Información

Oaxaca, el paraíso recuperado

Es la tierra del mole, el mezcal y el chocolate; con 570 municipios hay caminos que vale la pena recorrer

Foto: Rubén Cantor Pérez

Por: Rubén Cantor Pérez

Vas llegando a la TAPO, a esa central de autobuses que sólo conocen los que van para Puebla o Veracruz, y que para los queretanos es tan desconocida como la del Sur (Taxqueña).

Compras el boleto de la una para llegar a Oaxaca a las seis de la mañana.

 

Ya pasaron no sé cuántos kilómetros y los pasajeros, incluido tú, salen de su estado vegetativo para apresurarse a sacar sus maletas, como si el camión llevara convictos especializados en robo a camión, lo curioso es que esa paranoia se contagia y eres el primero en salir del camión victorioso.

La noche no tiene ganas de dar paso al día, pero ya falta poco para amanecer. Sales de la central de Oaxaca cargando una aparatosa mochila, pues llevas una casa de campaña y tus respectivas pertenencias de viaje. Si tomas un taxi te cobrará más de 50 pesos por recorrer un par de calles, y si te esperas a que empiecen a llegar los microbuses pagarás menos de 10. Tú decides lo que te convenga.

Te deja el micro, o el taxi si el dinero te sobra, en el mero centro. La gente entra en escena y los comercios abren. Estás ante un típico día en Oaxaca, que en realidad no dista mucho de lo que has visto en otras ciudades, la diferencia está en que aquí la hora de la comida (entiéndase desayuno, comida y cena) es la gloria.

Tu estomago no sabe lo que le espera. Preguntas dónde se puede comer rico y barato y todos coinciden en un lugar: El mercado 20 de Noviembre.

La vendedora de sombreros te acaba de recomendar el comedor La Abuela y te fías de su palabra. Pides una tlayuda o mole negro con pechuga de pollo, lo comes tan tranquilamente como te permiten los muchos vendedores de artesanías que te interrumpen cuando tienes la comida en la boca, no alcanzas a contestar un “no” pero entienden tu cara de disgusto.

Has comido rico y barato; es difícil que olvides en un buen rato ese sazón oaxaqueño. Lo único que puedes hacer es ir a comprarle un sombrero a la vendedora que te guió en ese buen camino gastronómico, sé un poco agradecido, de cualquier forma mañana lo necesitarás.

 

Nuestro Machu Picchu

En la van en la que subes a Monte Albán te acompañan una africana, un japonés y un par de gringas, como si fuera chiste internacional.

Lo bueno es que llevas sombrero porque el sol este día está entusiasmado. El cielo azul encaja perfecto en esta postal arqueológica que dio asilo a diversas etnias, entre ellas la zapoteca y la mixteca.

No tienes que pagar un guía para poder disfrutar de tan esplendoroso lugar, de todos modos los letreros informativos, que casi nadie lee por cierto, te dicen lo que necesitas saber.

Se me olvidó recordarte que no debías comer tanto antes de subir a Monte Albán, entre las curvas del camino y las escaleras empinadas tu estomago puede alterarse, pero ya estás aquí, entonces olvídalo y disfruta esta vista panorámica que te hace odiar a la Conquista y pensar en lo que hubiera sido de nosotros como civilización sin el hurto, las violaciones y destrucción de los españoles.

Demasiado caminar entre ruinas, regresas a la capital a preparar tus cosas para irte en la noche a la playa.

 

Qué fácil se olvidan Ixtapa y Puerto VallartaFoto: Rubén Cantor Pérez

De nuevo, es mejor viajar de noche, ya que el trayecto es, otra vez, de seis horas. Sólo que esta ocasión no puedes olvidarte de tomar Dramamine, porque la carretera a Pochutla hace parecer a la de la Sierra de Querétaro un día de campo.

No se te ocurra asomarte por la ventana si no llevas algo para el mareo. Aunque la vista es demasiado agradable, verde por todos lados, como si no existieran ciudades acabando con la naturaleza. Pensándolo mejor el paisaje bien vale un mareo, sólo no se te vaya a pasar la mano.

Justo en la parte álgida del sueño el chofer, ya muy enojado, te exige que te bajes del camión, pues eres el único que compró boleto para Pochutla y los demás pasajeros ansían llegar a Puerto Escondido.

Se va el camión y en la central has quedado solo.

Afuera hay taxis y camionetas que te llevan a Zipolite, los primeros cobran 50 pesos, los segundos 10 pesos, de nueva cuenta tú eliges el transporte.

La carretera que te lleva al mar está plagada de vegetación, cual selva, y no podían faltas la curvas peligrosas, que parecen ser el sello distintivo del estado (“Bienvenido a Oaxaca, cuna de curvas peligrosas y del mezcal”, debería decir el letrero que te recibe).

El calor anticipa tu destino, aunque todavía no puedes ver el mar, los oídos tapados y el olor te lo dibujan en la cabeza.

El chofer te abre la cajuela para que tomes tu mochilota y te señala la dirección de un buen hotel que permite acampar, le das las gracias y no puedes dejar de ver la playa, destino final de tantas películas y libros.

Preguntas a la dueña del negocio –una francesa– por el costo de la acampada y te contesta que 20 pesos por persona, eso incluye baño y regadera comunal. Tres casas de campaña están instaladas y sus habitantes al salir te dan la bienvenida.

Después de armar tu casa vas a echarte en la playa por un largo periodo, en lo que asimilas lo que estás viendo. Y no lo digo por las parejas de encuerados que pasan por ahí, ya que Zipolite es una playa nudista.

Con mediodía que pases aquí te darás cuenta de que medio pueblo está constituido por europeos, en especial italianos y franceses, por ello la abundante cantidad de pizzerías y creperías que opacan a las marisquerías.

Si te aburres de Zipolite –o de plano no pudiste nadar por lo peligroso del mar, tomando en cuenta que Zipolite significa “Playa de los muertos” en zapoteco– puedes moverte a Mazunte o a Puerto Ángel, recomiendo el primero. El traslado te cuesta 10 pesos y no haces más de 20 minutos a cualquiera de las dos opciones.

Espero hayas escogido Mazunte, porque además del Centro Mexicano de la Tortuga, la playa es muy tranquila y segura.

A partir de aquí el viaje queda en tus manos, puedes quedarte una semana en Mazunte o recorrer las playas aledañas, que son muchas. No te vayas a estresar al recordar que Oaxaca tiene 570 municipios, los cuales difícilmente conocerás en esta visita –o en el resto de tu vida–, sin embargo por algún lugar habrías de empezar y qué mejor que por estas playas que te regalan un mar abierto que te sosiega, por más preocupaciones que cargues desde tu ciudad de origen. Al menos el regreso será más ligero.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba