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Tan cerca de los Estados Unidos… y tan lejos de la soberanía

We stand on the pinnacle of the earth, where of we are lords, and above us there is nothing but god (Permanecemos de pie sobre el pináculo de la tierra de la cual somos dueños, y sobre nosotros no hay nada más que Dios).

Bayard Taylor

En la víspera de la visita del presidente William Clinton a nuestro país las relaciones entre México y Estados Unidos siguen siendo tensas por las actitudes intervencionistas mostradas por políticos del país vecino. El uso del suelo, la migración y el narcotráfico son referencias obligadas cuando se intenta revisar la agenda pendiente de nuestras relaciones con el país del norte. Sin embargo, aún hay más asuntos pendientes: la ley forestal a punto de ser aprobada por la Cámara de Senadores de los Estados Unidos, la cual afectaría a nuestros coterráneos y beneficiaria a los extranjeros; la escandalosa certificación a la lucha que el gobierno mexicano realiza contra el narcotráfico; la ley antimigratoria recientemente aprobada por el Congreso de los Estados Unidos. Todos estos factores, aunados a un presidente mexicano débil —que defiende la soberanía del país en el discurso, pero no en la práctica— provocan que la visita del mandatario estadounidense tenga una gran trascendencia.

Los problemas entre ambos países son históricos. Desde el siglo pasado, el crecimiento geográfico fue, para los Estados Unidos, el primer paso para la penetración económica y la dominación política de nuestro país. La guerra de 1846-1848 fue el conflicto armado que sostuvieron México y los Estados Unidos por la anexión de Texas y el interés del país norteño por apoderarse de California y Nuevo México. Comenzó el 25 de abril de 1846, cuando el ejército del general Zachary Taylor se enfrentó, muy cerca de la ribera meridional del rio Nueces (Texas), con restos de un debilitado y mal entrenado ejército mexicano, cuyos jefes solo se destacaban por su ambición y poco profesionalismo. Terminó dos años más tarde, a mediados de 1848, cuando zarparon los militares que hasta entonces custodiaban el puerto de Veracruz, último sitio ocupado por las victoriosas fuerzas estadounidenses.

La ofensiva estadounidense contra nuestro país trascendió su carácter bélico. William L. Marcy, secretario de Guerra de Estados Unidos y Zachary Taylor, discutieron por medio de cartas las posibles estrategias para someter a México. Incluso, el científico social Federico Engels, así como el poeta Walt Whitman, poeta norteamericano, también se pronunciaron a favor de la derrota mexicana.

Un país dividido

William Marcy, escribió al General Taylor el 9 de julio de 1846: “también comprenderá que, en un país tan dividido en razas, clases y Partidos, como lo es México, y con tantas divisiones locales entre departamentos y divisiones entre individuos, debe haber un gran espacio para operar en las mentes y sentimientos de grandes porciones de los habitantes, e inducirlos a desear éxito a la invasión no tiene la intención de lastimar su país, ya que derrocar a sus opresores los podría beneficiar. Entre los españoles, quienes monopolizan la riqueza y el poder, y los mestizos, que aguantan su carga, debe haber celo y animosidad. Los mismos sentimientos deben existir entre las más bajas y las más altas órdenes del clero, éstas últimas poseen las dignidades y beneficios, mientras las primeras tienen pobreza y mucho trabajo. De hecho, los curas fueron los autores intelectuales de la revolución que separó a México de España, y su condición relativa a ellos no los beneficia mucho”.

La respuesta de Taylor fue la siguiente: “En lo correspondiente a beneficiarnos de las divisiones internas y las discordias entre los mexicanos, todavía es difícil decir cuánto podemos confiar en ello como factor de éxito. Tengo buenas razones para creer que el país entre el Rio Grande y la Sierra Madre, está dispuesta a derrocar al gobierno central… (Tomado de John Frost’s Pictorial History of Mexico and the Mexican War; Filadelfia, Thomas, Cowperthwait and Co., 1849, pp. 262-265).

