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Quitar el frío, noble oficio

Víctor Martínez recibió 150 pesos por su primer trabajo; tiene más de 60 años dedicado a la elaboración de jorongos

 

Foto: Lourdes Durán Peñaloza

Por: Lourdes Durán Peñaloza

 

El domicilio ubicado en el número 33 de la calle Morelos, en la cabecera municipal de Huimilpan, alberga a uno de los personajes más interesantes de la demarcación: Víctor Martínez Aguilar.

Con más de 60 años dedicados a la elaboración de jorongos y cobijas, don Víctor ha conservado el oficio durante más de medio siglo y hace tiempo que está en busca de alguien a quien heredar sus conocimientos.

Tenía nueve años cuando su padre lo adentró en el oficio.

Desde entonces, y durante los siguientes cinco años, su trabajo consistió en cardar la lana –“peinarla” con un par de tablas de madera para posteriormente ser hilada–, hasta que finalmente su padre le permitió hacer su primera cobija.

“Cuando yo tenía aproximadamente 15 años mi padre me dijo ‘te vas a meter a hacer una cobija’ (…) ya no ignoraba mucho (de eso), pero todavía me faltaba. Ya meterse a trabajar uno, eso no es fácil. Me dijo cómo y me metí”, recuerda.

Durante la entrevista se sienta en su silla, se para, trae lana de aquí y allá e incluso repite parte del procedimiento original para demostrar que su trabajo es completamente artesanal: desde la adquisición de la lana, que unas veces compra y otras le regalan, hasta el trenzado de los hilos que se encuentran en los extremos de las cobijas.

Aprendió de memoria todo lo que le enseñó su padre. Entre risas, recuerda que recibió 150 pesos “de aquel tiempo” a cambio de la primera cobija que hizo.

“El dinero rendía mucho, y de gusto que supe hacer esas cosas me fui a la bebida a la cantina luego y luego. Allí acabé mi dinero y agarré el vicio total”, narra.

 

Sus hijos y nietos no han querido preservar el oficio

En el reducido cuarto en que se encuentra su telar, don Víctor se las arregla para hacer una cobija o jorongo –también conocidos como ponchos o gabanes– por semana, los cuales calcula, llegan a durar hasta 30 años.

Con todo y el repele de los clientes –algunos le dicho que el precio que pone a su trabajo es elevado–, ha mantenido el precio de sus artículos en 600 pesos, de los cuales destina cien para la elaboración del siguiente.

A pesar de su gusto por lo que hace, cosa que se percibe a leguas, ninguno de sus hijos o nietos ha querido aprender el oficio.

Don Víctor atribuye el desinterés a que “los jóvenes de hoy está impuestos a ganar bien”, y su oficio –dice– no es para ganar dinero: “¿Se imagina para lo que sirven hoy 500 pesos a la semana?”, me pregunta.

“Dicen que no hay trabajo. Es que la juventud no quiere trabajar por poco dinero. Si yo me pongo a trabajar por cien pesos y me tienen paciencia, voy a ganar más que los que quieren ganar más y no trabajan”, sostiene.

Temeroso de que el oficio desaparezca, durante las últimas cinco administraciones locales, don Víctor ha solicitado a los presidentes municipales que lo apoyen con dos o tres personas para enseñarles todo lo que sabe y de esta forma preservar el oficio, aunque a la fecha ninguno de ellos ha acudido.

Advierte: “Un día me voy a morir como todos. Ya no me van a buscar a mí, porque ya no existo. ¿Quién les va a decir cómo se hacía esto? (…) yo no quisiera que se perdiera esto, pero se va a perder”.

Foto: Lourdes Durán Peñaloza“Necesitamos mercado para presentar nuestro trabajo”

Hace unos cinco años que don Víctor comenzó a trasladar su telar a distintas ferias del estado de Querétaro para hacer demostraciones en vivo de su trabajo. En estos casos requiere la ayuda de tres personas para desarmarlo, trasladarlo y volver a armarlo.

Unas veces vende, otras no, y otras más tiene que sacar de su bolsa para pagar el espacio, la comida y los gastos que implica el traslado.

Ahí, le divierten particularmente los jóvenes que, asombrados, se le acercan para preguntarle sobre el proceso de elaboración de las cobijas: “ellos se divierten conmigo y yo me divierto con ellos”, manifiesta.

Aun cuando no sabe leer ni escribir, se las ha arreglado para sacar medidas, cobrar e incluso hacer algún tipo de trámite.

“Cuando estoy en las ferias, todas las chavas, chavos, señores, señoras, me echan la mano en llenar alguna hoja de algún papel, o en hacer alguna cuenta”, señala.

Fue precisamente en las ferias donde conoció cobijeros de otros municipios como Cadereyta, Ezequiel Montes, Tequisquiapan, Coroneo (estado de Guanajuato) y Tolimán, y fue entonces cuando se dio cuenta que tenían técnicas distintas a las suyas.

De ellos aprendió a plasmar en sus cobijas otro tipo de dibujos, los más sencillos, y ahí se dio cuenta de que los artesanos hacen frente a una competencia que no tiene comparación: el mercado chino.

En este sentido, lamenta que autoridades locales, estatales y federales no presten mayor atención a los productores locales: “todos nos quejamos de la competencia que hay de lo chino. Son cosas muy baratas y lo de nosotros se va quedando”.

Su solución, más promoción: “necesitamos mercado para presentar nuestro trabajo (…) por medio de eso podemos salir adelante, porque si no te compran (al menos) están conociendo el trabajo, al rato te encargan un trabajo o dos y vienen hasta la casa”.

La propuesta, que el Gobierno Estatal les permita hacer exposiciones en espacios públicos, para que la gente conozca y se interese en este tipo de actividades.

Ha llevado al presidente municipal y a todo su gabinete hasta su taller, ha hablado con el gobernador del estado, ha hecho la invitación a instituciones públicas y privadas para que conozcan su trabajo, y nada.

Por lo pronto, “ahí está girando”. Reconoce que ya se cansa con mayor facilidad, pero mientras no se caiga de una enfermedad, dice, hay que seguirle hasta que se pueda, que las cosas van saliendo “poquito a poquito”.

En un reducido espacio en el que apenas cabe cuando le llega la lana, se puede ver que su equipo de trabajo necesita reparaciones urgentes, don Víctor no pierde la esperanza de que un día las autoridades se den cuenta de que él también es un representante del municipio, y lo apoyen.

“Yo como artesano les represento el pueblo. A ellos les mandan la invitación, pero yo les represento el pueblo”, concluye.

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