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Un hospital vacío de medicinas y lleno de desesperanza

Cuando llegué al segundo piso, me di cuenta de que no había nadie. Caminé un poco, pero todas las oficinas y cubículos estaban vacíos… todo estaba vacío y en todas las oficinas o en los pasillos no había nadie.

Ya le dije a las enfermeras, pero no lo quieren atender. El médico le quitó el catéter a mi nieto, lo infectó por error y ahora mi hijo se está muriendo. Ven rápido, hija”. Después de terminar la frase, su voz se quebró poco a poco. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

La señora estaba sentada en un escalón de la escalinata del Hospital General. Antes de darme la noticia, pude ver cómo en su cara comenzaba a cambiarle el semblante poco a poco. Primero, el enojo estaba reflejado en sus ojos; luego, miedo y, por último, tristeza y desesperanza.

Cuando vas camino a un hospital es común reflexionar sobre la vida. Todos los días te despides de tu familia con la esperanza de poder verlos a ver más tarde. Te diriges a tu trabajo mientras deseas llegar sin ningún percance. Realizas tus actividades como todos los días, y regresas a tu casa, listo para descasar y volver a vivir lo mismo otro día más o hasta que la muerte te lo permita.

Sin embargo, la vida es frágil. En un momento todo puede cambiar y vives con la incertidumbre de que algún día, todo el dolor, la perdida y el sufrimiento nunca terminen.

Al llegar al Hospital General, hacía un clima raro; el cielo estaba nublado, sin embargo, un pequeño rayo de sol se asomaba entre las nubes. Al entrar, tres pequeños puestos. “¿A cuánto las aguas? ¿a cuánto los churros?”, preguntaba la gente. Es conveniente tener esos puestos cerca, ya que la gente espera horas ahí. Además, sólo hay una cafetería y dos máquinas expendedoras; para poder conseguir más comida, necesitas cruzar el puente hacia el otro lado de la 5 de Febrero.

La gente lucía preocupada. Su semblante era débil. Estaban recargados en la mesa, abrazándose unos a otros o, simplemente, en silencio esperando tener noticias pronto. A pesar de que sólo existen pocas mesas afuera, la gente las compartía y platicaban entre ellas. Mientras seguía avanzado pude observar a gente dormida en espacios afuera del hospital.

Unas personas instalaron camas provisionales hechas de cartón con cobijas; de seguro esperaban recibir la noticia que ellos querían escuchar. Al caminar un poco más adentro, la sala de espera estaba llena.

Las personas que estaban sentadas ahí se tomaban de las manos, se acariciaban o se abrazaban. Al adentrarme un poco más, decidí emprender una búsqueda a la oficina del Director General, sin embargo, a toda la gente a la que le pregunté, nadie sabía cómo llegar.

Sube al segundo piso, a un lado de Recursos Humanos”, me decían. Un conserje me detuvo y dijo: “toma el ascensor, segundo piso a la derecha”.

Cuando llegué al segundo piso, me di cuenta de que no había nadie. Caminé un poco, pero todas las oficinas y cubículos estaban vacíos. Al regresar, noté que había un letrero que decía “piso número uno” por lo que decidí seguir subiendo. Al llegar, ahora sí, al segundo piso, observé lo mismo que la primera vez: todo estaba vacío y en todas las oficinas o en los pasillos no había nadie.

En esa ocasión decidí caminar un poco más, ya que me pareció muy extraño que no hubiera nadie en esa hora. Caminé por el angosto pasillo lleno de plantas, mientras buscaba en las oficinas a las personas, hasta que llegué a otras escaleras. Estaba asustado, así que subí lo más rápido que pude, ya que esperaba encontrar la oficina del Director General y que él estuviera ahí.

Cuando subí el último escalón, me di cuenta que estaba en un callejón sin salida. Había muchas sillas amontonadas cubriendo “algo” y una colchoneta se estaba moviendo. Estaba muy sugestionado, por lo que corrí y bajé lo más rápido que pude de ahí. Sentí cómo algo me perseguía y bajé hasta una parte donde daban consultas. Pregunté por la salida y decidí comenzar a investigar sobre la falta de medicamentos.

Salí a la parte principal para poder platicar con alguien. Es difícil acercarse a alguien en un hospital, ya que no sabes por qué está ahí o si tiene ganas de charlar. Encontré a dos mujeres mayores sentadas en una banqueta, ambas tenían bolsas y una de ellas se había quitado sus zapatos. Al acercarme, les pregunté si ellas habían encontrado medicamento, ya que mi mejor amigo estaba buscando “amlodipino” y no había encontrado desde hace tres meses.

Una de las señoras, con una mirada cansada, me respondió: “desde ayer he estado buscando medicamentos, pero aquí no lo tienen. Tuvieron que mandarme a la farmacia Guadalajara a buscarlo y, además, está bien caro, me costó 550 pesos”. La mujer continuó: “además, después me dijeron que estaba el mismo medicamento en las farmacias Similares; no sé por qué nos hacen eso”.

Me formé en la fila para pedir medicamento; antes de mí estaba una señora, la encargada le dijo que se habían recetado mal la medicina y tenía que regresar con el doctor para que le dieran la dosis correcta. Cuando fue mi turno, pregunté por los medicamentos que buscaba para mi amigo y pregunté por los requisitos para poder adquirirlos.

Me llevé una sorpresa cuando me dijeron que, después de tanto tiempo, los medicamentos habían llegado. Me preguntaron qué necesitaba y comenté que más tarde iba a regresar por ellos.

Di las gracias y continué buscando testimonios. El clima había comenzado a nublarse más y una ligera lluvia estaba cayendo. La gente comenzó a refugiarse en los pilares y mesas con techo. Decidí acercarme a una mesa para platicar con dos personas.

El primero de ellos era un señor; antes de acercarme con él, noté que su preocupación se podía notar desde muy lejos. La persona a su lado era de una edad más avanzada y también sus ojos reflejaban preocupación.

Hola, desde hace un mes, estoy buscando medicamento para mi amigo. Pero no lo encuentro en ningún lado, ¿ustedes también han batallado para encontrar medicamento?”, pregunté. El hombre más joven suspiró y contestó: “llevamos mucho tiempo aquí y no hay nada. ¿Qué estás buscando?”

Estoy buscando tres medicamentos: amlodipino, ciclosporina y predniosa”, respondí.

El hombre se dio cuenta que anoté algo en mi cuaderno y respondió: “en esta administración no ha habido nada de medicamento. En la administración de Calzada había más”. El hombre se quedó callado y la persona de edad mayor me preguntó para qué eran los medicamentos que estaba buscando.

Poco después comenzó a aglomerarse la gente en un espacio. Unos jóvenes con uniforme escolar regalaban tortas y agua a la gente que estaba en el exterior del hospital. Las personas comenzaron a formarse y poco a poco iban saliendo con comida y una sonrisa en el rostro.

Después de contemplar la escena, decidí partir. Compré unas aguas para las personas que me ayudaron, se las obsequié y me retiré. Cuando estaba dando una última vuelta por el hospital, volví a reflexionar sobre la vida y lo frágil que puede llegar a ser.

Sin embargo, me di cuenta que, a pesar de los malos momentos que puede estar pasando la gente, siempre habrá personas que ayuden y brinden esperanza en los momentos más difíciles de las personas, sin importar la adversidad por la que estén pasando.

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