DestacadasInformación

Ni la lluvia detuvo la fiesta: México avanza y Querétaro celebra hasta las calles

Hay partidos que duran 90 minutos y otros que se quedan mucho más tiempo en la memoria. El de la Selección Mexicana frente a la Selección de Ecuador fue uno de esos. No solo porque aseguró el pase a los octavos de final del Mundial 2026, sino porque convirtió una tarde lluviosa en una auténtica celebración que terminó extendiéndose por las calles de Querétaro.

A las cinco de la tarde, dos horas antes del silbatazo inicial, los alrededores del estadio ya lucían llenos. Familias completas, grupos de amigos y aficionados vestidos con la playera verde caminaban entre los accesos mientras buscaban un buen lugar para seguir el encuentro. El ambiente era el de siempre: música, banderas, fotografías y conversaciones que giraban alrededor de una misma ilusión.

Sin embargo, el partido no comenzó a la hora prevista. Debido a las condiciones climatológicas en la Ciudad de México, el inicio se retrasó una hora. La espera, lejos de desesperar a los asistentes, solo aumentó la expectativa. Nadie quería irse. Todos permanecían atentos a la pantalla, comentando la situación mientras el cielo comenzaba a oscurecer y amenazaba con descargar la lluvia que ya se sentía cercana.

Finalmente, a las ocho de la noche, el balón comenzó a rodar. Apenas habían transcurrido los primeros minutos cuando la lluvia apareció con fuerza. El agua cayó de golpe sobre los asistentes, obligándolos a refugiarse como podían bajo las zonas techadas o muy cerca de la pantalla principal. El espacio se redujo, pero el entusiasmo no. Entre paraguas improvisados, impermeables y quienes simplemente decidieron mojarse, nadie dejó de mirar el partido.

Entonces llegó el primer gol.

El grito fue inmediato. Una explosión colectiva recorrió el lugar. Los abrazos aparecieron entre desconocidos, las banderas comenzaron a ondear con más fuerza y el sonido de los festejos logró imponerse incluso sobre la lluvia.

Pero la verdadera locura llegó con el segundo tanto.

La euforia se desbordó por completo. La cerveza salió disparada por los aires, los aficionados brincaban sin importar que el piso estuviera completamente mojado y los cánticos se escuchaban desde cualquier rincón. A diferencia de otros encuentros, esta vez el festejo fue mucho más intenso. El pase a los octavos de final estaba prácticamente asegurado y todos parecían ser conscientes de que estaban viviendo uno de esos momentos que unen a miles de personas por un mismo sentimiento.

Cuando el árbitro señaló el final del encuentro, el marcador confirmó lo que todos esperaban. México avanzaba a la siguiente ronda y la ilusión crecía. Ahora el siguiente reto sería la Selección de Inglaterra, un rival de mayor exigencia, pero esa preocupación podía esperar. Por unos minutos solo existía espacio para celebrar.

Aunque muchos aficionados decidieron permanecer en el estadio para disfrutar del concierto programado al término del partido, otros comenzaron el camino de regreso. Sin embargo, la fiesta estaba lejos de terminar.

Desde la salida del estadio se respiraba un ambiente completamente distinto. Los automóviles hacían sonar sus claxons sin descanso mientras los aficionados sacaban banderas por las ventanas y gritaban «¡Arriba México!», «¡Vamos México!» y «¡Estamos en octavos!». Cada vehículo que pasaba parecía sumarse espontáneamente a un desfile improvisado.

La lluvia continuaba, ahora convertida apenas en una ligera llovizna que no lograba apagar el ánimo de nadie.

Después de abordar una ruta rumbo al centro de la ciudad, ocurrió un imprevisto. A la altura de la Alameda, el camión cayó en un hoyo y quedó completamente atorado, obligando a todos los pasajeros a bajar para continuar el trayecto caminando.

Lejos de convertirse en una molestia, el recorrido permitió descubrir que la celebración había salido del estadio para adueñarse de la ciudad.

Las calles estaban completamente llenas de personas caminando con la playera de la Selección. Familias enteras, grupos de amigos y aficionados seguían cantando mientras avanzaban rumbo al centro. Parecía mediodía por la cantidad de gente que ocupaba las banquetas.

Las camionetas pasaban con la música a todo volumen, algunos de pie mostrando orgullosamente la bandera de México, otros hacían sonar cornetas y los claxons seguían marcando el ritmo de una celebración que parecía no tener prisa por terminar.

Al llegar a la zona del Jardín Zenea y sus alrededores, la concentración de personas era todavía mayor. Todo indicaba que la fiesta apenas comenzaba.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba