Información

Una pasión microscópica (Primera parte)

Francisco Biagi Filizola, padre de la disciplina parasitaria en México, relata su vida en el marco del Día del Médico, 23 de octubre

Por: Ricardo Lugo Medina / Carlo Aguilar González

Entre pasillos elegantes e iluminación tenue que finamente deja ver una larga alfombra y paredes que esconden infinidad de historias, de las más longevas de la ciudad, se encuentra la habitación número 133.

Claro, es un edificio residencial para adultos mayores que está en la ciudad, en donde vive Francisco Biagi Filizola, primer médico mexicano que trabajó en la sede de la Organización Mundial de la Salud (OMS), miembro titular de la Academia Nacional de Medicina, autor del libro Enfermedades parasitarias (una de las obras más reconocidas en la parasitología) y ex jefe del Departamento de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina en la UNAM.

Encontrar palabras para describir a Francisco no es complicado. Quizá encaje “eminencia” o quizá la palabra “figura” sea adecuada, pero ninguna de ésas es ad hoc con la modestia, la sencillez y la lucidez con la que el precursor y padre de la parasitología mexicana nos recibió.

Dio la impresión que Pipo –la mascota del doctor– durante toda la semana aguardó por nosotros, nos adoptó con ansia recién se abrió la puerta, salió contento y feliz, brincaba e hizo fiesta.

Sólo un acto bastó para comprender que esa charla sería placentera: estrechar la mano con el doctor Francisco Biagi.

Joven de 83 años que en su sonrisa, mirada y voz, esconde la máxima sabiduría que pudo cambiar el rumbo del saber científico y la investigación en el país.

Amablemente nos ofreció asiento, y sin dudarlo nos abrió otras dos puertas: la de su vida y la de su experiencia.

Era única la duda: ¿Qué camino recorrió para llegar hasta este momento?

“Yo me vine a Querétaro en el año 2000, a San Juan del Río. Quise venirme en 1970, pero me detuvo quien era mi esposa.

“Soy de Tampico, y fui a México porque era la única escuela de medicina que había en el país.

Cuando yo era niño empecé a ser cazador desde los cinco años de edad. Me gustó mucho el campo y los animales. En Tampico asistía a la escuela, pero a veces me iba a pescar o a cazar. Tamaulipas aún es un paraíso de la casa y la pesca.

“Luego al ver la diferencia de calidad de las escuelas entre Tampico y San Luis, fui a San Luis Potosí. Fue en segundo año de secundaria, mi maestro de zoología nos dijo: ‘ahí cuando puedan a ver si van a una acequia o arroyo y tráiganse algunas yerbitas de ahí del agua para que les enseñe en el microscopio los protozoarios’. Pues yo fui el primero que trajo su muestra. Fue una maravilla ver las euglenas y los paramecios en el microscopio. Así era.

“Entonces yo quise estudiar más de lo que era el programa de enseñanzas, mi maestro me recomendó un buen libro en francés sobre zoología y yo lo compré. Teníamos la tarea de hacer una colección de animales y yo hice la mejor colección que se había hecho en toda la historia de la escuela.

“Decidí ser biólogo. Porque además debíamos clasificar los animales que teníamos en las colecciones y pues había muchos que no estaban conocidos, no habían sido descritos como especies. Entonces yo me puse a clasificarlos para que tuvieran su nombre como debe ser.

 

“¿En dónde podría estudiar biología?”

“En la secundaria le pregunté a mi maestro de zoología que en dónde podría estudiar biología. Pues me dijo que en México, en la universidad nacional, en el Instituto de Biología. Ahí había varios laboratorios de investigación en zoología y en botánica.

“Mi papá decidió dejar el negocio que tenía y nuestra familia se trasladó a vivir a México para que mi hermano y yo estudiáramos allá.

“Así fue. En primer año de prepa nos enseñaban biología y le pregunté a mi maestro que dónde estaba el Instituto de Biología, me contó que estaba en la Casa del Lago en el Bosque de Chapultepec.

“Me preguntó la razón por la que yo quería saber, le dije: ‘porque quiero ser biólogo y hacer investigación en zoología’.

“Fui al Instituto de Biología. No había nadie más que el bibliotecario. La Casa del Lago en Chapultepec era un museo de muebles austriacos, porque allí había sido cuartel general y la vivienda del comandante de los guardaespaldas de Maximiliano, Maximiliano vivía en el castillo.

