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¿Qué significa el 8 de marzo?

Para mí el 8 de marzo significa, como decía María Montessori, un punto de conciencia.

Es un día para conmemorar la lucha histórica de muchas mujeres por la igualdad, el reconocimiento y ejercicio efectivo de sus derechos. Un reclamo por una justicia antipatriarcal y anticapitalista. Hay que recordar que el 8 de marzo de 1908, un suceso marcó la historia del trabajo y la lucha sindical: 129 mujeres murieron en un incendio en una fábrica en Nueva York, luego de que se declararan en huelga con permanencia en su lugar de trabajo. El motivo era: una reducción de la jornada laboral a 10 horas, un salario igual al de los hombres que hacían las mismas actividades, y mejores condiciones de trabajo.

Han trascurrido poco más de 100 años, en este lapso, sin duda hemos tenido avances significativos (el derecho al voto ha sido uno de los más importantes), sin embargo, el camino es largo todavía, faltan muchas batallas que librar y cambios culturales profundos que deben darse para poder equilibrar la balanza.

La pandemia nos mostró la gran desigualdad que aún persiste, no sólo representa una crisis sanitaria y económica sino también de cuidados.

En América Latina se han dado importantes cambios en distintos órdenes: económico, político, demográfico; en este contexto –de cambios-, como señala Laura Pautassi (2007), el debate en torno a la igualdad regrese una y otra vez al escenario político y social.  Este regreso no es azaroso, ya que, por un lado, existen datos empíricos irrefutables que justifican en sí mismo que se considere el tema, dado que esta región es la más desigual del mundo (la pobreza y la indigencia siguen siendo un problema sin resolver), y por otro, se mantiene y crece una desigual distribución del ingreso y de la riqueza.[1]

Además de la mala distribución, otro problema que planta Ángeles Duran (2017) es que, hasta hace poco tiempo, la mayor parte de las actividades que las mujeres realizaban eran consideradas como Trabajo No Remunerado (TNR) —por ello se le excluyó de la medición en los Sistema de Cuentas Nacionales—, y solo aquel trabajo que era reconocido por el mercado (el asalariado), se media.  En este sentido, “las Cuentas Nacionales son prodigios de la narrativa económica […] La invisibilización de ciertas actividades, de los recursos y de los costes no es azarosa ni neutral, responde a posiciones ideológicas previas de las que frecuentemente no son conscientes los especialistas” (p. 7).

La Contabilidad Nacional se ciñe a los bienes y servicios que tienen precio, pero la mayor parte de los servicios que mantienen las condiciones básicas del bienestar se producen en los hogares y carecen de precio.

  1. En los hogares también se producen la mayoría de los servicios, por ejemplo, de atención directa durante las enfermedades y discapacidades,
  2. El cuidado es una formidable fuente de recursos invisibles, no incorporados al análisis económico micro ni macro,
  3. Ha de verse como un coste para los hogares y para las personas que asumen dentro de los hogares la función del cuidado (mayoritariamente son mujeres)
  4. Con el envejecimiento y el aumento de las enfermedades crónicas, este olvido tiene cada vez consecuencias más graves, tanto conceptuales como de aplicación política. (Durán, 2017, p.10)

En 1995, la Conferencia de la Mujer de la ONU aprobó la inclusión de los tiempos de trabajo no remunerado de los hogares. De esto se derivaron dos consecuencias importantes:

  1. La reivindicación de los movimientos sociales de mujeres, y
  2. una exigencia intelectual para la mejor comprensión de las economías a escala nacional y mundial. La innovación se hizo a través del campo estadístico: a) desagregando por género todas las estadísticas y b) con nuevos instrumentos de medición (especialmente las encuestas de uso del tiempo).

A través de las encuestas ha sido posible identificar un sin fin de actividades que las mujeres realizar cotidianamente y que no se reconocen social ni económicamente. La CEPAL alerta sobre la alta carga de trabajo doméstico no remunerado, por lo que las mujeres disponen de menos tiempo para ellas.

Las desigualdades estructurales entre hombres y mujeres son consecuencia de la división sexual del trabajo y de los diferentes papeles que desempeñan hombres y mujeres en la esfera privada y la esfera pública debido a la desigual distribución de tareas de cuidado; son obstáculos que enfrentan las mujeres para acceder a mejores empleos, salarios y pensiones, y a oportunidades educativas y vivienda digna, es decir, las barreras que encuentran para ejercer sus derechos económicos, sociales y culturales, así como su autonomía. 

La carencia de tiempo propio y la falta de libertad para disponer de él, como ocurre con los ingresos, es un factor importante en la configuración de las desigualdades de género. Por tanto, es fundamental destacar que la pobreza de ingresos y la falta de tiempo propio de las mujeres forman un círculo vicioso. Por esta razón cobran vital importancia las encuestas del uso del tiempo, ya que a través de estos instrumentos es posible dar luz sobre las actividades que se realizan, gestionan, organizan, planifican y realizan en un determinado tiempo.

A través de esas encuestas se ha podido sopesar la importancia de los cuidados, al grado de considerarlos como la gran riqueza invisible de las economías modernas, ya que, para que exista una persona incorporada plenamente al mercado y liberada de cualquier carga doméstica, primero tuvo que haber sido reproducida, esto es, criada, sanada, alimentada, vestida, pero ¿Quién se encarga de esa reproducción? ¿Es una responsabilidad individual?, ¿del Estado? ¿Hombres y mujeres la comparten por igual? Preguntarnos sobre los cuidados, como dice Amaia Pérez (2021), es preguntarnos por los procesos sociales y económicos que reproducen el factor humano en lugar de dar por hecho que las personas aparecemos por arte de magia.

Sabemos que en el mundo se dedican millones de horas a trabajos no remunerados, que suelen ser invisibles y, sin embargo, son imprescindibles. Los cuidados no remunerados contribuyen al bienestar personal y familiar, el desarrollo social y el crecimiento económico, aunque es frecuente que los encargados de la formulación de las políticas no los reconozcan, los infravaloren y no tengan en cuenta el hecho de que sus costos y cargas son diferentes en función del género y de la clase. Se calcula que, si se diera un valor monetario a estos trabajos, oscilaría de entre un 10% y un 39% del PIB de los países (el cálculo para México en 2019 fue de 22.8 %, según el INEGI).

Los cuidados en México están principalmente en manos de las familias, y en menor medida del estado y el mercado. La corresponsabilidad en los cuidados se ha dado en términos generacionales (abuelas o madres que ayudan a sus hijas o nietas), pero no de género. Es necesario también un cambio para comprender que los cuidados parten desde lo colectivo y lo comunitario (a la par de la concepción como Derecho que debe ser promovido por y desde el Estado).

Reconocer el cuidado como derecho surge del reconocimiento de la interdependencia de todo ser humano ya que, todos y todas precisamos de cuidados (depende del ciclo de vida en el que estamos). Este derecho tiene implícitas dos dimensiones de obligaciones y derechos:

  1. desde la perspectiva de las personas receptoras de cuidados, y
  2. desde la perspectiva de las personas cuidadoras (que puedan decidir sí quieren o no cuidar).

Hoy más que nunca es necesario entender que los cuidados no son asunto de la familia (o de “puertas adentro”), recayendo la obligación en una de las mujeres de la familia (madre, hija, nueras, abuela, esposa) o asumiendo el alto costo de los cuidados al servicio particular al cual muy pocos pueden acceder. Se hace necesario que el Estado ofrezca soluciones mediante las políticas públicas para la conformación del llamado cuarto pilar del bienestar social.

Por otra parte, hay que avanzar en la deconstrucción de la masculinidad hegemónica y el modelo patriarcal dado que persisten fuertes estereotipos de género lo que favorece (y legitima socialmente) que los hombres tengan muy poco o nulo involucramiento en el cuidado de otros y de sí mismos. Los hombres están poco entrenados para el cuidado y además consideran que no es su obligación. Es más común que, a un hombre mayor de edad lo cuide la nuera, que su propio hijo. En este sentido, el género es más predictor de quién va a cuidar, que el parentesco consanguíneo (Durán, 2017).

Se requieren cambios culturales profundos para que los hombres reconozcan que pueden —y deben— cuidar de sí, de esta manera podrán ver el cuidado a otras y otros como una responsabilidad compartida, y no como una forma de “ayuda” o actividad atípica. Desafortunadamente, impera la perspectiva de la cultura occidental moderna, organizada a partir de una concepción puramente competitiva de la vida. El Darwinismo privilegió la “lucha por la vida”, y se desestimó la “ayuda mutua”, a diferencia de Kropotkin (pensador ruso) que mostró como lo más habitual en todo el mundo animal, incluyendo en el a los humanos, ha sido la ayuda más que la competencia, especialmente en situaciones críticas.

Estamos “saliendo” de la pandemia (un acontecimiento critico) y como escribió Boaventura de Souza en La cruel pedagogía del virus (2000) no vamos a entrar en un período de postpandemia, sino de pandemia intermitente. Si no se cambia el modelo de desarrollo, de Estado y de sociedad (individualista y patriarcal), podemos matar al virus hoy, pero van a venir otros. Esta incertidumbre va a entrar de lleno en la normalidad, una normalidad que ya era fatalidad para los empobrecidos, los trabajadores independientes, los migrantes, las mujeres, las víctimas de racismo y un largo etcétera.

Es evidente que ni los gobiernos, ni los organismos multilaterales, ni las empresas transnacionales, ni los hombres (aquellos que reproducen la masculinidad hegemónica) cambiaran por iniciativa propia, de ahí la importancia de no bajar la guardia, de seguir organizándonos, de seguir marchando, movilizándonos, sin miedo y conmemorando esta fecha.


Referencias

De Souza, Boaventura (2020).  La cruel pedagogía del virus. Buenos Aires: CLACSO.

Durán, María Ángeles (2017). Las cuentas del cuidado. CLACSO, mimeo.

INEGI (2019). Encuesta Nacional sobre Uso del tiempo en México, ENUT. Consulta

https://www.inegi.org.mx/programas/enut/2019/

Pautassi, Laura. (2007). El cuidado como cuestión social desde un enfoque de derechos. CEPAL y ONU. Pérez Orozco, Amaia (2021). Cuidados y migraciones. CLACSO. https://youtu.be/7PqFAUl7Ek


[1] Joseph Stiglitz (2011) señaló que la creciente desigualdad económica en el mundo se traduce en una menor igualdad de oportunidades para los ciudadanos. Distribuir mal la riqueza socava la eficiencia de la economía y deslegitima la democracia.

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