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No des motivos. Las voces que justifican la violencia

Si bien es cierto, la violencia no es para nada un valor o una virtud, es un acto que pareciera tener una justificación distinta cuando de género se trata. En el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia en contra de la Mujer, platicamos con la doctora Oliva Solís Hernández, Profesora-Investigadora adscrita a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAQ, sobre el concepto de la violencia ejercida en contra de las mujeres y la que las propias mujeres ejercen; sus estigmas y prejuicios por razones de género y cómo esto, puede modificar o no, su interacción con el mundo.

“La mujer no puede ser violenta”

En entrevista con Tribuna de Querétaro, la profesora explicó que el decir que la mujer no puede ser violenta o presentar un comportamiento que no sea “propio de una dama” es parte de los estereotipos y la construcción histórica sobre lo que significa ser mujer. Se trata de otra manera de control, ya que, de acuerdo a los mandatos de género, se asume que las mujeres deben ser buenas y sumisas.

La educación diferenciada entre niños y niñas, ha fomentado una idea sobre las responsabilidades, obligaciones y derechos de cada uno: a los niños se les educa a “no dejarse”, mientras que a las niñas se les enseña a “aguantar y asumir”; las mujeres son señaladas y juzgadas severamente cuando muestran actitudes o conductas agresivas que, por otro lado, se impulsan en los varones. 

“Las mujeres son las responsables de que en el hogar exista paz, concordia, y eso supone el que reprimas todos tus malestares, tus inconformidades, etc. Entonces nos educan de distinta manera a mujeres y a varones para inhibir o potenciar estas conductas violentas. Y muchas veces esta inhibición lo que genera es más frustración y hace que cuando se estalle, estalle la violencia en grados que a veces tienen consecuencias funestas”, sostuvo la doctora Oliva Solís.

Mujer: madre por naturaleza

Para la doctora Solís, la educación también hace una diferencia entre géneros al educar a las mujeres para ser madres y a los varones para ser padres y en estos roles si se justifica la violencia cuando a la madre le toca castigar y reprender a los hijos para evitar que sea el padre quien se desgaste con ellos: “Para evitar conflictos con los papás, las mamás asumen que a ellas les corresponde educar y castigar. De hecho, hay muchos memes y chistes que enfatizan esto, como lo es el de la chancla de mamá como el instrumento de corrección. Y esto forma parte de una violencia que hemos aprendido (…) Creo que la violencia, por eso decimos, es estructural, la tenemos introyectada de múltiples maneras a través de los procesos de socialización y a veces también de educación más formal”, afirmó.

Señaló que históricamente se ha asumido que el deber de la mujer es tener hijos, que, al estar dotadas naturalmente de cualidades físicas y emocionales, una mujer que no es madre, es una mujer incompleta. Sin embargo, es importante entender que no existe el instinto materno, que no se nace mujer para ser madre, ni mucho menos es una obligación serlo: “Hemos aprendido a querer como madres, a actuar como madres, a hacer las cosas que hacen las mamá (…) Fundados en esta cuestión de la naturaleza, el sistema patriarcal ha construido un discurso que le permite desarrollar la fuerza de trabajo. Y entonces para ello, lo han señalado ya algunas teóricas del feminismo, quizá la primera y una de las más importantes Gayle Rubin cuando habla acerca de que el origen del sistema patriarcal tiene que ver con la apropiación de la sexualidad de las mujeres y la capacidad de reproducción de la especie”, manifestó.

Este tipo de discursos han estado presentes a lo largo de la historia. Según relató la investigadora, esto se ve desde el Antiguo Imperio Romano hasta los regímenes fascistas, en donde para asegurarse de tener soldados al servicio de la nación, el Estado promovió –incluso muchas veces con la Iglesia Católica- la maternidad obligatoria.

“Cuando la guerra se convierte en un elemento que guía a una nación es necesario tener soldados. Cuando es la industria la que sostiene el modelo económico o político, pues entonces lo que hay que proveer es mano de obra. Y entonces es necesario que nos reproduzcamos para poder abastecer la mano de obra que requiere la industria”, señaló.

