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Un viaje místico por la huasteca potosina

En San Luis Potosí lo mismo se encuentra uno con jardines surrealistas que con bellas cascadas y pueblos fantasmas

Foto: Araceli López Jaramillo

Por: Araceli López Jaramillo

 

Con 3 mil pesos muy bien guardados en el calcetín iniciamos la aventura de este viaje. Cansados del olor de las fabricas, mi compañero y yo decidimos olvidarnos también del ruido del claxon de los “micros”, en especial de la ruta 38, entonando yo en voz baja una canción de Lolo Samo “Vámonos de aquí”, agarramos camino.

Tomando la carretera 57 saliendo de San Juan del Río, pasando por Querétaro, San José Iturbide, San Luis de la Paz, Villa de Reyes y San Luis Potosí, donde la parada fue rápida pues oscurecería, así que sólo se visitó el Centro Histórico, una comida ligera, disfrutar de las auténticas enchiladas potosinas, y después rumbo a Matehuala y así concretar el destino final, Real de Catorce.

Para llegar, un camino empedrado se hace infinito y se sienten la desesperación y la emoción de llegar a Real de Catorce.

Pronto oscurecerá y pensarás que el desierto del Catorce tomará vida, se deduce, es únicamente emoción por llegar, sólo eso, preguntas como si habrá brujas, naguales, víboras, pasan por segundos por tu mente pero al mirar que se llega al túnel que da acceso al pueblo se olvidan los pensamientos irracionales, el túnel de 2 mil 300 metros de longitud te prueba nuevamente, ya que al recorrerlo el olor a tierra húmeda y oscuridad se conjugan nuevamente y se recuerda a los mineros que habitaban ahí en el año de 1779.

La plata se encontraba en aquel entonces casi a ras del suelo. Miles de leyendas hay sobre esto, se dice que personas prendían fogatas y se daban cuenta que empezaban a deshacerse dichas piedras como agua, entonces se sabía que aquello que se fundía era plata.

Real de Catorce, calles de subida y bajadas pronunciadas, primera exploración: El desierto, a conocer el peyote. Buscando a la gente indicada es fácil llegar, esta ocasión Carlos, un habitante nativo, nos condujo al desierto, él nos dijo: “los llevo al desierto, donde no hay peligro, donde no llegan los federales, donde se pueden comer a gusto el peyote, los llevaré a la mera mata y los espero hasta la hora que quieran, 150 pesos por cada uno pero no hay pierde, pueden confiar en mí, hasta las víboras le mato. Y así entonces llegamos a la estación Catorce y de ahí a media hora su casa, caminamos aproximadamente 20 minutos y ahí estaban los peyotes esperándonos.

Se cuenta que no debes andar buscando al peyote, el peyote te debe encontrar (así como dicen del amor) y después de caminar algunos metros ahí estaba él, mirándome de una forma extraña, había encontrado a mi peyote. De regreso Carlos nos contó una leyenda sobre el espíritu de un minero que perdía a sus compañeros, pero era con el afán de que ellos lo buscaran y cuando lo encontraban, estaba donde yacía la plata, les facilitaba el trabajo.

Un coyote salió a la carretera para despedirnos (al menos eso creí yo).

 

De cerros y ríos

Segunda exploración: El cerro El Quemado, santuario de los huicholes lugar sagrado que emana paz, se puede observar todo el desierto así como los cuatro puntos cardinales, el viento juega con tu cabello como le place y sabes que valió la pena llegar hasta aquí, observas las montañas de Wirikuta, la capilla donde hay ofrendas y el centro ceremonial de los huicholes, en este paseo Juan nos llevó, un caballerango nativo, nos platica que luego las televisoras quieren ir cuando llegan los huicholes pero nada más no los dejan pasar, nos enseñó la hierba de San Nicolás, para las mujeres que no pueden tener hijos, unos tecitos y hasta cuates parían. Víboras de cascabel, conejos muy amigables y caballos bien domesticados son parte del paisaje.

