Un pedacito del mundo en Querétaro

El primer bocado fue suficiente para entender por qué todos hacían fila frente al puesto de Venezuela. La arepa, calientita y rellena de carne mechada, tenía ese sabor casero que se siente como un abrazo. Mientras la disfrutaba sentada en una mesa roja bajo el cielo despejado, a mi alrededor el mundo parecía reunirse en un sólo lugar: los colores de África, los aromas de Asia, los acentos de América Latina y Europa.
Así empezó mi recorrido por el Festival de Comunidades Extranjeras, un evento donde cada país comparte un pedacito de su identidad -ya sea en forma de comida, música, artesanías o trajes típicos- y donde, por unas horas, Querétaro se convierte en un mapa vivo del mundo.
Apenas crucé la entrada, el recorrido comenzaba por América. Los primeros puestos eran una explosión de música, colores y aromas: Argentina, Brasil, Colombia… cada uno con su acento, su ritmo y su sabor. Entre banderas y sonrisas, el aire olía a café recién hecho y a carne asada.
Cuando vi el letrero de Colombia, supe que quería una arepa. Pero el destino quiso que ya no quedaran. Seguí caminando, con curiosidad, hasta encontrar el siguiente puesto: Venezuela. Ahí estaban, doradas y humeantes, listas para servirse. Fue imposible resistirme.
Sabores e historias

Mientras la comía, observaba a mi alrededor el ir y venir de personas con trajes típicos, cámaras, niños curiosos y familias que se detenían en cada país. Cada puesto era una pequeña ventana al mundo. Y entre todos ellos, uno me llamó especialmente la atención: Palestina.
Su bandera ondeaba firme, rodeada de tejidos y decoraciones árabes. Me conmovió verla ahí, presente, recordándonos que incluso en medio de la adversidad, la cultura y la identidad resisten.
El rincón de lo nuestro
En medio de tantos países, me sorprendió encontrar, en un pequeño rincón, los puestos de México y Querétaro. Estaban ahí, discretos, casi escondidos entre el resto, pero llenos de color. El de México mostraba lo típico de Acapulco: su gastronomía, sus sabores de mar y su ambiente alegre que parecía traer un pedacito de playa al corazón de Querétaro. A un lado, el de Querétaro destacaba con su símbolo más querido: la muñeca Lelé, rodeada de artesanías y detalles que recordaban nuestras raíces locales.
Me pareció curioso que ambos estuvieran en un rincón, como si el país anfitrión se hiciera a un lado para dejar brillar a los demás. Y, sin embargo, su presencia era imposible de ignorar. Había algo muy bonito en eso: México compartiendo espacio, no como protagonista, sino como parte del todo.
Más adelante, entre los pasillos, descubrí los puestos de comercio local. Pequeños emprendedores ofrecían desde mermeladas artesanales hasta jabones naturales, postres, adornos y bebidas. Todo elaborado con manos queretanas. Era como si el festival no solo reuniera culturas del mundo, sino también lo mejor del talento local.

Rostros del mundo, voces del alma
La diversidad cultural del festival se hizo evidente con cada participante. Desde África Oriental, encontramos a un guerrero Masái con su vibrante manta de cuadros rojos y azules, grandes collares de cuentas y un escudo ovalado, representando las tradiciones de Tanzania.
Contrastando con el calor africano, vimos a un orgulloso representante de Escocia (Reino Unido), quien lucía la vestimenta tradicional: una falda kilt de tartán azul y verde, complementada con un bolso y un sombrero de piel, mientras ondeaba la bandera escocesa.
Por otro lado, la cultura germánica de los Alpes también estaba presente con un hombre que vestía los tradicionales Lederhosen (pantalones de cuero con tirantes) y un sombrero alpino, reflejando el folclore de Baviera (Alemania).
El factor sorpresa lo puso un participante con un traje temático de Vikingo de los Países Nórdicos. Con su túnica de paño y su casco con cuernos, portando un hacha de utilería, evocaba la épica historia de estos pueblos.

Finalmente, Un joven uruguayo, país que representaba con la camiseta celeste de su selección de fútbol. Su atuendo festivo se completaba con un llamativo sombrero de cotillón a rayas azules y blancas con hilos amarillos.
Cada detalle contaba algo: una historia, una raíz, una identidad. Y mientras caminaba con mi cámara en mano, entendí que el festival no era solo una muestra cultural, sino un encuentro de miradas.
Un viaje sin salir de casa
Al final del recorrido, guardé mi folleto en la mochila y miré alrededor una última vez. Había pasado por decenas de países sin salir de Querétaro. Cada puesto, cada rostro, cada sabor, me recordaba que la diversidad no solo se observa: se vive, se huele, se escucha y se prueba.
Con cada puesto, cada aroma y cada acento, el festival fue un pequeño viaje alrededor del mundo… sin salir de Querétaro. Y sí, la arepa valió totalmente la fila.



