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Moisés Carmona, veinte años después

Por Efraín Mendoza Zaragoza

Muy temprano, a las 8 de la mañana, frente al hotel La Estancia, a la mitad del camino entre la ciudad de Querétaro y San Juan del Río, el primero de noviembre de 1991 ocurrió un aparatoso accidente. Un anciano que justo la víspera había celebrado sus 79 años y que viajaba de Guadalajara a la capital del país, salió disparado del vehículo en que viajaba. El chofer había dormitado y el coche se estrelló contra el muro divisorio. Al caer su cuerpo en el asfalto inmediatamente fue arrollado por un tráiler. El cuadro no pudo ser más dramático: expulsión de masa encefálica, rostro y abdomen aplastados, piernas trituradas y la mano derecha cercenada.

 

Una muerte muy aparatosa para un buen hombre que vivió bajo la tormenta. Su cuerpo fue llevado a Acapulco y sepultado en el panteón de Las Cruces. En el sitio de su muerte, que el martes primero de noviembre cumplirá justo 20 años, nadie lo recordará.

 

Se trataba del sacerdote Moisés Carmona Rivera, nacido en Quechultenango, Guerrero, un pueblo de escasos cinco mil habitantes y que figura entre los 125 municipios más pobres del país. Ordenado en 1939, en reconocimiento a su valía a mediados de los años sesenta formó parte del Consejo Presbiteral de la Diócesis de Acapulco, junto a tres de los más notables eclesiásticos de la época: Rafael Bello Ruiz, Gregorio M. Bello y Ángel Martínez Galeana. En 1968, el año de la revuelta estudiantil, de manera clandestina el padre Moisés Carmona reunió armas de fuego y encabezó en el estado de Guerrero un frustrado complot nacional contra el Gobierno Federal.

 

En esos años tan intensos y de alta radicalidad para el mundo, la Iglesia Católica, conducida entonces por los Papas Roncalli y Montini, vivía una jubilosa primavera y el aire refrescaba los gruesos muros de esa institución que acumulaba ya 20 siglos sobre sus espaldas. Terminaba apenas el Concilio Vaticano II (1962-65), a cuyas reformas litúrgicas se debe el fin del uso del latín en la misa y la celebración de espaldas al pueblo. A tono con los aires democráticos que soplaban en el mundo, en su intento de puesta al día, la institución se alejó de su concepto aristocrático y se redefinió como “pueblo de Dios”.

 

En el mundo fue acogida esa reforma con entusiasmo y en la región latinoamericana dio pie a una interpretación nativa que tomó forma en la Teología de la Liberación, que inspiró importantes movimientos populares e incluso fue inspiración para combatir dictaduras. Gustavo Gutiérrez en Perú, Leonardo y Clodovis Boff en Brasil, Camilo Torres en Colombia, Fernando y Ernesto Cardenal en Nicaragua, Jon Sobrino y Oscar Arnulfo Romero en El Salvador, Sergio Méndez Arceo, Arturo Lona y Samuel Ruiz en México, simbolizaban el aggiornamento en “el continente de la esperanza”, alentaban las luchas populares y, en algunos casos, consiguieron el derrocamiento de dictaduras.

 

Ante esas transformaciones, que incluían el ecumenismo, la colegialidad y la libertad religiosa, el sacerdote guerrerense Moisés Carmona Rivera, asentado en la parroquia de Dominguillo desde 1959, reaccionó con firmeza… en contra de las reformas del Concilio. Consideró que se había ido demasiado lejos en la apertura al mundo y se había caído en la “herejía de la modernidad”. Como parte de un cisma internacional, clamó por la inamovilidad de la tradición, declaró espurio al Concilio, desconoció la autoridad del Papa y proclamó la restauración de la Iglesia Tridentina, el modelo de Iglesia resultante del Concilio de Trento, que cuatro siglos atrás había definido la ofensiva católica contra el protestantismo.

 

Para principios de los años setenta, el padre Moisés Carmona se vinculó con el jesuita Joaquín Sáenz Arriaga, que acababa de ser excomulgado por el cardenal Miguel Darío Miranda y se dispuso a dirigir el periódico Trento, fundado por Sáenz Arriaga. Carmona entró en contacto con tradicionalistas argentinos y europeos, principalmente de Francia y Alemania, que tenían en el arzobispo francés Marcel Lefebvre al líder mundial del tradicionalismo católico, el más reciente cisma en la historia católica.

 

Para 1976, monseñor Lefebvre sería suspendido a divinis y con el tiempo el padre Moisés Carmona se convertiría en la cabeza de esa escisión en México. Ya con Juan Pablo II al frente de la Iglesia, el 2 de julio de 1988, Lefebvre sería formalmente excomulgado. En la línea de apertura hacia el tradicionalismo, recientemente Benedicto XVI levantó la excomunión a cuatro obispos que habían sido ordenados por Lefebvre y que “tras un proceso de diálogo” reconocieron la autoridad del Papa.