La conveniencia de una derrota

En La Gaceta Alemana de Bruselas del 23 de enero de 1848, Federico Engels se mostró complacido por la victoria norteamericana:

“Hemos presenciado también, con la debida satisfacción, la derrota de México por los Estados Unidos. También esto representa un avance. Pues cuando un país embrollado hasta allí en sus propios negocios, perpetuamente desgarrado por guerras civiles y sin salida alguna para su desarrollo, un país cuya perspectiva mejor habría sido la sumisión industrial a Inglaterra; cuando este país se ve arrastrado forzosamente al progreso histórico, no tenemos más remedio que considerarlo como un paso hacia adelante. En interés de su propio desarrollo, convenía que México cayese bajo la tutela de los Estados Unidos… (Federico Engels, en La Gaceta Alemana de Bruselas, 23 de enero de 1848, citado en Domingo P. de Toledo y J., México en la obra de Marx y Engels, México, Fondo de Cultura Económica, 1939, pp: 28-29)

Cobijarse bajo las alas de nuestra águila

Mientras que Walt Whitman, el gran poeta norteamericano, el 6 de junio de 1846, se expresó, en el mismo tenor, de la siguiente manera: “Se afirma, y con gran verosimilitud, que en varios de los estados de México—en particular el grande, fértil y hermoso Yucatán— existe mucha disposición a cobijarse bajo las alas de nuestra águila […]

«Y además está California; en ruta a esa bella comarca se encuentra Santa Fe; ¿cuánto tiempo habrá de transcurrir antes de que ellas brillen como dos nuevas estrellas en nuestro enorme firmamento?”

Anhelamos que nuestro país y su ley se extiendan lejos solamente en la medida en que ello quitará los grilletes que impiden que los hombres gocen de la justa oportunidad de ser felices y buenos […] No abrigamos ambición por la simple grandeza física de esta república. Esa grandeza es vana y engañosa. O por lo menos no es deseable más que como una ayuda para alcanzar un bien más verdadero, el bien de la masa entera del pueblo.” (Tomado de Josefina Zoraida Vázquez, Mexicanos y norteamericanos ante la guerra del 47, México, Ateneo, 1977, pp. 111-112).

Las representaciones de la omnipotencia

En un texto publicado en Internet, Itzel Rodríguez Mortellaro, catedrática de la UNAM, hace referencia al libro The Magisterial Gaze: Maniffest Destiny and American Landscape Painting 1830-1865, de un profesor de historia del arte en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), que demuestra cómo algunos paisajistas norteamericanos contribuyeron a la consolidación de una ideología expansionista a través de su arte durante el periodo de mayor extensión territorial de los E.U. Al referirse a la cúspide del Monte Rushmore, (cuyas efigies de George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt representan el crecimiento y desarrollo de E.U. desde la perspectiva territorial, económica y política), Rodríguez hace una analogía con el arte pictórico norteamericano, cuyas expresiones denotan un afán de superioridad:

“La mirada desde la altura —explica Boime— implica un deseo de poder y control, individual y patriótico, sobre lo que se ve. Es decir, hay una conexión simbólica entre el punto de vista y la necesidad de dominación que da forma a la doctrina del Destino Manifiesto. A esta visión que busca dominar, controlar y poseer el entorno, Boime la ha denominado mirada dominante (magisterial gaze). La mirada dominante describe la perspectiva de los norteamericanos que, desde la altura, buscan nuevos mundos a los cuales conquistar. Es la proyección de un horizonte ilimitado como metáfora del futuro expansionista de la nación americana. Al mismo tiempo, la sensación de dominio de la mirada desde la cúspide presupone una relación con lo divino. La naturaleza que se vislumbra desde la montaña es el libro de la revelación de Dios, en donde los elegidos descifran el designio de sus posibilidades en la Tierra. Un observador situado en la altura se siente inspirado por la divinidad porque está más cerca de ella que aquellos que están en el valle. Así, la “mirada dominante” supone un sentimiento de omnipotencia que concibe al espacio que contempla como provisto por la providencia”.

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