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Multimillonarios

Ha sido dada a la publicidad una carta abierta firmada por 18 magnates norteamericanos, con una singular petición. La noticia, que parece insólita, fue cabeceada así por un diario nacional: “Multimillonarios de Estados Unidos piden que por ética les cobren más impuestos”. Pero no. Nada hay de novedad. Ni generosidad alguna o deseo de justicia. Tampoco es la primera vez que un grupo de potentados norteamericanos pide reformas para pagar más al fisco.

Más allá del argumento ético, que ellos invocan, saben del escándalo que significa el hecho de que la riqueza de la delgada capa a la que pertenecen, que representa el 0.1 por ciento de la población, equivale a la riqueza que posee el 90 por ciento de la población de la nación más poderosa del planeta. Cuando la desigualdad es tan ostentosa, lo saben bien, las fortunas corren peligro.

Lo cierto es que en ese país hay un interesante debate sobre la pertinencia de la creación de un impuesto específico para las grandes fortunas, que contribuya a paliar la desigualdad, los efectos del cambio climático y la salud pública. Se trata de un tema que, por cierto, ya se ha traducido en leyes en algunas naciones europeas.

Es en ese contexto en que se da el pronunciamiento. Al menos cuatro de los más fuertes precandidatos demócratas a la presidencia de Estados Unidos vienen planteando la necesidad de imponer tasas de hasta el 3 por ciento a las grandes fortunas, de acuerdo con su tamaño. Y lo que los megarricos hacen con su carta es admitir la racionalidad sobre la que descansa esta exigencia, pero lo que en el fondo buscan es que la tasa sea más moderada, y que no supere el 1 por ciento.

Así las cosas, ni tan éticos ni tan desprendidos los multimillonarios, siempre tan esmerados en aparecer como altruistas y socialmente responsables. Pero su pronunciamiento ha venido a recordarnos la urgencia de que el fisco recupere su función redistributiva, su papel regulador en la moderación de la opulencia y la indigencia.

Esto aplica para Estados Unidos, para el mundo subdesarrollado y, desde luego, para México. Y está sirviendo para recordar, otra vez, lo que ha confesado un inversionista de apellido Buffet, dueño de la tercera fortuna de Estados Unidos, esto es, que lo que él paga al fisco representa, fíjese usted, una tasa menor a la que cubre, por ejemplo, su secretaria.

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