 

El padre Moisés Carmona era un hombre bien intencionado, pero convencido de que las reformas conciliares corrompían a la institución religiosa. Durante dos décadas su templo de Dominguillo, en Acapulco, fue el epicentro del lefebvrismo en México. Bien intencionado, pero su radicalización lo llevó a protagonizar un enfrentamiento de escala internacional.

 

A finales de 1976, convertido en la figura más visible entre los seguidores del arzobispo Lefebvre en el país, Carmona anunció la realización en Acapulco de una Asamblea de la Unión Católica Trento, que encabezaría un delegado de monseñor Lefebvre, Héctor Bolduc, para desconocer en México al Papa Paulo VI y repudiar en bloque todos los documentos conciliares. Los seguidores de Carmona declararon “apóstata” al obispo de Acapulco, Rafael Bello, y el 8 de diciembre de ese año se declaró en Dominguillo el retorno del latín a las celebraciones litúrgicas.

 

En respuesta, en abril de 1977 el obispo Bello excomulgó al padre Carmona, en tanto que los seguidores de éste exigieron que la excomunión se aplicara al obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, el más aventajado entre los obispos progresistas de México. Para entonces, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, cuyos detractores llamaban “antipapa”, se disponía a viajar hasta Acapulco, con la oposición abierta del Episcopado Mexicano, que consiguió que el Gobierno Federal le negara la visa para ingresar al país.

 

Por esos días, tras la muerte del papa Paulo VI, en 1978, el obispo español Clemente Domínguez Gómez, un tradicionalista famoso porque desde años atrás decía tener visiones, declaró que el mismísimo Jesucristo en una visión le había concedido el derecho de sucesión en el papado y le ordenó se autoproclamara Papa. Al condenar “la herejía del modernismo” y el “comunismo” como ideologías que el Concilio Vaticano II había hecho suyas, mientras se encontraba en Bogotá, en agosto de 1978 se autoproclamó sucesor de Paulo VI y adoptó el nombre de Gregorio XVII. Por supuesto, Roma lo excomulgó de inmediato.

 

En la línea de la ruptura, la actividad internacional del padre Moisés Carmona se intensificó. El 17 de octubre de 1981, en Toulum, Francia, fue ordenado obispo en una catacumba por el arzobispo vietnamita Pierre Martin Ngo-Dinh-Thuc, el mismo que había ordenado obispo a Clemente Domínguez, el español que se había autoproclamado Papa. El mismo año promovió la creación de un seminario en Rochester, Estados Unidos. En 1982, en Acapulco, Carmona ordenó obispo a George J. Musey, de Texas, lo mismo que a Benigno Bravo Valadez, de Chilapa, y a Roberto Martínez, de Zamora, a quienes otorgó poder sobre el templo de Igualapa, Gro. En Búfalo, NY, Carmona consagró como obispo al lituano Louis Vezelis. En 1983, tras declarar que Juan Pablo II no era un Papa católico, se celebró en Acapulco una cumbre de “obispos cismáticos”, entre quienes estuvo el mismísimo Ngo-Ding Thue.

 

Durante los años siguientes el obispo de Acapulco toleraría la actividad de los disidentes tradicionalistas, que mostraban una discreta expansión. Frecuentemente el obispo Rafael Bello hacía llamados a “la conversión”. El último llamado, infructuoso por supuesto, ocurrió el 6 de septiembre de 1991. Tres semanas después, Carmona viajó a Washington, donde consagró obispo a Marco Antonio Pivarunas. Después viajó a Europa. De regreso a México estuvo en Guadalajara y sólo se detuvo en Zamora para reconciliarse con un viejo amigo.

 

Quiso la historia que el padre Moisés Carmona falleciera en Querétaro el mismo año que en Suiza murió Marcel Lefebvre. Luego de tres días de honras fúnebres fue sepultado en un panteón de Acapulco. Cinco años después, uno de sus más fieles seguidores, Martín Dávila Gándara, encabezó la exhumación de los restos del padre Carmona y los trasladó al templo de Dominguillo. En 1998, la Sociedad Sacerdotal Trento, presidida por Mark Anthony Pivarunas, eligió a Dávila como sucesor de Carmona.

 

A la fecha, sus fieles siguen esparcidos por distintos puntos del país, Sonora y Yucatán, notoriamente. Incluso se tuvo noticia de ordenaciones en Puruarán, Michoacán, entre disidentes de la teocracia de Papá Nabor en la Nueva Jerusalén, y en el vecino municipio de Apaseo el Alto. Sus fieles se definen como “la segunda generación de católicos de la resistencia al Concilio Vaticano II” y al guerrerense lo llaman “Santo Padre Carmona”.

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