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Una jaculatoria para “sacarle” el diablo a los reporteros

Foto: Guadalupe Jiménez

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Son las 10 de la mañana del jueves y al interior del Templo de Santa Clara hay personas que no son turistas. La mayor parte de los que se encuentran en el templo son de piel morena y vienen a escuchar misa.

Hoy no se ven canadienses o franceses en pantalón corto que fotografían cualquier detalle de los retablos.

No, hoy se respira el espíritu de las monjas que escuchaban la misa encerradas tras la reja del coro en tiempos coloniales. El espíritu del pasado, del incienso, de lo rancio, lo reaccionario.

Hay olor a sangre de cristero, pero sin la presencia de sangre. Una legión de mujeres de la tercera edad, vestidas con mandiles rojos, recorre las bancas para entregar un panfleto engrapado por en medio.

Lo inaugura una jaculatoria a San Francisco de Sales “Patrono de los comunicadores”.

La razón: el obispo de la Diócesis de Querétaro, Faustino Armendáriz Jiménez, dará una misa para el gremio periodístico.

Algunos fotógrafos del diarismo hacen acto de aparición. En lugar del Espíritu Santo, es el espíritu de Daguerre el que se pasea a sus anchas, encarnado en los flashes de los diaristas.

Algunos se saludan, otros se ignoran. A unos se les nota la devoción en la cara, con su expresión silenciosa y reverente hacia el altar.

Otros, la mayoría, se limitan a cumplir con su chamba y buscar el mejor ángulo para atacar al obispo a flashazos una vez que abandone la sacristía.

Hay unos cuantos rezagados, embajadores de Luzbel en el recinto sagrado, que lucen más bien incómodos, desesperados. Se distraen al tomar apuntes o al leer cualquier cosa que no sea la jaculatoria de San Francisco. Ellos son los menos.

En realidad los periodistas que vienen no sobrepasan la cifra de 40. Un hombre gordo y elegante viene con toda su familia. La mayoría viene sin compañía, o con su cámara, o su grabadora, que de hecho es toda su familia.

Un tercio de los asistentes pertenece a distintos movimientos eclesiales. Se distinguen entre los demás los integrantes de la llamada “pastoral de comunicación”. Ellos también hablan entre sí. ¿De qué cosas? Su tema fundamental es “la pérdida (de) los valores” que enfrenta la sociedad actual.

 

Foto: Guadalupe JiménezSan Pablo en Twitter y San Irineo facebookeando

Como a las 10:05, 10:10, o más bien una de esas horas imprecisas que resultan difíciles de leer en relojes tradicionales, el obispo Faustino Armendáriz llega al altar acompañado de una decena de concelebrantes. Son diáconos.

Quizá dos o tres son sacerdotes, pero la mayoría son diáconos, o por lo menos lucen como diáconos. ¿Qué cómo luce un diácono? Pues los diáconos son jóvenes, algunos guapos, sonrientes, muestran rubor en las mejillas. No sé, por lo menos así los pintan.

La misa avanza y la mayoría de los presentes siguen su ritmo al pie de la letra. Se sientan, se paran, se hincan. Es como hacer aeróbics y Teología al mismo tiempo.

Los que son camarógrafos de noticieros, y algunos fotógrafos de los diarios, sobre todo jóvenes, ignoran por completo los ritmos de la liturgia y recorren el templo en la búsqueda de un buen ángulo para captar al obispo.

Los más viejos se las ingenian para maniobrar la cámara y arrodillarse al mismo tiempo.

Cuando terminan de leer un fragmento de la Carta a los hebreos, el salmo y el Evangelio según San Juan, el obispo lee una pequeña homilía que preparó expresamente para la ocasión. No la improvisa, no la dice al aire. No se da el lujo de expresarse más allá de lo que quiere que se escuche.

En la homilía toca diversos temas, que van desde la necesidad del periodismo dentro de la sociedad actual, hasta la incorporación de las redes sociales a la evangelización contemporánea. De inmediato uno piensa en San Pablo usando Twitter y en San Ireneo fustigando a los gnósticos mediante estados de Facebook.

Otro tema es la “objetividad” que, según el prelado, debe existir entre los periodistas. Tal vez sería conveniente pedirle que deje al santo de Sales un rato y revise el manual de Leñero y Marín, el primero católico, por cierto.

Culmina su homilía exhortando a los reporteros a “transformar una sociedad en la que permea el relativismo”. Nunca explica qué es eso del relativismo, aunque si se lee a Benedicto XVI, la respuesta es fácil, relativismo es secularización, Estado laico y ética autónoma en cuanto a la religión. A veces, relativismo es tolerancia.

La homilía cede su paso al ofertorio y la misma legión de señoras que repartió los misales al principio, pasa ahora con las canastillas listas para recibir el dinero de los fieles. Un santo de porcelana sonríe ligeramente desde su nicho pintado con oro. Le da risa que pidan dinero en lugar de quitarle a él tantos lujos que chocan con su visión de la humildad cristiana.

 

Tras la misa, un brindis con el Obispo

El ofertorio termina y llega la consagración. Es lo único que queda de sagrado, de ritual. El incienso sube hacia la cúpula, mientras la campanilla suena en medio del silencio más agudo. Un pequeño rayo de luz acaricia los retablos desde la cúpula.

Aquí no hay prédica, ni doctrina, tampoco moralina dominguera, todo es rito, el del hombre que anhela lo absoluto. Esto difiere con la homilía. La consagración cede su lugar al Padre Nuestro, luego viene la comunión.

Algunos camarógrafos comulgan con la cámara en los hombros.

La comunión termina pronto y la misa se diluye en aplausos, ovaciones, flashes.

Un diácono invita a los reporteros a tomarse la foto con el obispo. Todos van, como va el niño en Disneylandia a juguetear con Mickey Mouse. Los de la pastoral de comunicación no se quedan atrás y se unen a la foto.

Luego hay un brindis. Hay vino, refresco, menos vino que refresco, trufas, cocteles y cosas así. A monseñor Armendáriz lo rodea la legión de señoras. Unos diáconos despistados recorren la kermés junto a los reporteros.

Luego se van, todos se van: el obispo a preparar su próximo sermón, sin quedar mal con el Papa, sin quedar mal con el mundo. Las señoras a rezar, o protestar contra el matrimonio gay o la “inmoralidad” en la televisión.

Los últimos en irse son los periodistas, jesucristos cuyo calvario entre las notas caducas y los Poncios Pilatos contemporáneos apenas comienza para repetirse mañana, y pasado también.

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