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Respaldo ciudadano, impulsor de autonomía universitaria

Carteros, transportistas y obreros textiles se sumaron a la lucha de los estudiantes contra las pretensiones del gobernador Juan C. Gorráez

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Los más rebeldes escuchaban a Elvis Presley o Wilbert Harrison y algunos finalizaban sus tardes en la ‘zona roja’ que todavía estaba detrás del templo de La Merced.

En la colonia Cimatario, que por ese entonces tenía más lotes que casas completas, podían verse los primeros Ford Fairline 1958.

 

Los bailes eran la única diversión imaginable aparte de los cines que operaban en la ciudad y los parques industriales y anillos viales no destacaban como ahora.

 

Era un Querétaro donde no pasaba nada, si se exceptuaban las movilizaciones estudiantiles, que por entonces se hacían cada vez más frecuentes gracias a las intromisiones del Gobierno Estatal en la vida universitaria.

 

La Universidad no contaba con la posibilidad de tener un campus como el que hoy posee en el Cerro de las Campanas. De hecho, sus únicas instalaciones estaban en uno de los patios de lo que hoy es la Facultad de Filosofía.

 

Ahí se hacía de todo, se daban las clases, se impartían conferencias y se realizaban los trámites universitarios. El entonces Rector Fernando Díaz Ramírez despachaba desde uno de los salones de lo que en algún momento fuera colegio de los jesuitas.

 

Tras la elección de Juan C. Gorráez como gobernador en 1955, a Díaz Ramírez las cosas se le complicaron bastante. Gorráez no veía con buenos ojos la independencia que el Rector daba a los universitarios y buscó evitar que lo reeligieran en 1957.

 

Por eso nombró como Rector a José Alcocer Pozo, un médico que prometía más fidelidad al gobierno que a los universitarios. Los estudiantes consideraron inválida la elección por haberse celebrado fuera del recinto universitario y convocaron a una huelga.

 

Movimiento estudiantil ganó adeptos en las mayorías queretanas

 

Para enero de 1958, los estudiantes tenían tomada la universidad y montaban guardias en todas las puertas, para evitar que las autoridades ingresaran al interior de las instalaciones. Contra lo que pronosticaba el gobernador Gorráez, alcanzaron muy pronto la simpatía del pueblo queretano.

 

Eran largas las filas de gente que se acercaba a ofrecerles ponche y tamales para que se resguardaran del frío que todavía dominaba las tardes de enero y febrero.

 

A veces los carteros traían sobres con dinero para “el movimiento estudiantil”. Incluso se supo de un hombre que llegó con varias colchonetas para que los inconformes durmieran más cómodos.

 

Los transportistas pronto se sumaron al estudiantado y lo mismo hicieron los obreros textiles. Una mañana, decenas de autobuses urbanos dejaron de funcionar y se estacionaron en el Centro Histórico para bloquear arterias y hacer difícil el acceso a Palacio de Gobierno.

 

Walter Buchanan, por entonces subsecretario de Obra Pública, se reunió con algunos líderes en un restaurante ubicado en Plaza de Armas y se comprometió a llevar sus inconformidades ante el Presidente de la República.

 

Algunas estudiantes de Enfermería se acercaban a los inconformes para regalarles golosinas, apoyo moral y ¿por qué no?, quizá alguno que otro beso bajo la oscuridad cómplice de los pórticos barrocos.

 

Una de ellas, Elisa Urbiola Basaldúa, decidió que resultaba poco equitativo que sólo los varones montaran guardia en los portales y creó un comité femenino de resistencia universitaria. Gracias a esa decisión, las mujeres estudiantes pudieron participar en la obtención de la autonomía universitaria.

 

Díaz Ramírez se mantuvo junto con los estudiantes en todo momento, excepto en un breve período durante el cual charló con Gorráez y aceptó no volver a la Rectoría a cambio de algunas prerrogativas que le ofreció el gobernador.

 

Sin embargo, lo conmovió tanto ver a los estudiantes en pie de lucha cuando fue a anunciarles la noticia, que finalmente decidió no renunciar a sus pretensiones y seguir con el apoyo al movimiento.

 

El movimiento siguió creciendo y sólo se interrumpió brevemente durante el jueves 23 de enero, debido al fallecimiento de uno de los hermanos de Díaz Ramírez. Como muestra de solidaridad, las exequias se llenaron de estudiantes enlutados.

 

Alcocer Pozo también estaba interesado en la autonomía universitaria

 

El semanario Amanecer, que dirigía José Guadalupe Ramírez Álvarez, recibió un telegrama de un grupo considerado de izquierda que se alegraba de saber que había inconformidad estudiantil en Querétaro. El remitente del mensaje veía en el movimiento el augurio de una nueva revolución mexicana.

 

Al día siguiente la lucha se retomó. El Comité de Huelga convocó a una asamblea en el entonces jardín Obregón. Ahí hubo oradores de distintas partes de la República que se solidarizaban con el movimiento estudiantil queretano.

 

Entre los oradores que hablaron en la asamblea del jardín Obregón, estuvo el joven Hugo Gutiérrez Vega, ahí llamó “inepto” al gobernador Gorráez y lo acusó de defender los intereses políticos de unos pocos frente a los intereses de la cultura y la educación.

Algunos padres de familia subieron al estrado y elogiaron la valentía de sus hijos para oponerse al Gobierno Estatal y apoyar así a su Rector. Estudiantes de la UNAM que visitaban Querétaro les plantearon a los huelguistas la posibilidad de exigir no sólo el regreso de Díaz Ramírez, sino también la autonomía universitaria.

 

Los integrantes del comité de huelga analizaron la propuesta y la llevaron ante sus representantes en Consejo Universitario para que se elaborara un pliego petitorio que exigía la reinstalación de Díaz Ramírez, la paridad de estudiantes en el Consejo Universitario y la autonomía.

Gorráez se vio cada vez más presionado y al principio no quiso ceder. Sin embargo tuvo que hacerlo cuando el mismo Alcocer Pozo se acercó pidiendo su renuncia. El médico señaló estar interesado en la autonomía universitaria y permitió que Díaz Ramírez volviera al cargo como medio para obtener la autonomía.

Así, el 17 de febrero los estudiantes recibieron con confeti a Fernando Díaz Ramírez en las calles de Altamirano y 16 de Septiembre. La rectoría, que se había instalado en una oficina pública debido a la huelga, volvió a su lugar entre los fantasmas de los jesuitas, con la novedad de que el gobernador Gorráez aceptó la autonomía de la universidad que entraría en vigor en 1959.

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