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Vivir en un anexo: de las pocas opciones de rehabilitación en los municipios

Tequisquiapan, Qro. – Hace siete años, Gustavo tuvo una experiencia en un anexo en Querétaro. Relató que, durante los tres meses que duró su primer tratamiento, su rutina consistía en levantarse a las cinco de la mañana; luego, doblaban las dos cobijas que utilizaban para dormir. Les daban un tiempo para lavarse los dientes y después se dirigían al comedor, donde les daban café con pan o avena, antes de tener la primera junta del día a las ocho de la mañana.

Las juntas generalmente eran impartidas por otras personas que ya se habían encontrado en una situación similar, que habían tenido la misma experiencia en anexos o centros de rehabilitación. Durante las juntas y las comidas, los internos no tenían permitido hablar entre ellos. De hecho, en la comida, cuenta que el único ruido que se escuchaba era el de las personas comiendo.

Tenían un espacio en el salón de juntas en el que les permitían sentarse como quisieran, sin todas las restricciones que había en las juntas con los llamados “padrinos”, y ahí les daban la oportunidad de subir a la tribuna para hablar de sus sentimientos y de los motivos por los que se hicieron adictos. También se les permitía hablar entre ellos, siempre y cuando no alteraran a otras personas y mantuvieran conversaciones tranquilas.

Gustavo platica que el motivo por el que no los dejaban hablar entre ellos era porque querían enseñarles a escuchar, y a poder hablar hasta que se los permitían. Sobre las terapias, recuerda que a algunos de los internos que tenían experiencia en hacer artesanías u otros oficios como la carpintería, les conseguían el material para que hicieran trabajos.

Otros apoyaban con el aseo de las salas de juntas, con tareas como barrer, trapear, recoger las sillas o incluso el lavado de la loza después de cada comida. Entre juntas no tenían descansos, los descansos eran al terminar y generalmente eran solo para comer, alrededor de las tres o cuatro de la tarde. Su última junta era a las ocho de la noche y terminaban alrededor de las diez, que era la hora en que se iban a dormir.

Sobre su relación con las personas que trabajaban en el centro de rehabilitación, relató que no tenían mucho contacto con ellos. Que era cuando se “portaban mal” o cuando los internos se alteraban e intentaban hacerse daño o hacerle daño a otras personas que tomaban la medida de sujetarlos a camas similares a las de los hospitales.

“Al enfermo lo que pida” recuerda que era una especie de lema. Cuando alguien hacía algo sin tener permiso, como tomar la sal a la hora de la comida, en lugar de quitársela le ponían más sal. Ese es un ejemplo que recuerda como uno de los castigos o aplicaciones que se realizaban en uno de los centros en los que estuvo.

Él enfatizó en que el proceso es muy difícil. Que, generalmente las personas que son internadas no quieren estar encerradas. Él mismo confiesa que se negaba a ser internado y que fue hasta que tuvo un conflicto con su familia a causa de su alcoholismo que su familia decidió llamar a la policía y fue así como terminó en un anexo. Después de terminar su terapia cuenta que mejoró la relación con su familia, pero que fue un largo proceso para encontrar nuevas metas y dejar de sentirse mal por estar saliendo de su adicción.

Finalmente, Gustavo dice que en general considera que los programas de los anexos sirven, que son buenos, pero que a veces son las personas las que hacen las cosas mal.

El director de la Comisión Estatal Contra las Adicciones (CECA) Guillermo Tamborrel señaló que es necesario implementar en el estado de Querétaro una ley que regule formalmente a los centros de rehabilitación.

El comisionado explicó que ellos no tienen facultad para emitir sanciones, sin embargo, sí pueden evaluar las condiciones de los centros y los métodos que son empleados para la rehabilitación de personas que tienen alguna adicción. Por ejemplo, destacó que, dependiendo de la calificación que obtengan en la evaluación, son catalogados como Centros de Tratamiento Residencial a aquellos que obtienen un resultado aprobatorio y, por el contrario, son anexos aquellos que no cumplen con, por lo menos, siete de los lineamientos.

Para determinar esa calificación, consideran las condiciones de las instalaciones, por ejemplo, que cuenten con extintores, que tengan camas para cada uno de los internos, que se capaciten en primeros auxilios y que su método de tratamiento incluya terapias con profesionales.

Pese a las observaciones que puedan hacer como comisión, no pueden aplicar sanciones en caso de incumplimientos, pero si encuentran irregularidades las dirigen con las autoridades de esa competencia.

Una de las situaciones que identificó en los centros de rehabilitación es que “la mayoría de los internos no deberían estar internados” por lo que explica que están trabajando en una campaña cuyo lema es “evaluar antes de internar”, para lograr que se lleven a cabo diagnósticos previos para determinar el tipo de terapia que requiere cada persona y así evitar “incurrir en costos y gastos innecesarios y difíciles de superar” tanto para los pacientes como para las familias.

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