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Rod Stewart: Una herencia en vivo

Cuando la luna de octubre se asomó y con esfuerzo iluminó el patio trasero de mi casa, al verla desde la ventana de mi cocina, supe que esa noche sería especial y disipó los temores del día anterior donde nubarrones provocados por el huracán Priscilla pudieran arruinar el concierto.

Mi papá ya estaba en casa, entusiasmado y nostálgico, pues habían pasado 36 años desde que había visto por última vez al legendario Rod Stewart. Yo, emocionada, no podía creer que finalmente presenciaría a quien había marcado mi infancia y adolescencia. Crecí con sus canciones; “Young Turks” fue la que me hizo descubrir que la música podía encender algo dentro de mí. “¿Te imaginas escuchar esto en vivo?”, pensaba. Esa fantasía estaba a punto de hacerse realidad, y, además, la compartiría con mi papá. Aquella noche, bajo la luz de luna llena de octubre, le pedí al cielo que dejara de llover.

El viernes 9 de octubre de 2025 amaneció con un cielo nublado; la lluvia venía y se iba, jugando al escondite con nosotros. El aire olía a tierra húmeda y a expectativa. En casa, mi papá afinaba su memoria con viejas anécdotas: “Tenía 16 años la primera vez que fui a ver a Rod Stewart. Para comprar mis boletos repartí volantes frente a una escuela privada en la colonia Álamos. Convencí a mi mamá de dejarme ir con un amigo de la prepa, y juntos viajamos a Querétaro, un estado que ninguno de los dos conocíamos. Todo el autobús iba rumbo al concierto, casi todos los pasajeros eran jóvenes emocionados por ver a Rod, y yo sentía que estaba viviendo algo muy especial”. Yo lo escuchaba con esa mezcla de ternura y asombro con la que se mira a quien ha vivido más música de la que uno ha soñado.

El concierto que liberó al rock mexicano

Ese concierto de 1989 no fue cualquier presentación; fue un parteaguas en la historia del rock en México. Hasta ese año, décadas después del festival de Avándaro de 1971, el rock había sido prácticamente prohibido en el país: un género censurado, reservado sólo para quienes tenían cierta posición social o política. Rod Stewart llegó a México en un momento en que el rock comenzaba a romper barreras. Su gira estratégica incluyó Monterrey, Guadalajara y Querétaro, y fue aquí, en el casi nuevo Estadio Corregidora, donde se convirtió en un fenómeno: dos fechas, más de 100 mil personas en total, y la apertura de la puerta para que otros grandes artistas internacionales pudieran presentarse en el país. Ese concierto simbolizó la liberación del rock y dejó una huella imborrable en la cultura pop mexicana.

Escuchar a mi papá hablar de esa noche era como viajar en el tiempo, reviviendo sus primeros pasos en la música en vivo, la emoción de ser un adolescente rodeado de gente que compartía su misma pasión, y la libertad de descubrir un mundo que hasta entonces le estaba prohibido. Y ahora, décadas después, aquí estábamos mi papá y yo, camino a Querétaro, a punto de vivir nuestra propia versión de aquel momento histórico, en un viaje que conectaba generaciones y recuerdos con la magia de un concierto legendario.

De la nostalgia al presente

Llegó la tarde, nos vestimos con nuestros outfits rockeros y escuchábamos de fondo a los teloneros: Paul Young, Al McKay’s Earth, Wind & Fire Experience y UB40, intercalando algunas canciones de Rod Stewart para subir la adrenalina. Con impermeables listos, tomamos un Uber rumbo al Estadio Corregidora. El tráfico era tolerable y, afortunadamente, había dejado de llover.

Bajamos cerca de la puerta principal, y apenas caminamos unos metros, nos recibió una romería musical: puestos ambulantes por todas partes, playeras, vasos, bufandas, banderas, discos de vinil y vendedores que competían por quién gritaba más fuerte:
– “¡Llévele la gorra, joven! ¡A 50 pesos, la gorra del rock!”

El ambiente era una mezcla de feria, nostalgia y fiesta. Había familias enteras, parejas que se veían como recién salidas de los ochenta y jóvenes que probablemente descubrieron a Rodpor sus papás.

En la entrada nos topamos con una muñeca Lele gigante y un módulo de “Querétaro, La Capital”, donde una ruleta ofrecía premios: camisas, termos y plumas con el logo del municipio. Escuché a una señora decirles a sus hijos, cansada:

-“Ayyy, ya por fin, ya fueron por sus chingaderitas”.

No pude evitar reírme. Por un momento pensé que el módulo parecía más una campaña política que un stand turístico: solo faltaban las tortas y la promesa de “ahora sí, pavimentamos tu calle”.

El estadio, el público y la antesala del mito

Ya dentro del estadio, me sorprendió su tamaño era la primera vez que entraba: lo imaginaba más grande. Pero agradecí que no lo fuera, porque así podría ver el escenario sin esforzar la vista. Nos acomodamos en nuestros asientos: ni tan cerca ni tan lejos, justo en el punto medio. Frente a nosotros, el andamio de luces y sonido parecía el corazón técnico del espectáculo.