“En la Casa del Lago había unos muebles preciosos de madera. El bibliotecario me enseñó y me dijo cómo era todo el instituto. También dijo que los investigadores sólo venían en la tarde porque en la mañana se la pasaban dando clases.

“Supe en aquel momento que los biólogos titulados dan clases en las escuelas secundarias y ganaban cinco pesos por clase, cuando llenar un tanque de gasolina del coche costaba 40 pesos. “Dos días de trabajo eran los que te podían dar sólo para la gasolina, entonces ningún biólogo tenía carro”, señaló.

 

“La medicina es un ejercicio intelectual”

Sonrió momentáneamente, era notable que esos recuerdos le causaban cosquillas en la mente.

“Se iban en camión a pesar de que estaban en la institución más elevada del país, en la principal universidad de México trabajando como investigadores de tiempo completo. Se les perdonaba que no vinieran pues no había más medios.”

La estampa era única. Si alguien en aquel momento se hubiese preguntado qué es la pasión por los sueños cumplidos, no habría existido explicación más clara que observar a Francisco Biagi postrado en su silla de madera relatando su historia personal. Serio y alegre a la vez, fascinante y melancólico al mismo tiempo, lograba conjeturar los recuerdos de su pasado.

Después de un intento fallido de cambiar la biología por la agronomía, Francisco Biagi tuvo otras dos opciones.

“Lo único que había era odontología o medicina, y odontología pues es una cosa más mecánica que intelectual, no quiero ofender pero así es, ellos hacen carpintería en los dientes –sonrió.

“La medicina es más un ejercicio intelectual y escogí medicina, la carrera de seis años. La parasitología y la microbiología se enseñaban en segundo año. La parasitología se enseñaba en un libro que hacía uno de los maestros y que era un resumen de un libro francés. Francia tenía muchas colonias en África, aquel libro que eran dos tomos así grandotes –hizo una seña con la mano y dejó en claro que sí eran grandes–, hablaban muy a detalle de las enfermedades parasitarias en África. Nos fascinaba.

“En aquella época vino un profesor de la ciudad de Nueva York a dar una conferencia sobre los Ascaris, que son las lombrices intestinales. Nos invitaron a todos, a alumnos y maestros.

“El doctor que daba la conferencia comenzó pasando unas transparencias con el nombre de muchas ciudades y la frecuencia con que existían las lombrices, y cuando estaba leyendo eso me di cuenta que no traía ningún dato sobre México, entonces pidió disculpas y dijo “ustedes saben de esto, seguramente alguien quiera decir algo”; ninguno de los maestros sabía nada de cuál era la frecuencia con que se daban las lombrices intestinales en ningún lugar de la República Mexicana. “Eso no era porque los maestros estaban mal, era porque no se había hecho ningún trabajo para estudiar el asunto éste que es elemental.

“No se sabía nada de la frecuencia de la Ascaris; se sabía que existía, pero no había ningún dato científico.

“Yo dije, ‘esto está muy mal’. Estamos enseñando lombrices africanas y no les enseñamos las que existen en el país, primero. En segundo, no sabemos ni siquiera cuál es la frecuencia de las lombrices parasitarias, se dice que son frecuentes, pero no sabemos en qué grupos de edad, en qué zonas del país.

“Entonces me propuse hacer investigación para informar y tener datos. También me propuse reestructurar la enseñanza de la materia en la Facultad de Medicina. Así fue.

“En aquel tiempo, todos los médicos al terminar la carrera tenían que ir a trabajar un año a una zona rural. Yo quería quedarme en México para hacer trabajo de investigación y en cuanto se pudiera ir al Instituto de Biología.

“Pero un médico me dijo que no podría tomar decisiones en un hospital, pero que si me iba a una zona rural a cinco horas de la ciudad y me llega un paciente con un pie fracturado y no había transporte, “ahí tienes que tomar decisiones”; entonces como formación profesional es importante que te vayas a zonas rurales para tomar decisiones médicas sin tener a un lado al maestro.

“Revisé en la parte de parasitología y resultó que en el sureste, en la península de Yucatán, había una enfermedad que se llamaba “úlcera de los chicleros” que la descubrió un médico danés que iba de turista. No se sabía que esa enfermedad era una leishmaniasis, hasta que llegó un danés a Chichén Itzá, vergüenza para la medicina mexicana, ¿verdad?

“Se sabía que había una úlcera de los chicleros en la península de Yucatán, pero no se sabía nada más, cómo se transmitía, en qué época del año. Yo decidí irme a estudiar esta enfermedad pues no se sabía nada.”

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba