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“Yo fui de las afortunadas en salir”

Por: Mariana Ledesma Equihua

“El último recuerdo que tengo del 68 es ese superar el miedo, o el valernos el miedo.”

Beatriz A.

La habitación polvosa está llena de objetos viejos, recuerdos empolvados e historias que se apilan. El aire, cargado de humedad, envuelve a la pequeña mujer que revive su juventud. Con manos nerviosas se alisa la playera. Su corto cabello blanco da cuenta de los 46 años que han pasado desde entonces.

Era el año del 68, el año del mayo francés, de los asesinatos de Martin Luther King y Robert F. Kennedy, del comienzo del programa infantil “En Familia con Chabelo”. Beatriz tenía 23 años y cursaba el último semestre de arquitectura en la UNAM.

La huelga la molestó al inicio, lo único que quería era terminar la carrera y olvidarse de la universidad, pero la indignación general por la violación a la autonomía de la Máxima Casa de Estudios hizo que participara en el movimiento.

Uno de los edificios afectados por los desmanes del Ejército fue el actual colegio de San Idelfonso, entonces la Prepa 1; tenía una puerta con cuatro siglos de antigüedad, la habían respetado la Independencia y la Revolución, y el Ejército, sin más, la voló de un bazucazo.

“Eso me indignó y me hizo participar (…) además, a medida que uno se enteraba de los compañeros golpeados; algún compañero desaparecido… Fue necesario volverse solidaria, no podía estar separada del grupo de la gran familia estudiantil que se unía ese año a los movimientos ferrocarrileros, petroleros y el de los médicos del país.

“No podíamos dejar pasar por alto los golpes, las injurias, la degradación que estaban haciendo en ese momento del estudiantado, nos consideraban peor que criminales. Ser estudiante en ese momento era ser un criminal”.

Los estudiantes, como jóvenes típicos de la época, iban ganado libertades a pasos cortos; las mujeres, por ejemplo, buscaban más libertad, incluso en cosas tan sencillas como salir sin chaperón, poder ir a un baile sin la rigurosa compañía de su madre como requisito. Los jóvenes buscaban deshacerse de límites.

“Creo que parte del movimiento se generó en la juventud por que uno quiere que oigan su voz, quiere protestar, quiere irse liberando de tantas restricciones y de tanta limitación”, dice Beatriz, tanto para el movimiento como para la vida privada de cada uno.

“Empezarse a liberar, a ver un cambio que podía hacer como joven, que uno podía expresar, en el que podía dar sus ideas, significaba sentirse héroe en ese momento, porque éramos los que íbamos a salvar al país de todo el lastre que traía, de todos los gobiernos corruptos, de toda la pobreza.

“Nosotros sentíamos que íbamos a apoyar a los obreros porque éramos la parte intelectual, íbamos a apoyar a los campesinos, a cambiar al país… era la sensación de libertad que nos dio el movimiento.

«Del club de periodistas nos aventaban papelitos de colores como si fuera desfile»

Ella había participado en huelgas anteriores, como cuando quitaron al rector Ignacio Chávez y, la verdad, estar tres semanas, una semana, dos semanas sin clases era agotador.

Sin embargo, hay batallas que deben pelearse. La marcha del silencio congregó a un gran número de participantes pese a la campaña de desprestigio y terror que sufrió; todas las mamás, los obreros y los intelectuales de México se unieron a los estudiantes. Iban todos vestidos de negro y, luchando contra las ganas de gritar sus ideas, caminaban totalmente en silencio, como recuerdo de todas las personas que hasta ese momento habían desaparecido, que habían sido golpeadas o no se encontraban.

“Me acuerdo que del club de periodistas nos aventaban papelitos de colores como si fuera desfile”.

Beatriz hace el recuento de las experiencias vividas: la toma de la Universidad por parte del Ejército, la toma de Zacatenco, las marchas, al sacristán que tocó las campanas porque los estudiantes entraron al Zócalo y la emoción que esto causó.

“Tengo bien presente el 2 de octubre. Yo fui de las afortunadas en salir”, menciona mientras recuerda que estaba frente al edificio Chihuahua, al extremo de la explanada.

Al empezar a oír las explosiones y los disparos, al ver las bengalas iluminar el cielo de Tlatelolco, corrió para salvar la libertad; para salvar la vida.

Debían ser las seis de la tarde, se ponía el sol y empezaba a llover, recuerda Beatriz. Se detuvo un momento y se dio cuenta de que sólo uno de sus compañeros la acompañaba, al voltear a un lado para cruzar una avenida pudo ver las filas de soldados que llegaban casi a Insurgentes. Se oía el plac, plac, plac de las botas mientras los militares avanzaban a bayoneta calada, dispuestos a atravesar a cualquiera que se cruzara en su camino.

Su salvación llegó en forma de un Volkswagen. El conductor le gritó que se subiera. Desesperada, atrapó a su acompañante y entraron a la seguridad del auto. Quedaron cara a cara con el conductor, un policía judicial que patrullaba, como todos sus compañeros, con la orden de llevarse a la Procuraduría a todo aquel que pudiera escapar.

“Preguntó cuántos se habían quedado adentro. Nosotros le contestamos que se habían quedado todos; no nos habían dado tiempo de salir. Nos dijo que se iba a regresar a sacar más muchachos, que si nos dejaba en la Alameda, que si nos parecía bien. En ese momento dije “¡uy!, ¿pues cómo no nos va a aparecer bien, no? De maravilla. No podíamos creer la suerte que habíamos tenido hasta ese momento.

A Beatriz se le quiebra la voz mientras recuerda que a salvo, en la Alameda, el sentimiento de culpa creció al saber que todos sus amigos, sus compañeros, todos a quienes había saludado esa tarde estaban atrapados en Tlatelolco.

Regresó alrededor de las once de la noche y encontraron camiones quemados y la plaza cerrada.

“Eso es de lo que más me acuerdo. No se me olvida nada, pero esos recuerdos me emocionan especialmente. El movimiento tuvo algo muy importante para la juventud: no fue salvar al mundo, sino el poder tener voz y libertad en cuanto a ser joven”.

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