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Tras los pasos perdidos de la Sierra Poblana

Por Miguel Tierrafría

Tlazohcamati. En español significa “gracias”. Es la palabra universal de los hombres.

La palabra que un señor de edad avanzada virando hacia los huertos de limas y algunas plantaciones de café, sentado en una banca adaptada con un polín afuera de su casa, contemplando el pasar de los turistas, me enseñó.

Una última mirada, que recuerdo, parecía decir: –Ojalá el encuentro sea pronto. Si acaso regresemos él siga ahí como siempre, esperando que el tiempo no le cobre la factura de la vida, perpetuando su añejo cuerpo en ese mismo espacio, aunque ya no pueda trasladarse con la misma facilidad que de joven, pero sí de recibirnos como un miembro más de su familia.

Hospitalidad es el sinónimo de ese pueblo mágico llamado Cuetzalan. Se podría decir que por lo menos en una semana me desconecté del mundo, pero yo diría lo contrario: me conecté al mundo.

Me alejé de esas tormentosas redes sociales que no le sirven a nadie más que a mis enemigos. Me alejé de la cajita estúpida marca Televisa, TV Azteca e incorporados. Y sí. Me conecté al mundo. Me sentí como aquel personaje creado por Alejo Carpentier en el libro Los pasos perdidos, en donde se aparta de toda institución en busca de unos instrumentos musicales, se ve inmerso en la lejanías de las selvas y se aleja de toda comodidad.

Aunque claro está que ni músico soy, ni buscaba instrumentos. ¿Qué buscaba entonces? ¿Paz? ¿Relajación? ¡Sí! Pero creo que es lo que menos encontré.

Lo que encontré fue un bombardeo total de significados y significantes (¡cálmate Saussure!) en todos y cada uno de los rincones de Cuetzalan: desde el nombre. Cuetzalan-Quetzales-Plumas-Valiosas, ¡Ah, creo que eso es lo que significa!

Las camisas y calzones de manta, los huaraches pata de gallo que utilizaban los hombres de la región; las mujeres con sus nahuas y su blusa también de manta con algunos decorados bordados que identifican la cultura de este pueblo.

También los nombres de comidas que ni había escuchado, ni había probado y que probé: Los tlayoyos rellenos de alberjón, los molotes con pollo, el chilpozonte de res o de pollo que cuando tuvieras una resaca ¡Uy!, diría mi abuelita, ¡levanta muertos… y crudos!

Bueno eso me contaron, yo lo probé un tanto sobrio de mi cuerpo y mi alma.

También tienen sus propios ‘voladores de Papantla’

Y me tocó precisamente estar en la Semana Santa. Acostumbrado a ver las representaciones de Iztapalapa o de mi pueblillo ese que me engendró como lo es Cortázar, con los Cristos cargando la cruz ante la algarabía, la fe y el morbo de la gente en las calles.

Acá no. Pude estar en el Domingo de Ramos, en donde la gente ofrenda unos arreglos de flores tan bonitos que ojalá los hubieras visto, toda una peregrinación encabezada por el sacerdote, ¡Ah, pero antes!

Déjenme les cuento que antes de que entre la comitiva al templo, en el atrio se encuentra el ‘palo volador’ es decir donde se suben los voladores y hacen un ritual, haz de cuenta que es lo mismo que los voladores de Papantla, pero no en Yohualichan, también en San Miguel Tzinacapan, en San Andrés Tzicuilan, bueno en cada comunidad donde hubiera un templo.

Y entonces hacían su danza a ras de suelo, comenzaban a subir por el tronco y ya en la cima de éste, esperando tocar el cielo, continuaban su danza, con su música, dando vueltas y vueltas como un volantín, visitando los puntos cardinales y ya después a descender poco a poco al ritmo de las notas de la flauta.

Y bueno continuando la Semana Santa, el Viernes Santo, el del día del Vía crucis, al menos yo esperaría ver al hombre que fuera con la túnica, con la corona de espinas, los latigazos y cargando la cruz. Pero no. Acá llevaban un altar, bueno eran tres.

Es Jesús vestido con túnica entre rojo y amarillo, cargando una pequeña cruz y que es cargada por seis hombres, y en la parte de atrás, un niño vestido de morado ayudándole a cargar la cruz.

Caminando entre la algarabía, van los hombres, visitando las estaciones, que son las familias que adornan la fachada de sus casas con algunas flores de cucharilla, algunos ramas que forman un arco.

La gente, atenta a las palabras de quienes van afirmando lo que ocurre en esa estación. Aquí no hay actores, ni actuaciones, ni teatro ni nada. A nadie se crucifica en la última estación. Más bien celebran una gran misa ante el altar del templo, cubierto por una maraña de ramas y hojas diversas, y el altar crucificado de Cristo ante la vista de todos.

La magia está en el aire… y en los ojos de la gente

¿Qué más decirles? ¡Ah! Se me olvidaba. Los paisajes. Aquí, dijera un camarada oriundo de la capital poblana. “Si no traes cámara, no importa. Tu mente es tu enfoque y el zoom tu voluntad”. Y sí. Quizá aplicaba ésa con tantas bellas imágenes de paisajes, de cascadas, de ríos, de arquitecturas tan distintas a esta ciudad.

Es como si la Sierra Poblana te diera los buenos días con una fotografía de sí misma, con sus cerros y cerros de vegetación, y como si en los piquetes de mosquitos (¡Ah, cómo picaron!) quisiera que te llevaras tan sólo esa pequeña porción de esta naturaleza.

Fue una semana conectada al mundo. Con Xochical, con Atepatahua, con Tzicuilan, con Cuichat, con la Ribera, Tzinacapan, Cuauhtamazaco, ¡Las hamacas!, Xalpantzingo… ¡Como no acordarme de Xalpantzingo!

Doña Cata que nos recibió en su humilde casa, nos ofreció canela calientita en un día muy lluvioso, nos convidó tortitas de camarón con mole y las tortillas saliditas del metate al comal y del comal a mi estómago ¡Se me antojó! Pero bueno, espero estar por allá en otra ocasión.

Deleitando la pupila con los increíbles paisajes, deleitando el paladar con ricas comidas (ni modo estómago, de vuelta al ruedo), y sobre todo, aprendiendo de la magia que esa gente tiene en sus ojos, en su amabilidad al siempre darte los buenos días aunque ni siquiera en la vida te hayan visto, la humildad con que se mueven…

Y yo aquí termino mi relato, me gustaría contarles más choco-aventuras de Cuetzalan, pero mejor acuérdense: Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas; y lo que pasa en Cuetzalan, ¡Pos chance y se publica en Tribuna de Querétaro… si hay espacio!

 

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