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Un corazón lleno

Todo va bien hasta la manga derecha. Al iniciar a planchar esa última parte restante mi madre grita y se lamenta diciendo “No, no, no puede ser”.

Recién estoy arribando a mi casa, a mi guarida protectora en este eterno año. Quitándome mis audífonos me percato que la fachada está bastante descuidada, desgastada. Tengo que darle mantenimiento a la hierba, está seca y bastante amarillenta; contrasta mucho con los tres pinos en hilera de la casa del vecino que se encuentran verdes, recién cortados y en perfectas condiciones.

Lo haré la siguiente semana, al final si no lo hago puedo echarle la culpa a este año de envejecer las plantas más rápido de lo normal y de marchitar las flores que algún día tuvieron vida. Al abrir la puerta, como siempre, me reciben mis dos perros: Janis y Eddie, madre e hijo, aunque también madre y padre de una misma camada. Sí, 2013 fue un año loco y sorprendente.

Eddie se para en dos patas apoyándose en mi pierna izquierda, jadeando descontrolado y bastante contento de que haya llegado, o al menos eso quiero creer. Cierro la puerta principal y me inclino en cuclillas, lo acaricio y se echa a correr a mi cuarto para luego regresar a mí, mientras mi perra, Janis, se me acerca con bastante ánimo, pero en cámara lenta; su peso le dificulta moverse tan rápido cual caracol, aunque en una carrera apostaría los 26 pesos que tengo en mi cartera por el caracol. ¿Este saludo será la manifestación de felicidad de mis perros o será parte de su rutina diaria? ¿será amor? nunca podré encontrar una respuesta exacta, pero estoy seguro de que ellos me aman tanto como yo a ellos.

Me levanto y voy directo hacia el baño donde se encuentra mi espejo: quiero ver cuán lindo quedó mi cabello después de mi primer corte en una barbería. Se ve bastante bien, pienso yo, espero que atraiga la mirada que estoy buscando desde hace tiempo. He cruzado miradas con la chica del gimnasio en los últimos días, pero nada más no me atrevo a hablarle, y nunca lo haré. Prefiero tenerla como mi “amor platónico” a hacer el ridículo hablándole por primera vez.

Estas mariposas que habitan en mi estómago, y que se alborotan cuando mis ojos la observan, concluirán su ciclo de vida esperando a que yo pronuncie esa palabra que nos una eternamente. Sí, el amor puede doler tanto. Espera, ¿es esto amor?

¡Ya llegué!, digo echando un grito al segundo piso donde mi papá y mi hermana se encuentran. No recibo respuesta, seguramente están dormidos a pesar de faltar treinta minutos para el mediodía. Hoy será un gran 28 de noviembre. Mañana es el cumpleaños de mi hermana, pero hoy saldremos a comer.

Lo haríamos mañana, pero por las nuevas indicaciones del gobierno estatal los restaurantes cerrarán los domingos. Tengo que arreglarme antes de que mi madre salga del trabajo. Tengo hora y media de sobra. Mientras me recosté en mi cama.

Un sonido tenue empieza a escucharse en la habitación. Han pasado varios segundos desde que lo empecé a oír y ha aumentado su volumen. ¡Mi alarma! Ya son las dos de la tarde, mi madre ha llegado y ya se están arreglando. Es tiempo de tomar la ducha más rápida de mi vida. Saliendo del baño me pongo las prendas interiores y mi pantalón, y subo al cuarto de mis padres donde se encuentra el burro (bureau en francés) para planchar mi camisa azul cuyo color se va degradando hasta dar con el blanco. Le pido ayuda a mi madre para que me enseñe a planchar mi camisa. Ella tan amable como siempre y con una sonrisa en el rostro, acepta.

Todo va bien hasta la manga derecha. Al iniciar a planchar esa última parte restante mi madre grita y se lamenta diciendo “No, no, no puede ser”. Los ojos se le tornan llorosos mientras sostiene su celular con la poca fuerza que le queda en sus muñecas. Ella no está bien. Revisando su celular hay un mensaje diciendo que el esposo de su hermana, Víctor, falleció en el hospital por el coronavirus.

En la habitación nos encontramos mis padres, mi hermana y yo. Entre el silencio que inunda el cuarto se escucha a mi madre sollozar en silencio, probablemente sintiéndose responsable de ayudar a mi tía y a mi primo de diez años en lo que estuviera en sus manos.

Lamentablemente nada está en nuestras manos, estamos a 200 kilómetros de distancia. La última vez que recuerdo haber escuchado este silencio fue el 24 de mayo de este mismo año, un día después de que mi bisabuela, María Eugenia Saúl, falleciera a más de 7,000 kilómetros de distancia, en su natal Chile.

Este fue el día en que mi madre se enteró de su fallecimiento, minutos después de llegar del trabajo, un sábado por la tarde, un día antes de su cumpleaños. Tiempo después, el 18 de agosto partió mi tía María Macotela en la Ciudad de México, en brazos de su familia más cercana. Es increíble cómo en un año tres personas cercanas a mí se han ido de este mundo.

Siempre pensé que cuando mis seres queridos partieran de esta vida no sabría qué hacer, qué decir o cómo reaccionar, pero después de tiempo he aprendido una forma: escribir. No muere quien pierde la vida, muere quien es olvidado, es por esto por lo que debemos tener siempre en mente a los que ya no están, porque mientras sea así nos acompañarán para siempre como nuestro guardián no visible, como la estrella más brillante en la noche más oscura, como un grato recuerdo en nuestros variados pensamientos o como una hermosa sensación que habitará para siempre en nuestro corazón.

El llanto de mi madre ha cesado después de unos cuantos minutos. Hemos contactado a mi abuela, a mi tío y a mi prima por llamadas telefónicas, pero mi tía no ha contestado. Es cuestión de tiempo para que recupere el aliento y las fuerzas para seguir adelante con su vida. Se encuentra en una situación difícil, pero ella es fuerte, la conozco desde que tengo memoria, una mujer con carácter fuerte y con una valentía como ninguna otra. Ella saldrá adelante, de eso no tengo duda alguna.

Ahora nosotros cuatro, después de platicar un par de horas en el colchón donde mis padres duermen, hemos decidido quedarnos en casa y pedir un par de pizzas para celebrar el cumpleaños 25 de mi hermana Dyan. Después del grisáceo momento que nos llenó de tristeza, y que manchó nuestras prendas con unas cuantas lágrimas, es tiempo de verle el lado hermoso a la vida, ese donde puedes ver a tus seres queridos y decirles lo feliz que ellos te hacen sentir, donde puedes compartir algo tan sencillo, pero tan significativo, como la comida con tu familia, y donde puedes sentir que tu corazón está lleno, finalmente completo. Horas después el Sol se ha ido, mañana volverá, ¿pero realmente lo hará?

De cualquier forma, le he tomado una fotografía mental para recordarlo en caso de no verlo salir nunca más. Para mí la noche recién comienza, está lejos de terminar, pero nostálgico por la situación e inspirado para escribir, quisiera presentar —antes de perderme en un mar de ideas— una frase que escribí hace tiempo en memoria de mi bisabuela: “No pospongas más esa llamada, ese mensaje; ese beso, ese abrazo; esa oportunidad de existir al lado de esa persona especial. Aunque sin hacer eso, lo más importante es (y será) recordar, nunca dejar morir completamente, pues si se conservan dichos instantes en tu memoria, nunca estarás solo. Ahora esa persona podrá descansar sin preocupaciones, feliz y tranquila, hasta la eternidad”.

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