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Una variación sobre la universidad

Punto y seguido

Ricardo Rivón Lazcano

 

A Isaac Bashevis Singer no le preocupa, menos estando muerto, que la humanidad pueda abandonar el saber. Vivimos en una época en la que no sabemos exactamente dónde se da la verdadera batalla por la existencia humana y el tipo de existencia misma. Sabemos, eso sí, que una parte se da en las universidades, en los laboratorios, en las bibliotecas

 

Hace 2400 años Platón fundó la Academia de Atenas; hace mil años se inició el furor creativo que materializó la primera ola de creación de universidades italianas y luego su expansión por Europa. Hace 500 años con la colonización española se fundaron en México y Latinoamérica las más antiguas universidades del continente.

 

Un tiempo aparentemente continuo testificó la creación de la Universidad Autónoma de Querétaro y, hace 40 años, su localización emblemática moderna en el Cerro de las Campanas.

 

Ningún medio del saber debe morir, sin embargo sucede (el Telpochcalli y el Calmécac desaparecieron). Hay en la actualidad unos siete mil ciento veintiocho millones de personas en el planeta.

 

 

 

Cuando Platón fundó su Academia la población, se estima, estaba entre los cien millones; durante la creación de las primeras universidades europeas se calculan trescientos millones y, coincidiendo con el Renacimiento y la instalación de las primeras universidades americanas, se estima había 425 millones de habitantes.

 

 

 

Por el modo “malthusiano” en que nos multiplicamos, tendremos muchos miles de millones de hombres y mujeres más dentro de algunas décadas, y cada uno de los que decidan estudiar (y ser aceptado) en las universidades, requerirá algún tema para escribir su tesis doctoral.

 

 

 

Una de las preocupaciones de Singer era que la superabundancia de publicaciones mediocres llegase a crear una inflación literaria semejante a la que se da todo el tiempo con el dinero.

 

 

 

“Pude experimentar –dice Singer– estos dos fenómenos en Polonia. Vi montones de billetes tirados en las alcantarillas sin que nadie quisiera levantarlos. Recuerdo también que fui a una librería en una cruda noche de invierno. El propietario era escritor. Estuvimos platicando sobre literatura durante horas y no entró un solo cliente. Llegó entonces el momento de cerrar el local y para mi sorpresa descubrí que tenía tres o cuatro cerraduras pesadas en la puerta. Le pregunté al propietario: ¿por qué tantos cerrojos? ¿Quién te va a robar libros en medio de esta tormenta de nieve? Y me dijo: –No me da miedo que se roben los libros. Lo que me da miedo es que algunos autores puedan aparecer a la mitad de la noche y que me metan más libros.”

 

 

 

Si nos situamos allá arriba, en el mundo de las abstracciones, y nos montamos en la lógica del conocimiento científico, y nos disponemos a aceptar que todo conocimiento científico es finito (lo demás es dogma), tendremos que envidiar a los que asistirán a las bibliotecas dentro de cinco décadas o mil años. Acaso hayan desaprendido un montón de sin sentidos que sus antepasados se tragaron (nos tragamos) como ciertos. Acaso aprendan una multitud de verdades de las cuales no tenemos hoy la menor idea y que consideramos como absolutos imposibles. Es bueno pensar que tanto en la ciencia como en el arte, estamos permanentemente en los inicios del saber, cada cerebro individual es un reinicio de algo no garantizado.

 

 

 

En las universidades hay saberes e impotencias, avances y perplejidades paralizantes.

 

 

 

Dónde están quienes y mediante qué métodos, por ejemplo, proporcionarán la sabiduría que ayude a superar problemas como los que enlista Fernando Solana Olivares:

 

 

 

1) La impunidad y la corrupción, males ancestrales mexicanos; 2) El vínculo orgánico entre el gobierno y el crimen, los pactos documentados de presidentes, hermanos de presidentes y capos de los cárteles del crimen; 3) Las lesiones cognitivas producidas por la televisión duopólica nacional, incansable maestra hipócrita del crimen y la violencia; 4) Los flujos monetarios del crimen organizado, dinero negro que integra el sistema económico-político; 5) El voraz culto al dinero, sobre socializado por las industrias de la conciencia; 6) La quiebra del sistema educativo neoliberal; 7) El visible y a la vez oculto y profundo proceso económico de concentración y transferencia iniciado hace tres décadas en el país; 8) El predominio social inducido de la imagen sobre la reflexión, sobre la abstracción; 9) La pérdida de un recurso conceptual común: “solo relaciona” (Forster); 10) La relativización de la depravación como práctica individual fomentada por las industrias de la conciencia; 11) La perversión de las iglesias materialistas espirituales; 12) La cesión cultural mediática hacia la narcocultura; 13) La activa complicidad de la clase política, por omisión y comisión, con el crimen organizado; 14) La tara histórica de la inaceptación orgánica mexicana, su desigualdad abismal; 15) El laberinto sentimental caracterológico de los mexicanos donde “el que no cae, resbala”; 16) La inducida confusión entre causas y efectos como forma invariable de la comunicación; 17) La construcción mental monolítica del consumidor egoísta; 18) El misterio activo de la antigua, estrecha y oscura dependencia entre asesinato y política; 19) La administración intencional del horror y la violencia como acción pública subterránea; 20) El síndrome político de los aprendices de brujo, cuyas malévolas creaturas se multiplican y los rebasan; 21) La idiosincrática imposición de que no puede hablarse de crimen donde no hay ley; 22) El fracaso evidente y patológicamente negado de la farisaica guerra anglosajona contra las drogas; 23) El reemplazo irreparable del ciudadano por el consumidor; 24) La cancelación del tiempo existencial por un “ahorismo” enajenante; 25) La mutilación impuesta por el regreso de dioses arcaicos como Tezcatlipoca; 26) La fatalidad geográfica del territorio mexicano, un traspatio imperial; 27) El estilo nacional como la huella de lo que es sobre lo que se hace; 28) El culto a la satisfacción inmediata del deseo y su “democratización” mediática; 29) La corrupción del lenguaje.

Tal vez la sabiduría individual no alcance.

 

(Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de literatura. Retomé escritos publicados en la revista Nexos; Fernado Solana, columnista en Milenio Diario).

rivonrl@gmail.com

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