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UAQ marcha en silencio por violencia contra estudiantes

Silencio y una tenue obscuridad. De fondo puedes escuchar cómo el viento pasa por los árboles y los pasillos de la UAQ; se puede decir que la atmósfera es pesada, nadie dice nada. Todos saben que hay una ausencia: “Son tres, no, menos, como 33 mil 993”.

Un listón oscuro, insignificante a la mirada. Tres aquí, cuatro por allá, unos más se acercan, despreocupados, melancólicos. Poco a poco hay más jóvenes en la explanada de Rectoría.

Son casi las 20 horas cuando un par de estudiantes con playeras negras comparten el contenido de una caja de cartón. Está previsto que la marcha comience en unos minutos. Mientras tanto los universitarios toman un moño luctuoso y lo guardan.

Algunas cartulinas empiezan a surgir entre los asistentes y un rumor ventoso y frío comienza a colarse por la explanada, apenas tan alto como las voces de los asistentes, que poco conversan. Mueve las banderas que ondean lentas y tal vez solo tal vez debieran estar a media asta.

A cada segundo el contingente pareciera tomar forma y la Rectora de la Universidad Autónoma de Querétaro, Teresa García Gasca, sale del edificio con su séquito, entre ellos el secretario Particular, Luis Alberto Fernández. La prensa se acerca con preguntas, un círculo de cuestiones se hace en torno a las autoridades que se disipa antes que el resto lo advierta.

En las puertas del edificio de Rectoría se encuentra una pancarta, con fotos de perfil y nombres de los desaparecidos y sus compañeros que jugaron con suerte; en medio hay un espejo con el mensaje “Podrías ser tú”.

La luz comienza a disminuir, las fotos son cada vez más difíciles de tomar; los estudiantes que esperan la llamada encienden velas y veladoras. Un estudiante se hace de la palabra por la potencia de un altavoz.

Encender velas, elevar pancartas y marchar en silencio, dolidos, temerosos de ser los siguientes. Mientras se forma el contingente, Alexandra, estudiante de Ciencias Naturales, garabatea sobre una cartulina, en cuclillas. Sobre sus piernas como apoyo, surgen los rostros a un solo trazo de los tres cineastas: Marco, Javier, Daniel.

Ha anochecido y las pequeñas flamas rojizas luchan con el viento por seguir encendidas, luchan tal juventud en un país que puede apagarte la luz sólo por estar en el lugar equivocado.

Recorren la Universidad en procesión silenciosa, rápidos, estiran las mantas con las pronuncias escritas.

Sólo se escuchan murmullos. En un momento se detiene el contingente. Silencio y una tenue obscuridad. De fondo puedes escuchar cómo el viento pasa por los árboles y los pasillos de la UAQ; se puede decir que la atmósfera es pesada, nadie dice nada. Todos saben que hay una ausencia: “Son tres, no, menos, como 33 mil 993”.

Se avanza por la Facultad de Psicología, se atraviesa Derecho y se siguen hasta la salida de avenida Tecnológico. En algún punto crece la marcha. Al salir del campus universitario son muchos, pero no son todos. En un salón, en el camión, en un laboratorio, en algún bar, en la sala de su casa está el resto de los universitarios que no fueron. No les importó o no se enteraron de la protesta silenciosa.

Desde un automóvil el conductor pita y le grita a la marcha; pide que no estorben. No se le puede culpar, puede ser que no sabe que en México hay desaparecidos, asesinados, personas disueltas en ácido; puede ser que se le hizo tarde para llegar al trabajo.

La plaza del Estudiante es el final; la gente se congrega en torno al monumento de la Bandera. “La patria es primero” tiene inscrito el monumento. Los estudiantes ponen encima una lona: “Lo que se disuelve es la autoridad”, la patria ha pasado a segundo plano. La patria es segunda frente a un Estado que no garantiza la seguridad de sus ciudadanos.

Autoridades universitarias y alumnos toman la voz. El discurso es casi idéntico en todos: No a la violencia, pacificación de México, Estado fallido, autoridades incompetentes, inseguridad… una cartulina enuncia: “All you need is love”.

El sonido es débil, pero el mensaje es fuerte; una plaza que se encuentra envuelta en el paso vehicular, una pequeña multitud de estudiantes se encuentra reunida a los pies de la bandera mexicana, no para rendirle honores, sino para lamentar la pérdida de jóvenes compañeros. “Somos estudiantes, no delincuentes”. Se rompe el silencio.

La pequeña masa se desintegra para colocar los moños negros en las tres estatuas que hay de estudiantes. La Rectora de la Universidad es detenida por una persona, «Hola, soy candidato diputado para el distrito III». ¡Qué mejor forma de asemejar el luto que hacer presencia política!

Entre los presentes hay una canasta que va de un lado a otro “Buenas, ¿no quieren donitas?”, no se le puede culpar al vendedor, encontró un mercado donde vender su mercancía: capitalismo en su máximo esplendor.

Las velas al pie del asta, una que otra ya está en las últimas, se apagan unas cuantas, las estatuas bañadas de moños negros, el sonar de los automóviles, las rutas del Qrobús que hay que tomar antes de que dejen de circular. El contingente desaparece, el mensaje es claro: No son 43, no son tres, son más de 35 mil.

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