Munay: Una historia de vida a través de los libros

Justo en la entrada de Plaza Pedregal, en el pueblo mágico de Tequisquiapan, “Munay”, de 58 años, quien ha preferido el anonimato para esta entrevista, extiende una enorme sombrilla para refugiarse del implacable sol que azota Querétaro por las tardes. Debajo, coloca una selección de libros que minutos antes yacían en el librero de su casa.
A lo largo de la jornada, Munay ofrece a todos los clientes que entran y salen del centro comercial un atractivo 2×1 de tan solo 50 pesos por dichas obras.
La rutina ha sido la misma desde hace siete años. En un país con un bien conocido desinterés por la literatura, este oficio ha sido demandante y frustrante, pero, siempre que se concreta una venta, es recíproco, ya que un lector vendiéndole a otro es un intercambio intelectual que hace del día algo provechoso.
El contexto que rodeó a Munay desde su infancia la llevó a este peculiar y llamativo trabajo. Pero también, es parte de las consecuencias, de los síntomas que padece la sociedad latinoamericana desde hace ya bastantes años.
El faro de esperanza
Nació y pasó la primera etapa de su niñez en Ecuador. Criada por sus abuelos, debido al prematuro divorcio de sus padres. Un padre que, a cambio de dinero, partió de Ecuador sin conocer a su hija, bajo la condición impuesta por su madre de poder buscarla (si así lo quería), hasta que tuviera 18 años.
Con el padre en París, Francia, y la madre en Chicago, Estados Unidos, ella creció bajo un escenario poco alentador. Sin embargo, su abuelo, un lector nato y poseedor de una biblioteca con más de 5 mil volúmenes, fue un faro de esperanza, una manera cálida de afrontar la situación.
Leían juntos todos los días, creció rodeada de libros, en una casa donde el hábito de la lectura no era una obligación, sino una necesidad. Con el diccionario en una mano y la novela en turno en la otra, Munay, sin saberlo, dio pie a lo que sería su filosofía de vida.
La llegada a México
Lamentablemente, ese faro de esperanza se apagó de golpe. Apenas cumplidos los 15 años, la muerte de sus abuelos marcó el fin de su infancia y la obligó a abandonar no solo su país, sino también el único tesoro físico que le quedaba de su hogar: la imponente biblioteca familiar…
“Mi madre por esos años ya se encontraba en México, había dejado Chicago desde hace tiempo, por lo que me tuve que mudar con ella. Pero, cuando llegué a este país, tuvimos que donar la biblioteca de mi abuelo, porque ella no autorizó que se llevara en barco”, relató Munay.
Ya transcurridos los primeros cinco años en México, un día, en la embajada de Ecuador en Ciudad de México, conoció al que sería su esposo, también ecuatoriano y lector empedernido, con quien conectó al instante. “Memorias, confieso que he vivido” de Pablo Neruda, fue el libro por el que se relacionaron, durante el resto de sus vidas. Ambos lo consideraban su “libro consentido”.
“Mi esposo era un sibarita, de lo bueno, lo mejor, le gustaba la buena comida. Entonces cuando nos casamos, él me dijo, no te preocupes, para eso están los libros, me compraba libros de cocina, que son los únicos que nunca venderé, nuestra hija es chef y además de la lectura, la cocina es mi otra pasión”, comentó Munay.
A principios de los 90, Munay y su esposo se mudaron a San Juan del Río, Querétaro, por motivos de trabajo.
“Llegamos a San Juan del Río porque mi esposo se dedicaba a la construcción de naves industriales. En San Juan construimos 23, y después nos mudamos a Tequisquiapan, ya que queríamos un lugar más tranquilo para criar a nuestra hija”, afirmó Munay.
La carta del padre
Luego de un par de años, en un viaje que su madre realizó a Ecuador para visitar a sus otros hijos (medios hermanos de Munay), esta se reencontró con su exesposo. El interés era notorio, quería saber qué había pasado con aquella niña que ni siquiera pudo conocer. Su madre le relató que incluso ya tenía a su propia familia, pero que estaba en total libertad de buscarla, pues el acuerdo solo fue hasta los 18 años.
“Mi papá me escribió una carta, en donde se disculpaba y pedía por favor conocerme. Me ofreció pagarme un viaje a París. Pero por más ganas que tuviera de conocer la ciudad del amor, me negué por principios morales y éticos. Mi padre entonces se ofreció a venir a México y quedarse en mi casa unos días, pero insistí en que mejor se hospedara en un hotel para poder conocerlo primero. Insistió demasiado, pero nunca acepté si no era bajo mis términos, él se molestó y dejó de escribir”, sentenció Munay.
La esquina de los libros
La familia vivió varios años bien instalada en el mundo empresarial queretano. La nueva biblioteca privada, construida con los libros que cada miembro aportaba de forma recurrente, era ahora esa fuente de alivio para todos en casa.
Y, sin saberlo, sería también la responsable de arropar a la familia en un momento desconsolador y crucial en su historia. El esposo y padre de familia, el sibarita, el lector de Neruda, luchó contra la insuficiencia renal durante tres años, hasta que falleció.
“El último año, tuvimos que pagar por hemodiálisis privadas y otros tratamientos, agotando nuestros recursos económicos. Nos vimos obligadas a vender coches y otras pertenencias. Fue entonces cuando mi hija me sugiere vender los libros: ‘No podemos hacer una sopa de libro… lo que tú aprendiste de ellos te quedó acá’. Eso me dijo, lloré al venderlos, pero tenía razón, solo no vendí los de cocina, pero ahora, estamos bien, yo lo amé mucho”, explicó Munay.
La historia de Munay es un claro ejemplo de lo inestable que ha demostrado ser la sociedad Latinoamericana. No se trata solo de estereotipos, como el padre ausente en casa, o la desconexión familiar, es también la precariedad del sistema de salud público, las pocas ofertas laborales enfocadas en la cultura, o la nula promoción de los emprendimientos que, como este, suman a la identidad artística del pueblo y del municipio.
“Leer es chido”, dice Benito Taibo, en cada oportunidad que tiene frente a una multitud. Munay vivió y vive a través de los libros, relativa y literalmente hablando, y eso, en un país que se resiste a la lectura, es un acto de resiliencia que vale la pena apreciar.