El público era un retrato generacional: desde jóvenes de veinte hasta adultos de sesenta años, todos unidos por la misma banda sonora. El estadio parecía un mercado:
– “¡Esquites! ¡Calientitos, llévelo, llévelo!”
– “¡Micheladas, palomas, cerveza artesanal!”

Se me antojó una paloma… hasta que escuché el precio: 300 pesos. Se me quitó el antojo al instante.

Teloneros que encendieron la nostalgia

A las 7:30, el escenario se iluminó y Paul Young salió con “Wherever I Lay My Hat (That’s My Home)”. Su voz, aunque con los años encima, seguía transmitiendo elegancia y melancolía. El público coreó “Every Time You Go Away”como si fuera la banda sonora de su juventud.

Después llegó Al McKay’s EarthWind & FireExperience, con un repertorio brillante: “Shining Star”, “Boogie Wonderland”. Todos se levantaron a bailar; “September” fue un estallido de alegría grupal. Luego, UB40trajo el reggae británico con “Kingston Town”, “Can’t HelpFalling in Love” y, por supuesto, “Red Red Wine”. Parejas abrazadas, lágrimas, celulares al aire: algo que hace aún más irónico ver a familias abrazadas cantando sobre amor y desamor después de más de cuatro décadas de carrera de la banda.

Ya para las 10:20, el escenario se tiñó de blanco. Se notaba que se acercaba el momento esperado. Entre cambio y cambio, observaba a la gente: familias que se movían de lugar sin entender muy bien por qué, parejas que discutían por sus asientos y un señor a unas filas de distancia con unos binoculares enormes. Pensé: “carajo, ¿cómo es que se me olvidaron los míos?”. Llevaba puesta una sudadera de Alex Lora, y no pude evitar preguntarme qué conexión encontraría entre El Tri y Rod Stewart… quizá el amor por los pantalones de cuero o seria su peinado. La imagen me hizo sonreír: hay fanatismo que no entiende de lógica, solo de corazón.

La entrada dorada

Y entonces sucedió.

A las 10:55 p.m., las luces se apagaron, las pantallas se encendieron, y Rod Stewart apareció con un saco dorado de destellos brillantes. A mi lado, mi papá no decía nada. Sólo miraba. Sus ojos tenían la misma luz que los reflectores del escenario. Era como si el tiempo se doblara y el joven de 16 años de 1989 se encontrara con el de 2025, en el mismo lugar, ahora convertido en padre, bajo el mismo cielo.

El estadio explotó. Comenzó con “Infatuation” y “TonightI’m Yours (Don’t Hurt Me)”, moviéndose con la misma energía de hace décadas. Cada canción era un viaje: “Baby Jane”, “Forever Young”, “Da Ya Think I’m Sexy?”… Pero cuando Young Turks comenzó, el tiempo pareció detenerse. Vi a mi papá con los ojos cerrados, completamente entregado al momento, mientras yo revivía mi infancia, recordando cada acorde que había marcado mis días. Más tarde, con “I Don’t Want to Talk About It”, el estadio se iluminó con miles de luces de celulares; treinta y cinco mil personas cantando al unísono. Rod dejó el micrófono abierto:

“I don’t wanna talk about it
How you broke this old heart
If I stay here just a little bit longer
If I stay here, won’t you listen to my heart?
Oh, my heart”

En ese instante, dejamos de ser individuos con vidas separadas; nos convertimos en un coro, una memoria compartida que flotaba sobre el estadio. Se sentía en el aire el mismo escalofrío que mi papá experimentó hace 36 años, y entendí que estábamos viviendo algo que trascendía generaciones: una misma emoción, un mismo latido, la eternidad comprimida en un acorde. La luz, la música, las voces y el solo de saxofón de Jimmy Roberts … todo conspiraba para que ese momento quedará grabado en nuestros corazones para siempre.

Rod bailó y cantó con sus coristas, lanzó balones de futbol al público y agradeció con esa mezcla de humor británico y ternura que lo caracteriza, cada cambio de vestuario era un guiño a su carrera: destellos, elegancia ochentera. La hora y media de concierto fue un viaje por el tiempo. La voz de Stewart estaba intacta, perfecta. Cerró con “Sailing”, y cuando todos pensábamos que era el final, regresó para un encore con “Love Train”, despidiéndose finalmente.

Una promesa bajo la luna

Al salir, cantando nuestras canciones favoritas, mi papá y yo nos topamos con el doble de vendedores que antes. Antes de abandonar la zona, encontramos camisas y sudaderas compramos dos con el rostro de Rod Stewart, el souvenir perfecto. Apenas salimos del estadio, comenzó a chispear, pero no estaba lo suficientemente nublado como para que fuera una lluvia inminente, levanté la vista. La luna seguía ahí, como si se despidiera con un guiño.

Le agradecí y le sonreí en silencio.
Rezar a la luna funciona y, hoy, la promesa se hizo realidad.

Esa noche me llevo conmigo algo más que canciones: la certeza de que la música crea puentes entre generaciones, y que a veces, los conciertos no sólo se escuchan… también se heredan.

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