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Peña Colorada: lo que no se dice

Por: Abelardo Rodríguez Macías / Unidad de Investigación Periodística UAQ

 

“Muchos de los conflictos por la defensa de la tierra parecen haberse esfumado en un pasado borroso que se nos escapa. En el periodo subsiguiente a la urbanización masiva, la tierra ya no parecía ser uno de los medios básicos para la reproducción social, mientras que las nuevas tecnologías proclamaban ser capaces de proveer toda la energía, la autonomía y la creatividad que una vez se asociaron con el autoabastecimiento y la agricultura a pequeña escala”.

Silvia Federeci

 

Desde el año 2000, grupos ecologistas han promovido la protección de zonas naturales alrededor de la mancha urbana que día a día crece en los municipios de Querétaro, El Marqués y Corregidora. El Tángano, el Cimatario y Peña Colorada son las reservas territoriales, que por sus características, deben ser protegidas del avance inmobiliario.

 

La ciudad de Querétaro tiene un crecimiento acelerado y la presión sobre estas reservas territoriales es cada vez mayor. En Peña Colorada están en juego 4 mil 983 hectáreas, correspondientes en su casi totalidad a nueve ejidos de los municipios de Querétaro y El Marqués. Esta zona ecológica representa una reserva natural de agua y un pulmón de oxígeno para la región. Pero los ejidatarios afectados no quieren que se decrete a Peña Colorada como Zona Natural Protegida (ZNP). Básicamente argumentan tres razones.

La primera es que como ejidatarios son sujetos de Derecho y que aun cuando “no es expropiatorio” el decreto, éste implica una serie de regulaciones y normas que prácticamente los convierte en “extraños en su propia tierra”, pues ni siquiera podrían hacer uso de la leña, ya no se diga del agua y otros recursos que hoy les pertenecen.

Una segunda razón, es que tienen suficientes experiencias para desconfiar de “las buenas intenciones del gobierno”, pues están seguros que este es sólo un paso para posteriormente hacer “cambios en el uso de suelo”, como pasó con El Tángano durante el sexenio del panista Armando Rivera Castillejos (2003-2006), o más recientemente con la plaza comercial Antea, construida sobre una zona protegida, y de esta manera entregar sus tierras a las grandes inmobiliarias como Desarrollos Residenciales y Turísticos (DRT) y a la familia Torres Landa de Juriquilla.

La tercera razón para oponerse a la ZNP en Peña Colorada, es que con esto “pierden su forma de vida como campesinos”. Forma de vida que ha garantizado, hasta hoy, su auto-suficiencia alimentaria y la protección de los recursos naturales en la zona.

Por su parte, los grupos ecologistas, a pesar de no aceptar una entrevista porque “no hay nada nuevo que decir”, hasta “nos han amenazado si seguimos con el tema de Peña Colorada, de manera “informal” nos han compartido sus sospechas de que detrás del movimiento opositor de los ejidatarios a Peña Colorada “hay mano negra (…) seguramente de las propias inmobiliarias que comprarían esas reservas territoriales, en complicidad con el gobierno del Estado y de los propios ejidatarios”.

Por su parte, y también de manera “informal”, funcionarios del gobierno consideraron “que alguien mueve a los ejidatarios con fines políticos”. Este triángulo Gobierno-Ejidos-Ecologistas, es un triángulo de desconfianzas mutuas.

 

Lo que no se dice.

 

“Los mesoamericanos no sembramos maíz, los mesoamericanos hacemos milpa, y son cosas distintas, porque el maíz es una planta y la milpa es un modo de vida. La milpa es matriz de la civilización mesoamericana. Si en verdad queremos preservar y fortalecer nuestra identidad profunda, no sólo agroecológica, sino socioeconómica, cultural y civilizatoria, debemos pasar del paradigma maíz al paradigma milpa, un concepto complejo que incluye al maíz pero lo rebasa por la izquierda”/ Armando Bartra

 

Lo que no se destaca en el conflicto “ecológico” de Peña Colorada es la importancia que tiene el ejido como medio de subsistencia humana para más de 15 mil personas, que aproximadamente viven en esta zona.

Desde el punto de vista del Mercado y del Estado, esta agricultura doméstica “no es productiva”. A nivel mundial, son estas agriculturas de sobrevivencia las que dan de comer al 70 por ciento de la población de este planeta.

