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Se volvió ceniza la pluma del poeta disidente

Foto: Cortesía

 

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Empezaba la misa de tres y en Querétaro hacía frío. Lo gélido se percibía en el aire, en las campanas de la iglesia y en un ataúd que reposaba frente al altar rodeado de gente vestida de negro.

Por el atrio circulaba el olor a flores y a cigarro, olía a tristeza. Una niña morena y delgada recorría el templo recogiendo las ofrendas, era la nieta del fallecido.

¿Que quién era el fallecido? A estas alturas ya es un lugar común nombrarlo. En vida se llamó Salvador Alcocer Montes; en la eternidad, ésa que alcanzó gracias a las letras y no a otra cosa, se quedó como Don Salvador Alcocer.

 

Alcocer Montes llegó a Querétaro venido del Distrito Federal. Se sabe que ya vivía aquí en los sesenta y que empezaba a hacerse fama por los poemas que escribía. Aunque, como alguna vez lo confesó a una periodista, al principio tenía más inclinación por el teatro que por la poesía o la narrativa.

En palabras del sociólogo Efraín Mendoza, quien fue su amigo y lo tuvo como colaborador en el semanario Nuevo Amanecer, a Salvador Alcocer se le puede incluir en el grupo de los pioneros que se trasladaron a Querétaro desde la capital antes del terremoto del 85.

 

“Como todos nosotros, Don Salvador encontró refugio en esta ciudad”, sentencia Mendoza Zaragoza, sin poder disimular algunas gotas de tristeza que aún buscan refugio entre sus pupilas.

Al buscar la ecuanimidad entre las emociones que lo asaltan, Efraín Mendoza arrastra hasta al presente escenas de la vida que llevó Don Salvador Alcocer en esta ciudad.

“Llevaba mucho viviendo aquí, incluso se casó en Querétaro y aquí tuvo a su familia (…) trabajó en la UAQ cuando estuvo Gutiérrez Vega y hay una anécdota muy curiosa que quien sabe si sea verdad: Dicen que dejó de presentarse por un tiempo al trabajo y que por lo tanto le retiraron el cheque, entonces cuando fue a cobrarlo y no se lo dieron le reclamó a Hugo y le dijo ‘renuncié al trabajo, pero no al sueldo’”.

El también periodista vincula la poesía de Don Salvador con lo marginal, lo contestatario, asegura que nunca fue “un poeta que le cantaba a Querétaro sus glorias”, sino que buscaba su lugar en lo marginal, lo transgresor, lo políticamente incorrecto y lo contestatario.

Eso se puede constatar al verificar la dureza del lenguaje que utiliza en su poema Marilyn, una dureza que dista mucho de los términos endulzados que existen en otras muestras de la poética queretana:

 

Ahora ya estamos seguros

–eso creemos–

que ese hijo de perra

de buena familia

desde la silla grande,

más el otro de la silla judicial,

más el patriarca,

bajo las columnas imperiales,

más los que ponen el culo

en las manos del jefe,

pandilla de arroz y tabaco,

ellos,

ya están seguros

–eso creemos–.

 

Al ser un hombre tan apasionado, Salvador Alcocer no limitó su marginalidad a la poesía, incluso sus dos últimos lugares de residencia los fijó en sitios que muy pocos asocian con escritores laureados y juglares del sistema.

Sus últimos cinco años los pasó en el asilo “Luz al Ocaso”, ubicado en Santa Bárbara, en el municipio de Corregidora. Ahí se hizo famoso por su carácter huraño y su afición por la lectura, particularmente de la revista Proceso, que recibía con asiduidad.

De vez en cuando escribía algunos versos, pero no le gustaba presumirlo. Prefería pasar sus tardes reflexionando en el jardín, o platicando con alguna de sus cuidadoras.

Las hermanas Blanca Estela y Perla Mendoza Acosta colaboran como enfermeras en dicho asilo. Ambas tuvieron la oportunidad de tratar a Salvador Alcocer y lo vieron irse de este mundo.

Sin poder evitar las lágrimas, las dos miran con nostalgia el féretro que sale de la Parroquia de Cristo Rey con destino al crematorio. Les cuesta creer que el hombre al que “obligaban” a sonreír tarde tras tarde, esté a menos de dos horas de regresar al polvo con el que se amenaza desde tiempos bíblicos.

Blanca Estela remite directamente a los días en que aún convivía con él: “Era muy enojón, pero en el fondo bastante cariñoso. Nosotras le pedíamos siempre que sonriera, a él no le gustaba, pero al final lo hacía. Por eso extrañamos tanto su sonrisa, que era fingida, pero sonrisa al fin y al cabo. De veras era muy tierno.”

“De vez en cuando se enojaba conmigo, pero a los cinco minutos ya me hablaba y me decía ‘¿Qué me cuenta esa Blanquina?’ Le gustaba mucho leer. Casi siempre leía de las cinco de la tarde en adelante, hasta que se acostaba, como a eso de las siete u ocho.”

Su última residencia antes de llegar al asilo, la tuvo en la calle de Otoño, dentro de la zona conocida como La otra banda. Ese sector de la ciudad siempre se caracterizó por su marginalidad en relación con el Centro Histórico, de ahí el nombre.

Efraín Mendoza asegura que Salvador Alcocer buscó la forma de que lo trasladaran al asilo de San Sebastián poco antes de su muerte, para poder morir en el barrio que lo vio envejecer. Sin embargo su solicitud fue denegada por tratarse de un asilo exclusivo para mujeres.

 

El poeta izquierdista

También participó en política, concretamente vinculado con la izquierda. En 1991 fue candidato a la presidencia municipal de la capital por el PRD, acompañando a Salvador Canchola, quien falleció el año pasado y se lanzó para la gubernatura en aquel entonces.

Aunque no ganó la elección, fue congruente consigo mismo al ser un hombre que consideraba el ser crítico como una de las virtudes fundamentales de cualquier poeta.

Sobre la función social del poeta y sus características, Alcocer opinó constantemente. Decía que un burócrata no servía mucho como poeta, pues en la poesía las credenciales las dictaba en buena medida el haberse peleado en cantinas y haber experimentado a fondo la vida.

No simpatizaba con la poesía hecha para honrar a los gobernantes o las instituciones, por eso Efraín Mendoza lo considera un disidente de forma y fondo.

“Tan disidente fue que se rebeló contra la creencia en Dios en medio de una sociedad muy creyente, esto se lo podemos atribuir a algunas experiencias que tuvo en la vida religiosa, donde quedó vacunado de la religión.”

Sin embargo, a pesar de su carácter calificado como duro y su convicción de que no había nada después de la muerte, Salvador Alcocer terminó sus días con muchas reconciliaciones.

“Se reconcilió con su familia, de la que se había distanciado, particularmente con su hija Kyria, se reconcilió con Hugo Gutiérrez Vega, de quien también se había distanciado un poco y así lo hizo con muchas personas más”, manifiesta el catedrático universitario.

De acuerdo con el director de Comunicación y Medios de la UAQ, no es tan coincidente el que la muerte de Canchola y la de Alcocer hayan sido tan cercanas.

El sociólogo asegura que en varias ocasiones los quisieron juntar a los dos para una convivencia y por alguna razón nunca se pudo.

“Siempre quisimos juntar a los dos candidatos del 91 pero nunca se dio la oportunidad, yo espero que ahora, estén donde estén, por fin se les haya hecho hacer esa reunioncita que ya teníamos planeada desde hace tanto”, concluye.

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