negro” en palabras de Juan Villoro.

A falta de capacidad para acceder a la cultura perfumada busco refugio en las cantinas. Tengo ganas de mezcal, me quedo con ellas. Cada centímetro cuadrado en el suelo de las cantinas guanajuatenses está ocupado por algún cuerpo envuelto en sudor.

Los suelos de las mezcalerías están húmedos, no logro entender si es a causa del alcohol derramado o del sudor de la clientela. Primero un adolescente ‘fresón’, luego dos, y así hasta perder la cuenta, se me acercan para pedirme mota. No traigo nada; buena falta me está haciendo a mí también.

Con lo que traigo de dinero compro un Padre Kino y me lo echo al amparo del Teatro Juárez. Ahí me pongo a cotorrear con la Giganta de Cuevas; es mi único ligue esta noche.

La gente comienza a desaparecer como a las dos o tres de la mañana. En uno de los callejoncitos secundarios, esos que están diseñados para perder gente, se escucha una banda tocando saxofones. Sus ritmos van del jazz a lo tropical sin desdeñar ningún género.

De camino hacia donde están ellos tengo mi primer encuentro con la policía guanajuatense: dos sujetos fornidos se acercan y me piden el vino. Les pregunto para que lo quieren, no me responden. Se limitan a balbucear en su dialecto algunas cosas a través del walkie talkie y me dejan sin licor. Ni modo.

Así, sin avisar, me meto entre los saxofonistas y comienzo a bailar como Dios y el alcohol me dan a entender. Al poco tiempo ya tengo una bolita alrededor de mí y puedo pasar desapercibido. Una chilanga medio hipster se me acerca y bailamos juntos. Creo que su nombre es Majo; la podemos llamar Majo.

Entre Majo y otros chicos y chicas no menos guapos, diluyo mi cuerpo como si la música lograra derretirlo. No discrimino, el género se torna secundario si la persona es atractiva. Estamos todos al borde de la orgía callejera revolviendo nuestros cuerpos entre las notas musicales. Los músicos se mueven y nos guían en una callejoneada alternativa.

Volvemos a las calles principales y la cuasi orgía cede su lugar a una peregrinación musical que luego sublimará su fuerza mística hasta encarnarse en una marcha política.

Los músicos siguen tocando mientras un integrante del grupo grita algunas estrofas de protesta. Los peregrinos nocturnos le contestamos las que nos sabemos. Hay críticas a Peña Nieto, a su partido, a las televisoras, al PAN que gobierna Guanajuato y al mismo Cervantino.

Alguien comienza a gritar “pinche gobierno represor, no al fraude”; otro empieza con el clásico “el que no brinque es Peña” y hace que todos movamos nuestras piernas en señal de burla al Presidente electo.

El grito cede pronto su lugar a una toma del festival por parte nuestra. Nos apoderamos simbólicamente del cervantino gritando “El cervantino es nuestro, el cervantino es nuestro, no nos lo van a quitar”.

 

 

Algunos elementos de seguridad pública, siempre atentos a cualquier cosa que salga de lo que consideran normal, comienzan a seguirnos con sus patrullas cegadoras. No nos callamos, seguimos caminando. Nuestra actitud es cada vez más de confrontación.

Lo que comenzó siendo una patrulla se transforma en varias cerca de la salida a León. Ahora hay un ejército de uniformados rozándonos la espalda con sus porras. Dos policías municipales se acercan a un marchante rezagado desatando la indignación de los demás.

“¡Putos ya suéltenlo! ¡Pinches puercos de mierda, dejen de estar chingando!” Rodeamos a los policías con una valla humana y los encaramos para que suelten a nuestro compañero. Lejos de hacer eso, lo acuestan boca abajo y casi le aplastan la cabeza y la espalda con sus rodillas.

“¡Está cooperando con ustedes, cabrones! ¿Qué les pasa?” Sin que el detenido ponga ninguna resistencia, los oficiales hacen lo posible para prolongar el arresto como si de un grotesco performance se tratara.

“¡Conservadores hijos de puta, déjenlo en paz! ¡En Guanajuato son unos hipócritas; arrestan pero bien que les gusta nuestro varo!” Los gritos de indignación, inicialmente heterogéneos, ceden su lugar a una consigna común que entonamos todos: “¡Más poesía, menos policía! ¡Más poesía, menos policía!”

Algunos se acercan para ayudar al detenido y exigirles que cesen en su espectáculo, pero son repelidos a macanazos. A un compañero le toca recibir un macanazo en la cabeza y sale hacia atrás para que alguien lo revise.

Los policías no dan señales de soltarlo, más bien hacen lo contrario; piden refuerzos y se llevan detenidos a otros dos miembros del grupo: una chica y un chico.

Uno de los músicos deja su saxofón y se acerca a reclamar: “¿A ellos por qué se los llevan? Ya suéltenlos”. Los policías hacen ahora la valla y meten a los detenidos en una camioneta blindada.

Los gritos no cesan. La indignación crece. Algunos ya les están arrojando botellas de agua y latas de cerveza. Ellos arrancan y desaparecen con nuestros compañeros. Los separos están tan llenos que sólo se los llevan a ellos tres.

Un tipo gordo y uniformado sopla un pito y nos invita a regresar a nuestras casas, como si viviéramos ahí. El grupo se dispersa y cada quien jala para donde puede. Ya no hay ánimo para seguir tocando. A Majo se la traga una esquina. A los músicos un callejón.

Yo me quedo solo en un túnel subterráneo. Son las cuatro de la mañana y debo dormir en un algún lugar, en algún lugar que me permita olvidar el miedo y el asco que experimenté en Guanajuato.

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