Desde este punto de vista, central para la reproducción de la vida, el conflicto de la tierra en Peña Colorada va mucho más allá de preservar reservas de agua y de flora y fauna y pulmones de oxígeno. Implica la alimentación y la vida de miles de seres humanos que directamente dependen de su producción agrícola para no hundirse completamente en la pobreza.

Cuando menos esto lo deja ver las características de los ejidatarios afectados e inconformes, como don Juventino Aguilar Aguilar, de San Pedrito el alto, quien al igual que los 24 ejidatarios que constituyen este ejido, sólo posee una hectárea para cultivo, en donde siembra maíz y frijol para su autoconsumo.

Don Juventino es un campesino pobre y “desprofesionalizado”, es decir, que no vive de su trabajo. Lo que le da “excedentes” para cubrir sus necesidades es su taxi. Don Juventino no duda en decir que él es campesino y que sólo por necesidad tiene que dedicarse al taxi. Pero por otro lado, más allá del amor y el gusto que tiene por la tierra y el trabajo del campo, lo cierto es que tampoco le conviene dejar de cultivar y cosechar su parcela, pues con ella completa la alimentación de su extensa familia, la cual incluye sobrinos y nietos.

El llamado que le hace a las ecologistas, es el mismo que hizo por teléfono a Pamela Siurob, directora del Parque Cimatario, “volteen a vernos, conózcanos (…) los ejidatarios también somos sujetos de derecho”.

 

Se protege la ecología, se margina a las comunidades

Cuando se decreta una Zona Natural Protegida, cuentan sobre todo los recursos naturales, los árboles, la fauna, la flora, el agua, pero no a las comunidades que viven en ellas. Se les trata como “enemigas de la ecología”, como antaño se les llamó “enemigas del progreso”, y a las que hay que estar vigilando y castigando permanentemente.

También deberíamos considerar esta omisión como una violación a sus Derechos Humanos, como sucedió en 2005, cuando a la comunidad indígena de los Cucapás, de Baja California, debido a una ley ecológica, se les prohibió pescar en sus aguas comunitarias, lo que los condenaba al hambre.

Pues cualquier comunidad sabe el valor de conservar las fuentes de su subsistencia, ya que es una situación de vida o muerte. En este caso, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos tuvo que intervenir. Claro que se nos podría objetar cuando menos dos cosas: Una, que el decreto de ZNP no les impide trabajar sus tierras.

A lo que los ejidatarios han respondido que si ahora los tienen al borde de la extinción como campesinos, la ZNP viene a ser otra carga para desalentar su importante papel en la economía real, la microeconomía doméstica y de sobrevivencia, pues prácticamente tendrían que pedir permiso hasta para ingresar a sus parcelas.

La otra objeción podría ser que el decreto de una zona natural protegida busca “el bien común” y no el bienestar particular de un grupo minoritario. Sin embargo, deberíamos revisar estos parámetros en donde el campesinado pobre tiene que sacrificarse a favor de un modelo de desarrollo contaminante, clasista, que privilegia a ricos sobre pobres, destructor, egoísta, pues antepone el lucro a la vida, y parasitario, pues vive del agua y los recursos de otros, como bien lo encarna “el crecimiento” de la ciudad de Querétaro. Visto así, las cosas se invierten y “los grupos minoritarios” se convierten en mayoría. Principalmente cuando en las grandes ciudades, como la nuestra, no se hace nada significativo para su propia sustentabilidad.

Por ejemplo, ¿podríamos generar en nuestras ciudades los alimentos que nos vamos a comer?, principalmente hoy que intoxican con transgénicos. Hay 9 ejidos afectados por Peña Colorada, condenados, tarde o temprano, a desaparecer gracias a las políticas económicas neoliberales que han destruido los tejidos sociales y la autosuficiencia alimentaria.

Don Juventino, quien vive en la colonia Peñuelas, toma entre sus callosas manos una mazorca del cuarto que le sirve de troje, y dice como en una metáfora de la difícil situación de la agricultura en este país.

“Mire, parece que está seca, pero en realidad está llena de vida”.

Sólo un dato más: En 2011 México tuvo que importar 8.7 millones de toneladas de maíz, la mitad del consumo total de sus habitantes.

 

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