Muchas exploraciones más: el pueblo fantasma, la iglesia donde está San Francisco de Asis, santo muy milagroso, en su iglesia hay miles de dibujos hechos por personas agradeciendo los milagros concedidos, su vestimenta de “Panchito” o “ El Charrito” como aquí en Real de Catorce le dicen, tienen bordado en sus vestimentas un árbol que pertenece al arte huichol. Un niño de siete años nos canta el corrido de Real de Catorce y lo termina con un requinto labial, el niño por su encanto se ganó 10 pesos esa tarde.

La pomada de peyote para las reumas y los dolores vendida como excelente remedio, el peyotito de cerámica para los amigos, muchas fotos y varios recuerdos se meten a una maleta y seguimos la ruta.

Llegamos a río Verde y a 10 kilómetros se encuentra La Media Luna, un manantial de agua dulce, los yacimientos que lo conforman son seis y su forma se dice es similar a un volcán invertido, están a diferentes profundidades (comprobado, hay que tener cuidado), el más hondo se encuentra a 36 metros y se llama La Laguna. Lula, habitante de ese lugar, comenta que todo el año es ideal para nadar, mucho mejor en diciembre. Millones de peces habitan aquí, sus mordeduras son inofensivas, hasta cosquillas dan y les encanta salir en las fotos.

 

Cascadas y un jardín surrealista

Seguimos la ruta hacia Tamasopo, ahí hacemos parada en Puente de Dios, un lugar donde la fuerza del agua del río Tamasopo ha erosionado la piedra entre dos cerros formando un puente de roca natural. El río también cavó una gran poza natural honda y casi circular, con las paredes cubiertas de vegetación.

En este lugar la fuerza del agua del río Tamasopo ha erosionado la piedra entre dos cerros formando un puente de roca natural, aquí dormimos en una huerta cercana donde es la mejor época de la pagua, que es un aguacate grande, el almuerzo de esa mañana: quesadillas con mucha pagua.

Próxima parada cascadas de Tamasopo cuyo nombre significa “lugar que gotea” a sólo 10 minutos del Puente de Dios, donde hay cascadas de 25 metros, agua azul, y un olor muy agradable. Caracoles, ranas, árboles de plátanos, un perro local que juega a que le tire el tronco su amo al agua, inteligentemente sabe por donde irse para no tocar el fondo, unos policías federales hacen parada en este lugar, se sacan sus fotos clásicas con la mano en forma de amor y paz, se creen más inteligentes que el perro e intentan jugar con la mascota haciendo presente su superioridad errónea, el perro les gana el juego y de remate muerde a uno de ellos.

Ahora vamos camino hacia Xilitla, nos encontramos de paso las cascadas de Tamul, a las cuales por falta de tiempo no llegamos ya que Xilitla nos esperaba, para finalizar con el jardín botánico surrealista de Edward James.

Una obsesión o un capricho surrealista de un aristócrata con casi tanta fantasía como dinero, amigo del pintor Salvador Dalí, el inglés Edward James encontró en esta comunidad un lugar para dar rienda suelta a su imaginación y deseos delirantes, construyó un edén en medio de la selva, pretendía vivir sin paredes, hizo una escalera que llega al cielo, un ojo divino donde Dios cuidan tu camino, unas manos de gigante que dan paz al viajero, diseñó las pozas de agua naturales, un pasillo de las siete serpientes que simbolizan los siete pecados capitales.

En el camino de regreso nos encontramos con la cascada del Chuveje, río Escanela, pero para ese entonces únicamente contábamos con 300 pesos, así que decidimos tomar la Sierra queretana, sumergirnos entre las curvas y los árboles. La Sierra parece infinita, sólo podía pensar para relajarme en una canción de Jaguares –“Detrás de los cerros”–, entonces las curvas parecían más fáciles y fuimos así pasando Jalpan de Serra, San Joaquín, Cadereyta, Tequisquiapan y por último llegamos a San Juan del Rio. El olor de la fábrica Kimberly Clark nos dio la bienvenida.

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