Esta idea de ser madres regularmente va de la mano con el hecho de casarse y formar una familia. En este sentido, aunque –en comparación con hace algunos años- actualmente hay más libertad para elegir pareja, lo cierto es que del siglo XIX hacia atrás el matrimonio era un acuerdo político en donde la mujer era vista como un producto de cambio, sin voz ni voto. Eran los hombres de la familia quienes tomaban las decisiones que le correspondían a la mujer según les beneficiara a ellos. “No había posibilidad de que las mujeres decidieran sobre su pareja, porque era un mandato establecido. Había también esta idea de: aunque no lo conozcas, ya si luego lo amas con el paso del tiempo, pues ya vas de gane, pero si no, pues mantente tranquila para llevar la fiesta en paz, no des motivo para que haya violencia, no des motivo para que te rechacen. Entonces a la mujer le toca aguantar”, mencionó.

A la mujer se le ha impuesto no solo el casarse, sino también el formar una familia y tener hijos, pese a que este no sea su deseo. En este sentido, como una forma de control sobre su cuerpo, el aborto es un tema que sigue siendo mal visto en la sociedad. Y parte del estigma que gira en torno al aborto tiene que ver con los discursos de la iglesia: “Existe la idea de que abortar viene a interrumpir la voluntad divina, y entonces quién eres tú para tomar decisiones que atentan contra el orden establecido por Dios que asume la reproducción obligatoria”, dijo Solís.

Todo esto viene a confirmar una vez más que no hay mujeres que estén exentas de la violencia. Sin importar la edad, la profesión o el lugar, las mujeres son violentadas constantemente. De acuerdo con la doctora Solís, todas las instituciones y muchos actores han sido partícipes de la legitimación de este tipo de discursos. Existen instituciones que son mediadoras y que legitiman y perpetúan estos discursos, como  la iglesia y los medios de comunicación. “La iglesia a través de muchos documentos y, sobre todo, a través de los sacerdotes en el confesionario, en el púlpito, ha reproducido y siguen reproduciendo estos discursos (…) Asimismo, los personajes que aparecen en los medios de comunicación siguen reproduciendo estos estereotipos y, con la reproducción, los legitiman. Y en casa, los papás y las mamás muchas veces seguimos reproduciendo y legitimando estos discursos. De ahí la necesidad de que estemos muy atentos y atentas, pensando en lo que estamos diciendo, en el lenguaje que estamos utilizando, en las ideas y los estereotipos, en las representaciones sociales que estamos proyectando y que habría que empezar a cuestionar y a modificar”, sostuvo.

Visibilizar patrones, para acabar con ellos

De acuerdo a la investigadora, lo que se necesita para eliminar estos discursos y prácticas sexistas es, en primer lugar, visibilizar estos patrones, hacer evidente estas formas de violencia que están naturalizadas y, luego entonces, capacitar a todas las personas que participan en las diferentes instituciones en la clasificación y canalización de las distintas denuncias por violencia. Esto debe hacerse en todas las instituciones y los espacios de trabajo, así como también en el ámbito escolar: “Por supuesto (esto es a más largo plazo) yo creo que tenemos que educar de manera diferente, y ahí es donde es fundamental la transversalización de la perspectiva de género con los cuerpos profesorales. Tenemos que empezar a hacer que los compañeros y las compañeras se apropien de lo que supone la perspectiva de género, de lo que es el uso del lenguaje no sexista, porque luego hay veces que se confunden y asumen que con poner “las y los” ya estamos adoptando la perspectiva de género, y eso es solo una pequeña partecita muy de carácter formal, pero que no necesariamente está calando en la transformación de las formas de pensar de todos y todas las que formamos parte de la sociedad. Entonces yo creo que es un trabajo que tenemos que ir haciendo en distintos niveles, en distintas velocidades. Hay unos que son muy urgentes y que hay que atender más rápido y que requieren capacitación, y otros que son más lentos, de más larga duración, pero que se supone que podrían ser más profundos, que debieran ser más profundos para lograr un cambio verdadero”, finalizó la académica.

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