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“Todos venimos de mamá y papá”, gritan a inconformes de conferencia

Afuera del hotel el ambiente era tenso. Los manifestantes y los asistentes enfrentaban sus formas de ver el mundo: la libertad sexual contra el conservadurismo.

En la avenida Constituyentes corría un flujo incesante de automóviles: personas buscando cómo llegar a sus destinos de la forma más rápida posible, camiones de carga, camiones del transporte público y una curiosa cantidad de autos que se acercaban a la entrada principal del hotel Real de Minas. En aquel establecimiento los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez darían la conferencia “El peligro de los falsos derechos”.

Un hombre que rondaba los 30 años, lleno de perforaciones y con una mochila llena con cartulinas y un megáfono, se colocó en la entrada del hotel. No iba a entrar; venía acompañado de dos personas: otro hombre, más joven, y una mujer. Cada uno llevaba pancartas y pañuelos, de arcoíris y morados.

Dante Irrera era aquel hombre: actual vocero del comité contra la Homolesbobitransfobia: “Estamos aquí para defender los derechos de la comunidad LGBTI+ y la educación sexual integral”, dice, mientras sus compañeros se instalan en la entrada del hotel con mantas y carteles. En letras de todos los colores se podían leer mensajes como “Querétaro igualitario”, “Orgullo es protesta” o “Todas distintas, todas familias”.

Afuera del hotel el ambiente era tenso. Los manifestantes y los asistentes enfrentaban sus formas de ver el mundo: la libertad sexual contra el conservadurismo. El tiempo se movía lento, como en las peores tardes del verano cuando la temperatura es tan alta que aturde al cuerpo; pero, en este caso, el frío apenas empezaba a disiparse; el sol se asomaba, tímido, por entre algunas nubes y retazos de color azul se vislumbraban con dificultad.

“¡Todos venimos de mamá y papá! ¡Todos venimos de mamá y papá!”, gritaba un grupo de mujeres mayores al tiempo que entraban al lugar. Pitidos y ‘mentadas’ desde la calle les llovían a los manifestantes. Entonces, la lluvia llegó: pequeñas gotas lo salpicaban todo, pero nadie se movió. Ninguna pancarta retrocedió un milímetro ante el clima o los insultos. De pronto salieron los empleados del hotel: “Ya no hay espacio, ya no caben”. Comenzaron a desviar a las personas y a echarlas del lugar. Tenían casa llena.

Un empleado que cargaba cosas a una tienda se acercó a un reportero, la manifestación seguía en pie y la lluvia se había ido. El hombre comenzó a preguntarle algunas cosas referentes a lo que estaba sucediendo.

“¿Qué pasa acá?”; “Es una presentación de un libro, una conferencia”; “¿Es de política o algo?”; “Sí, sobre diversidad sexual”; “¿Están en contra? ¿Le están tirando?”; “Sí”. “Entonces que bueno que estén acá”, dijo refiriéndose a los manifestantes. El hombre se marchó a seguir su trabajo, sin mirar atrás y sin mirar a quienes buscaban como entrar a la conferencia. El cielo se despejo, lento, como si estuviera obligado a hacerlo, dejando brillar al sol a ratos.

La conferencia había terminado y la gente salía del hotel. La manifestación se disipó al mismo tiempo con la promesa de seguir luchando por sus derechos y los de otros. Finalmente, todos se mezclaron en la multitud que volvía a sus vidas, alejándose del escenario principal.

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