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Pocas oportunidades para personas con discapacidad visual

La precariedad de las personas con discapacidad se refleja en la limitada gama de trabajos a los que pueden aspirar; masajista, vendedores, etc. Por lo anterior, el abrupto aumento de las colegiaturas en la Unión de Minusválidos de Querétaro significó un duro golpe.

Creo que no nos quedamos ciegos, creo

que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos

que, viendo, no ven”.

-José Saramago en ‘Ensayo sobre la ceguera’

No nos creen capaces de hacer muchas cosas, sin embargo, tenemos que luchar. Tenemos que decir; ‘¡yo puedo!’, porque de esa manera yo voy a ser libre, yo voy a poder escapar de estas ataduras”. Así se expresó doña Rosa María Saavedra, Rosita para sus amigos; es la motivación que se repiten lo ciegos cada día para seguir adelante con sus vidas.

Las cifras reflejan una serie de problemas y limitantes para personas con discapacidad visual; destacan, por ejemplo, la pequeña lista de trabajos a los que pueden aspirar; masajista, vendedores ambulantes (de dulces, boletos para conciertos, etc.), asistentes, etc.

Por lo anterior, el abrupto aumento de las colegiaturas en la escuela de la Unión de Minusválidos de Querétaro significó un duro golpe para ellos. La notificación, que les entregaron en tinta –no en braille-, anunciaba el aumento de las colegiaturas según las clases y los trabajos que ahí se llevan a cabo.

El costo pasó de 200 a casi 700 pesos. Rosita y Carmelita, al igual que otros compañeros, se vieron forzados a salir de la que había sido su segunda casa por años. Para Rosita y para su mejor amiga, Carmelita Correa, el quedarse sin vista hace nueve años (por glaucoma y complicaciones de diabetes, respectivamente) significó un cambio profundo en sus vidas. Primero, la depresión, el sentimiento de impotencia al perder poco a poco el sentido de la vista.

“Llegó un momento en que yo lo único que veía era la luz”, recordó Rosita. El primer sentimiento al quedarse completamente ciega, de un día para otro, fue el miedo. Como también recordó Carmelita, su impotencia derivó en profundos llantos y largas jornadas en cama que, gracias al apoyo de sus familias, forzosamente tuvo que convertir en un sentimiento de superación, “para poder vivir”.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) registró una conformación particular de personas con esta discapacidad: 8 de cada 10 tienen más de 29 años. Los adultos mayores agrupan el mayor porcentaje al representar 31 de cada 100, seguidos de los niños, que conforman 6 de cada 100 personas con discapacidad visual.

La escuela enriquece nuestras almas

“Yo me pasaba la vida de mi cama a la cocina y de ahí al baño porque yo tenía miedo”, recuerda Carmelita; esto después de las fallidas operaciones para rescatar su visión. Poco después, Rosita y Carmelita se vieron en la necesidad de “independizarse”, por las condiciones de sus familias y las dificultades que implica cuidar a alguien con este tipo de discapacidad.

“Mis hijos me decían que yo no me podía quedar ahí sentada en un sillón esperando que me arrimaran las cosas, yo tenía que salir adelante”, compartió Rosita, quien cayó en cuenta de las dificultades que implicaba su cuidado. Ahora que sus hijos tienen familias propias Rosita vive sola, cuestión de la que se siente orgullosa, pese a las protestas de sus hijos.

Por otra parte, acudir a la escuela para ciegos la ayudó a mejorar su autoestima: “Yo entré como las niñas de kínder”, porque no quería quedarse, relató. Pero ambas coinciden en que poco a poco aprendieron a valerse por sí solas, a escribir en braille y a reencontrase a sí mismas.

Las limitaciones

Según el Inegi, hay cerca de 2 millones y medio de personas con limitación visual. Del total, apenas el 35 por ciento son analfabetas funcionales; es decir, pese a que saben leer y escribir, “no disponen de las competencias de lectoescritura necesarias que les permitan comprender y resolver problemas de la vida diaria”.

Además, 23 de cada 100 personas con discapacidad no tienen ningún grado de escolaridad; 43 terminaron la educación primaria, 15 la secundaria, 10 el bachillerato y apenas 7 de cada 100 en promedio lograron emprender cursos en la educación superior.

Un contraste con las personas sin discapacidad es que el 40 por ciento de los ciegos acuden al escuela; mientras que de los primeros el 21 por ciento logra superar la universidad, 24 por ciento el bachillerato, 30 por ciento la secundaria y apenas 3 por cada 100 no cuentan con estudios.

Lo anterior también repercute en su participación en la economía. Sólo 40 por ciento de los discapacitados son económicamente activos, lo que contrasta con el 66 por ciento de las personas sin discapacidad. La situación empeora con las personas de la tercera edad como Rosita y Carmelita, pues apenas el 15 por ciento de las mujeres en su condición trabajan.

Discriminación y precariedad

Por otra parte, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), difundió que el 65 por ciento de los discapacitados consideran que sus derechos no son respetados. El desempleo, la discriminación y las dificultades de autosuficiencia son los principales problemas externados por estas personas.

Esto lo han vivido Carmelita y Rosita, quienes recuerdan tanto buenas como malas acciones de sus conciudadanos. Una vez, relatan, un grupo de jóvenes se ofreció a llevarlas al templo de la Congregación; gran sorpresa cuando se dieron cuenta que se hallaban frente al jardín Zenea. ¿La solución?, pedir la ayuda solidaria de alguien más para tomar un taxi.

Sin embargo, también destacan la solidaridad como uno de los principales motores de su actuar, tanto de quienes pueden ver, como de quienes no. Una vez, comentó, una empleada les protegió de un hombre sospechoso. “No se vayan a salir, se les queda viendo raro”, pidió la empleada; “ahorita yo las acompaño a tomar un taxi”, rememoró Carmelita.

De igual forma enlistó otro tipo de dificultades a las que se atiene quien no puede ver: Desde los coches que no se detienen al verlas, quienes se estacionan en las rampas para discapacitados; aquellos que avientan sus bastones al caminar junto a ellas; los autobuses que no se detienen; o simplemente una ciudad que no está diseñada para sus necesidades.

Una familia que no ve, pero sí escucha

Reynaldo Lugo y su esposa, María Masarello, se quedaron sin vista a los 10 años. Reynaldo a causa de glaucoma, María por una negligencia médica. Como sus compañeros, la vida ha sido complicada, reconocen, pero aseguran que eso no los ha detenido. Se conocieron en la escuela de ciegos, se enamoraron y un tiempo después, decidieron tener una hija. La decisión fue difícil, el no poder ver sin duda dificultaría las cosas, sin embargo, decidieron aventurase.

“Uno aprende a escuchar”, aseguró Mari; “a interpretar el silencio”, agregó Rey. “Cuando hay silencio es que la niña está haciendo algo”. Asimismo, la condición de sus padres ha obligado a su pequeña niña a independizarse más rápidamente, “ahora nos ayuda a encontrar las cosas”, reconocen.

La niña de 4 años, también juega con ellos. “A veces se esconde sin hacer ruido para que no la encontremos”, ríe Reynaldo. Y sin duda fue un reto, “me daba mucho miedo bañarla”, reconoce Mari, pero tras un poco de asistencia, la pareja ha logrado lo que todos los demás: criar a su descendencia.

Ahora sólo quedan los chequeos médicos. El glaucoma es hereditario por lo que, en busca de que su hija tenga una vida diferente, cada seis meses acuden con el oftalmólogo para un chequeo. “Aún no le han detectado nada, pero si sale algo, la podremos tratar de inmediato”, celebró Reynaldo.

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