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Y llegó el verano

Por Martha Flores


El verano es una época con mucho movimiento, donde se presentan estrenos de cine y las familias salen de viaje, aunado a esto las actividades recreativas, como los cursos de verano presentan cada vez más opciones para que los padres tengan a donde mandar a su hijos durante todo un mes.

 

La multiplicación y amplia difusión de los cursos de verano es una salida para muchas madres que ven con horror el periodo vacacional y buscan que su hijo haga cualquier campamento de verano aunque éste no cumpla con requisitos mínimos de seguridad.

 

Las madres acostumbradas a que su hijo esté todo el día en la escuela inscriben a sus hijos en cursos de verano “patito”, que pueden no resultar totalmente satisfactorios, tanto para el niño como para el bolsillo de los padres.

 

Son muchas las ofertas, sin embargo ninguna está por debajo de los mil 500 pesos, pues estos cursos tienen un fin lucrativo principalmente. Es toda una amalgama de actividades las que ofrecen, desde natación, teatro guiñol, iniciación musical, taekwondo, ballet clásico, juegos de destreza, teatro, práctica de inglés, talleres, manualidades, competencias en lodo y más.

 

Existen cursos de calidad como los que ofrece la Universidad Autónoma de Querétaro, cursos que van más allá de lo lucrativo. Por ejemplo el que ofrece la Facultad de Enfermería y la Licenciatura en Ciencias del Deporte y Educación Física, llamado “Curso de Motivación y Acción Infantil”.

 

Este curso ofrece toda una serie de actividades para que los niños con sobrepeso puedan llevar una mejor salud; con niños desde los dos a los 13 años, pretenden lograr el cambio de hábitos en las áreas de nutrición, actividad física y psicología, todo en 4 semanas, con actividades como baile, taller de nutrición, caminata y más, actividades impartidas por alumnos egresados y una maestra en Nutrición, tiene un costo de mil 500 pesos. Para esto ellos realizarán entrevistas a los padres de los niños, donde se les hará firmar una responsiva, indicando la salud del niño que va al curso de verano.

 

Otra opción que presenta la UAQ es en la Facultad de Filosofía, quienes por primera vez ofertan un curso de verano para niños, titulado “El verano de la Humanidades y Artes”, con actividades como teatro, capoeira, circo, filosofía y antropología para niños de los ocho a los 14 años.


“Mis horarios de trabajo no me permiten llevarlo a otras actividades”

Lorena Rico, inscribió a su hijo en un curso de verano de índole deportiva, donde tenía actividades de natación, voleibol, futbol, taekwondo y otras más, expresó: “Me gustó este tipo de curso porque haces ejercicio, aparte convive más, porque es hijo único y fuera de la escuela él no tiene muchos amigos, porque mis horarios de trabajo no me permiten llevarlo a otras actividades; cuando vienen los cursos de verano, que ya no va a la escuela, noto que está mucho tiempo viendo la tele o jugando Xbox y es algo que no quiero que se promueva en él”.

 

Ella se muestra gratamente complacida con este curso, pues fueron satisfactorias las actividades, ya que considera muy importante la cuestión de la sociabilidad en los niños, ya que es una parte donde desarrollan muchos aspectos de su vida social y educativa, con niños con otras actitudes, donde aparte de todo están haciendo otra actividad benéfica para su capacidad física.

 

El curso brindado por la UAQ en la Unidad Deportiva del Pueblito, tuvo sus complicaciones, la madre menciona: “Lo inscribí, me gustó, sí estuvo muy pesado para él ir cada día a la Unidad, en primera por el miedo de no saber a dónde llegaba, de no saber con quién quedarse y quién era el que lo iba a cuidar, no conocía a nadie, después ya agarró confianza y terminó por ser una nueva experiencia para él, lo único malo fue que regresó con una gripe espantosa e infección de garganta, por las cuestiones de la alberca, entraban, salían, los llevaban al sol, los llevaban a correr al aire libre, le picaron los mosquitos”.

 

La institución consciente de los riegos que incluían sus actividades hizo firmar una carta de que cualquier accidente se iba a tender por medio del servicio médico de ahí de la UAQ y si llegara a ser algo más grave, ellos se iban a responsabilizar, todo con un límite.

 

“Aunque también uno como padre está consciente de que son lugares de que por lo mismo que son recreativos, sí va haber accidentes, raspones, piquetes de animales o que la comida les caiga mal”.

 

Reconoce que las actividades eran un tanto riesgosas, sin embargo contaban con instructores certificados. “También había chavos que se dedicaban a monitorear, son chicos de prepa o licenciatura, que les gusta este tipo de actividades de verano y que además lo toman como un aporte económico, y para ellos mis respetos porque si se la rifan con los chicos, cuidándolos cuatro horas seguidas”.

 

Lorena Rico inscribió a su hijo en otro curso donde sólo estuvo una semana, se trataba de una actividad artística, un curso de marionetas, al cual no le sacó mucho provecho. “Él se aburrió, y también yo sentía que los instructores eran más como esperar a que ellos cortaran y pegaran el papel solitos, y total sólo lo dejé una semana porque no veía el entusiasmo del niño de estar ahí, y no me parecía que para lo que costaba fuera muy redituable”.

 

El otro lado de la moneda

Lorena Rico, además de mandar a su hijo a cursos de verano, también participó como maestra en otro. Fue instructora de natación, y fue ahí se hizo consciente de cuánta responsabilidad y cuánto trabajo es organizar un curso de verano. “Terminábamos muy cansados, incluso un poco espantados, con ansiedad que sí estuvo todo bien, de que si los niños estuvieron bien, si no hubo ningún percance, accidente; ver si los papás estaban contentos; era como la doble sensación de saber si estoy haciendo bien mi trabajo para confiar en que si los niños caen a la alberca, por lo menos no se ahogan”.

 

Ella trabajaba con niños de cuatro a 12 años, explica que con los “chiquitos” era bastante agradable, porque son muy cariñosos, aunque es más responsabilidad porque no podía distraerse absolutamente para nada, tenían que estar encima de ellos; con los más “grandecitos” expone que cambia un poco la dinámica, se centran en que aprendan más cosas, como controlar respiración o la patada; y el trabajo con los más grandes, lo describe como una cuestión de reto, porque empiezan con le edad de la adolescencia y muchas veces no hacen caso a los instructores; “son un poco más huraños que los chiquitos, los chiquitos siempre están con más entusiasmo. Fueron dos meses, me gustó mucho la experiencia, aprendí de lo que es cuidar a un niño ajeno, porque uno como madre está con un ojo al gato y otro al garabato, pero con los niños ajenos se siente más el peso, la responsabilidad, por lo mismo de que alguien te está dando la confianza de que sus hijos están seguros contigo”.

 

Puede verse que existen cursos de verano que además de ser un apoyo para los padres, son una experiencia gratificante para los niños, quienes conviven con más niños, desarrollando y mejorando sus relaciones sociales.

 

Es un acto “normal” que los padres busquen lo mejor para sus hijos, ellos identifican de inmediato cuándo un curso no resultará beneficioso, pues muchas organizaciones sólo lo manejan como un acto lucrativo, dejando de lado la seguridad y la calidad de quienes trabajan con los niños. No es el caso del curso impartido por el Tecnológico de Monterrey campus Querétaro, donde se trabaja con jóvenes de 12 a 17 años, quienes cuentan con un seguro de gastos médicos durante el campamento, éste con una duración de dos semanas y un costo de dos mil 500 pesos, realizando actividades deportivas, culturales y recreativas, impartidas por maestros profesionistas.

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